domingo, octubre 02, 2016

Música, trauma, violencia, impostura y sobrevivir a la (malsana) realidad

Ahí donde quiera tenerse esclavos, debe haber cuanta música sea posible
León Tolstói

La música suele inspirar y acompañar episodios que desde un plano se pueden ver como absolutamente naturales (el sexo, el aseo, la programación, la escritura y la lectura, entre tantos), pero sus bondades tienen límites. Música y violencia son dos términos que ahora resulta común observar, por ello se ha escuchado y está claramente documentado el rol que ha tenido en momentos de tortura psicológica y motivación al asesinato: el caso Noriega y el Holocausto funcionan en el primer escenario, mientras la ocupación de Irak y las acciones de Guantánamo en el segundo (y en el primero también, sí). Ambos, claro está, son de público conocimiento.

El dictador panameño Manuel Noriega fue removido del poder por tropas estadounidenses en diciembre de 1989. Buscando evitar su captura, Noriega ingresó en la Nunciatura Apostólica de Ciudad de Panamá. Con el propósito de torturarlo a distancia y motivar su rendición, el ejército de los Estados Unidos lanzó música desde altavoces. ¿Qué música eligieron? Para entonces era fácil decirlo: rock duro. Alice Cooper y AC/DC estaban en la lista. Estratégicos como son los militares, desde entonces el “incidente Noriega” se ha repetido en diversos escenarios para motivar la violencia usando un par de altavoces. Alex Ross, un crítico musical norteamericano bastante respetable expresó lo siguiente en The New Yorker (2016):
La música ha acompañado a los actos bélicos desde que las trompetas sonaron en los muros de Jericó, pero en décadas recientes se ha utilizado de arma como nunca antes —diseñada para el panorama irreal de la guerra moderna.
La música no es inocente, pero no deja de llamar la atención que se use con esos fines. La música puede ser un arma, que sí, pero en la narrativa colombiana no se le ha visto desde esa perspectiva. No hay contradicción alguna, pues la música puede acompañar diversos planos, como lo expresara más arriba. Uno de esos planos en los que la cosificación es notoria se encuentra en lo que podríamos denominar como “la juventud perdida” o “la estupidificación sonora”.

La propuesta, porque solo es eso, viene a la cabeza cuando se observa el propósito de “disuasión” que ha tenido en películas como ‘Rodrigo D. No futuro’ y más recientemente en ‘Los nadie’. La música es un sonido de fondo que pretende dar comprender que la relación sonora y juventud es determinante sobre las perspectiva del mundo. En otros términos: que usted está relacionado de manera muy directa con esas ideas sonoras, que ellas prácticamente lo determinan. ¿Pero cuáles son esas ideas si la música es apenas un fondo? El efecto resulta contraproducente, ya que sin comprender la música se queda en un vacío que a ojos y oídos de un iniciado podrán simplemente interpretarse así: música = violencia, o música = desubique total y desesperación. ¿No es acaso lo que hizo Gaviria con su película? Allí no apareció el punk, allí lo que se generó fue la reflexión de que la música es un arma, que es el instrumento perfecto para acompañar un acto bélico. Ya lo ven: Gaviria y los militares tienen una noción bastante similar de las posibilidades de la música.

La música no es inocente, que no, pero la producción de Gaviria muestra un sentido marginal de la ciudad de Medellín, se centra en jóvenes dedicados al robo y al homicidio, deja ver una vida que se desarrolla con precariedad en los barrios periféricos, una jerga llena de improperios, casas de adobe, sin lujos, con terrazas de cemento a la vista y en las que se interpreta un sonido extremo con instrumentos sencillos y escasa microfonería y amplificación. Poco o nada importan los acordes, sobresale la estridencia visual y sonora, la constante presencia de la muerte, una historia de desesperanza que cierra con un suicidio.

El estilo obtuso y traumático en la música de Gaviria y otros autores del corte “realista” puede estar asociado con condiciones psicológicas claras dadas razones obvias: no escuchamos con los oídos sino con el cuerpo. El profesor J. Martin Daughtry expresa que el sonido puede ser una forma de violencia en sí mismo, de allí la posible existencia de lesiones cerebrales traumáticas y a desórdenes de estrés postraumáticos. Los habitantes de Nueva York, luego del 11 de septiembre de 2001, reaccionaban con brincos ante simples estallidos de llantas; en Medellín, para no ir más lejos, no dejamos de mirar a todos lados cuando se escucha un estallido de pólvora o cuando una moto de cierto cilindraje estaciona cerca nuestro; ¿vieron la reacción de Timochenko ante el paso de un avión kfir?



