lunes, enero 11, 2016

Rupturas y tierra quemada

“Lo que pasó entonces lo recuerdo entre brumas”
"Eso que usted llama historia no es más que el cuento ganador"
Juan Gabriel Vásquez

Todo tiene un comienzo. Obvio. Pero lo que no es obvio es si ese momento desde el cual se desarrolla la historia es realmente el inicio de todo. Cuesta creer ahora cómo comenzó algo, pues todo inicio parte desde un punto que seguramente tiene algo de glamuroso y de cínico, de soberbio, de infantil y torpe porque en ello se expone el que habla como un centro, o por lo menos como una orilla afortunada o prodigiosa. Cuesta darle todo el crédito porque los testigos ejemplares no dejan de exponer en eso que cuentan una parte de sí mismos, de allí que sea necesario dudar de su registro.

Si después de tantos años siguen existiendo conflictos sobre las historias narradas por las víctimas del Holocausto; si en Colombia no hemos llegado a acuerdos sobre las responsabilidades en la tragedia de Armero ni sobre la toma del Palacio de Justicia ni sobre los responsables de la muerte de Rafael Uribe Uribe ni sobre los asesinos (sí, en plural) de Gaitán ni de Galán; si todas esas sombras nos persiguen aún, qué podrá esperarse de esas otras “pequeñas” historias sobre las cuales cimentamos nuestro pequeño presente. En otras palabras: ¿en quién podemos confiar sobre las historias que se cuentan? El mismo Primo Levi, víctima y narrador ejemplar del Holocausto, propuso incluso analizar la inmoralidad de las víctimas porque en sus relatos no son ajenos a los intereses personales, de allí la confesión previa a su muerte: “A estas alturas soy un profesional; me he convertido en un superviviente de profesión, casi un mercenario”. Y si dudó Levi, ¿qué podrá ser de nosotros?

Hasta el cansancio. Y con esto hay que ser honestos y claros: hasta el cansancio se han escuchado frases insostenibles como: Parabelllum fue la banda que dividió el metal de Medellín en dos; a Kraken le regalaron el triunfo de la Batalla de las Bandas porque el público estaba con Parabellum y su rompimiento social; Kraken es la banda fundacional del heavy metal en Colombia; Parabellum y Reencarnación influyeron en el sonido de Mayhem (y con ellos en el black metal noruego); “Bull Metal” se fue de Medellín porque (1) se le murió un niño en un rito, (2) por pedófilo o (3) por su homosexualidad no declarada; e historias semejantes aparecen alrededor de la muerte de Bull Metal.

Cansan, y mucho, las historias que se inventan alrededor del metal (sí, se inventan porque a todas luces es claro que no hay verificación de esa información más allá de la supuesta confianza depositada en los “testigos ejemplares” de los hechos) medios como ‘Vice’ y ‘Las 2 Orillas’ (con Virginia Mayer como su indeseado representante) y hasta libros como ‘Medellín en vivo’ y los cientos de blogs que pululan ahora y los proyectos que se denominan como salvadores del rock en Medellín, en Colombia, en la región, en qué más da.

¿Cómo medimos si Parabellum fue mejor que Kraken en la Batalla de las Bandas?, ¿de acuerdo con la algarabía, la marcación en la boletería, los criterios del jurado? ¿Hubo tiempo o no de contar las votaciones de acuerdo con las posibilidades ofrecidas por la boleta? ¿Quiénes hicieron parte del jurado? ¿Y si a la gente le gustó mucho Parabellum pero finalmente hizo su votación por Kraken? ¿Cómo se procedió con el conteo de la boletería? ¿Hubo conteo?

De acuerdo con ‘Vice’: “La música que hacían era completamente nueva para esa época. No había nadie que tocará igual de agresivo y oscuro que Parabellum, ni que generara reacciones tan frenéticas.” ¿No había o no la conocían o la negaron? ¿Cómo negar para entonces (algunos músicos, algunos medios, algunos investigadores) la existencia de bandas como Hellhammer, Napalm Death, Tank, Slayer, Vulcano, Sodom, entre otros? Ahora, lo de agresivo y oscuro es tan relativo porque se ignora un carácter accidental y no estético: ¿es igual hacer algo “oscuro” a no saber tocar, o simplemente “pintar” sobre la guitarra, dejarse llevar? ¿No importa el cómo se llega a las cosas sino el resultado? No da igual porque difícilmente existen las casualidades, pues seguro es más lógico identificar las causalidades.



No hace mucho conocí al músico Pierre Boulez. Ya murió, pero su muerte fue el último rastro de sus rupturas. Antes había dejado atrás a “víctimas como su maestro Olivier Messiaen, Igor Stravinski —a quien le boicoteó un homenaje por La consagración de la primavera—, Dimitri Shostakovich, Arnold Schönberg o John Cage”, y todo ello, recordó el diario ‘El País’ (el de España) “no le suponía ningún remordimiento. Todos ellos y algunos más sufrieron sus desprecios, sus puyas y sus ataques despiadados.” Un iconoclasta porque tenía claridad sobre sus rompimientos, pero con ello estaba también reconociendo un antepasado, un recorrido, una tierra antes habitada y ahora superada con su creación. No era el comienzo de nada, pero era un paso obligado que se reconoce y que se da por superado precisamente por ello: porque se sabe de dónde partió. Una destrucción, digámoslo así aunque sea medio trágico, que reconoce un camino y unas víctimas, aunque no por ello haya que lamentar algo. Eso sí, se reconoce saboteador, y eso, dentro de lo que queremos proponer, es importante para saber desde dónde se parte y adónde se llega.

Quedará para la posteridad una idea quizá baladí para algunos pero no por ello intrascendente: ¿qué pasaría si la historia de la música en Medellín y en Colombia no la contáramos más con la idea de la pobreza y la violencia? ¿Qué pasaría si de una vez por todas superamos el lugar común del “pobrecitos” y nos preocupamos por las pretensiones estéticas? Con ello, seguro sí, se quedarían sin trabajo muchos escribidores o periodistas o lo que ahora se requiera para seguir llenando el mundo de tinta o bits o sonidos o productos audiovisuales con pasajes como el de ‘Vice’ al hablar de ‘Rodrigo D: no futuro’: “De la mano de Meneses y Correa, Gaviria encontró el sonido y el lenguaje de esas calles empinadas y destapadas y, sobre todo, de esa pulsión incesante de sus protagonistas por enfrentar y combatir la realidad con punk o ‘pun’ atrevido, irónico, contestatario, hilarante y genuino, que echa mano del parlache”.

De esa forma se dejaría de dividir en dos el mundo del metal en Medellín, Bogotá o Colombia. De esa forma se podría contar y ver mejor lo que ha sucedido en un plano más general pero a la vez detallado de la historia musical en nuestro país. Sin embargo parece que ello es toda una utopía, o solo posible de alcanzar mediante una ucronía. Y la dificultad radica en que ello obligaría a mirarnos de nuevo, a superar una serie de mitos que, lo sabemos ahora, dejarían a algunos por fuera de la Historia. Primo Levi no se equivocaba: es posible que “a estas alturas” tengamos en nuestro hábitat unos “profesionales” sobre la historia del rock/metal/punk porque se consideran testigos ejemplares, unos “supervivientes de profesión”, casi unos “mercenarios”.