Absortos en la violencia de la música y en la cosificación de la música misma desde aparatajes audiovisuales cargados de una falsa realidad (y otras donde es sonido de fondo, simple compañía), se ha dejado de observar el papel de la narración en la música, en el tono, el temblor y el timbre de lo que se dice. Y lo que allí se dice puede ser relevante en la medida de lo posible, en la medida que se comprenda no como verdad absoluta sino como verdades parciales, así como lo hacen el historiador, el periodista, el juez. Es decir, sin ingenuidades.

Para Alex Oquendo, vocalista y formador de Masacre, su grupo “Está narrando una realidad: la que está sintiendo la ciudad (Medellín), que es el desespero ante esa violencia”. Su propuesta sonora tiene nombre propio, pues se trata de un estilema que tuvo origen en los Estados Unidos (vayan viendo ustedes los vasos comunicantes) y se caracteriza por las afinaciones bajas, las voces guturales y una complejidad técnica: death metal. Esta clasificación es posterior a otra denominación de mediados de los años ochenta, el thrash metal, una línea que alcanzó notoriedad gracias agrupaciones estadounidenses como Slayer y Metallica, que dieron a su música una mezcla de fuerza y técnica, mientras que desde Europa Celtic Frost, Kreator y Destruction hicieron sonar sus instrumentos en tonos más graves, pero simples y tendientes al desfogue, a la velocidad.

El death metal, explica Oquendo, “es muerte total, una realidad, es la violencia”; así pues, al sonido se le imprimió mayor velocidad, se le dio a la voz un tono gutural, las guitarras no perdieron en técnica y ganaron en densidad, como puede apreciarse en los grupos que se consideran sus forjadores en los Estados Unidos: Possessed y Death. Y ¿la temática? Hay quienes han abordado desde temas políticos hasta los que se han inspirado en el cine gore. Masacre, buscando inspiración en vivencias cercanas, le canta a la muerte, “en adoración a ella un poco, pero también en contra de la problemática, a la forma como muere la gente. De cómo se destruye el país a sí mismo. Hemos creado la violencia e igualmente nos hemos aniquilado”.

Esas palabras quedan sonando: hemos creado la violencia. Nosotros, los seres humanos, los que reaccionamos con repulsión a ciertas señales musicales, sonoras. Los sucesos que aborda Masacrea parecieran sacados de abruptas fantasías, pero son muestra de la realidad colombiana, de la conmovedora realidad colombiana que se preservará en lírica altisonante en la canción “Éxodo”, del disco ‘Muerte verdadera muerte’:
Éxodo campesino en tierra de vándalos / Aún recuerdo verlos morir / hay miedo al llegar la noche / El amanecer de un nuevo día trae / (y acá la voz sube el tono y se convierte en un grito de zozobra) silencio, miedo, angustias.


En esos primeros 45 segundos de la canción se plasma una situación real que se ha repetido por décadas en distintas zonas de Colombia (la “tierra de vándalos”), la misma que hoy día la ubica como el país con más desarraigados en el mundo, según la Acnur. Y la narración llama al desconsuelo al rememorar esas imágenes vistas a través de la televisión o de reportajes fotográficos y que resultan poco placenteras: casas derruidas, cenizas, escombros y suciedad aquí y allá, hombres y mujeres que salen de sus municipios cargando apenas con lo que pueden llevar en sus manos porque partir se convierte en, por lo menos, la posibilidad de preservar la vida en medio de la confusión y el miedo. El lugar devastado evidencia un escenario que es preferible no mirar, pero que la banda antioqueña aborda desde un primer plano: ingresa al espacio para dejarnos ver un orden (desorden) que matiza los hilos de una realidad que resultaría más amigable desde la limpieza, nos ubica en un terreno en el que el mal se ha desarrollado, dejando tras de sí sus huellas; es el dolor, la muerte y el desarraigo generado por terceros lo que acá importa.

Y escribo importa y ya no me lo creo. Importa, pero solo parcialmente. De lo contrario, el resultado de lo vivido en Colombia el 2 de octubre de 2016 sería otro. ¿Qué importa? La carnicería, el dolor, los traumas, la muerte… y detrás de todo ello hay seres humanos. Alemania sabe de esto, y también sus músicos. La memoria en este caso es importante, y la música tiene mucho para aportar al respecto. Queda mucho por aprender de ese país (en todos los planos que acá se mencionaron).