domingo, diciembre 07, 2014

Ese reguetón que me mata

Cada tanto nos llega la oportunidad de arrepentirnos de algo. Cada diciembre la oportunidad se presenta más cercana, vívida. Cada diciembre el recuerdo se hace más presente e inevitable. Y no es porque quiera, porque la memoria lo aclame. Es porque todos tenemos uno o varios vecinos insoportables (admitiendo que a veces uno puede ser ese personaje) que en esta temporada nos recuerdan que la música no es ni será una, que es una amplia cantidad, una cantidad no necesariamente deseable y con unos matices que hasta escozor producen.

En diciembre todos parecen ser melómanos. Bueno, no melómanos sino grandes entusiastas de la música a todo volumen, con amplificación que incluso perjudica la calidad del sonido. Se abren las ventanas de la casa para que el vecino “disfrute” de un placer que parecía personal, se cierran cuadras enteras para sacar el equipo de sonido o para abrir las puertas del carro y para dejar sonar un estridente “ay, ombe”, otro “mami, dámelo así”, un lamentable “adónde te fuiste amor míoooooo”. Sí, ya casi me empezaba a acostumbrar a esos garabatos sonoros. Casi me sentía familiarizado con los vallenatos hasta que llegó el reguetón (o escríbelo como tu quieras, papi) y me mostró que la tecnología no siempre trae beneficios; que no basta con un computador y un micrófono para lograr eso con lo que ahora se llenan la boca: la “democratización de la música”, y de otras vaguedades.

Nunca he tenido un vecino que escuche música clásica, o uno que en sus parlantes truene un blues o que me levante a las 2:30 a.m. porque definitivamente a esa hora era necesario sonar tan alto como fuera posible ese conmovedor lamento porque una mujer u hombre los abandonó por trigésimo quinta vez (parece que en esos géneros hay igual de promiscuidad que en el underground). Por ello en algunas ocasiones alcanzo a lamentar no tener un vecino que aprecie a John Cage, a Die Form, Tom Waits, Chelsea Wolfe o que cante a grito herido algo de Mark Lanegan. Así uno odiaría el momento, pero apreciaría la música; seguro se molestaría por casi tener el parlante en la cama, pero seguro la misma música le haría recapacitar. Y quizá sea una persona medianamente razonable la que esté al otro lado y por ello no se quedará estrangulando el pobre altoparlante con sus watts hasta las 3, 4 o 5 de la mañana, ni se levantará a las 9 a.m. para rematar con sancocho que se hace ahí mismo en la acera, en la calle cerrada o en las zonas comunes de la unidad cerrada junto a la misma música que te trasnochó. Porque debe ser la misma, no tienen mucha más. Además, a las emisoras les pagan por repetir las canciones, por ello debemos sufrirlas los demás hasta aprenderlas: “Ahí vamos. Aaaaaaaaaaaa. Aaaaaaaa. Aaaaaaaaaa. Peleamos. Nos arreglamos…”. Jodido José Álvaro Osorio Balvin.

Pero el problema es viejo, decía. Ya lo vivíamos con el vallenato, con lo que llaman guasca, con el chillón Jerry Rivera, con el doloroso trajín de Oxígenooooo… que me muerooooooooo; también con Estrella Estéreo. Y Olímpica y las demás que serán familiares para quienes viven en Medellín. ¿Por qué dejan los comerciales? ¿Por qué les gusta que suene igual de alto el promo de la emisora? Para estos seres es importante que se sepa dónde están escuchando lo que los demás debemos padecer. Además, no son de coleccionar música. El coleccionismo es muy clásico y ellos tienen demasiado flow como para perder el tiempo en esas compras. Suficiente tienen con ir cada 8 o cada 15 días a la peluquería, ¿o barbería?

La contaminación se hacía familiar, sí. Sin embargo, y acá siento un poco de culpa por mi falta de tino, el dolor se ha intensificado con el reguetón (“Estás buscando esta noche sandungueo. Lo dice tu mirada que pide fueteo”. SIC) que di por desaparecido en 5 años, aunque han pasado 12 años desde entonces. El problema persiste. Ya no nos despiertan solo con Darío Gómez sino con un bello estribillo como “Eso en cuatro no se ve” o “Quiero ver gas o quiero ver gotas”. El juego de palabras es pobre y risible. El ritmo es un básico cuatro cuartos junto a rimas en versos pares que a las 3 de la mañana ¡TUN, TAN!, te sacan del sueño y te ofrecen un repiqueteo que no solo molesta el oído sino que irrita hasta los ojos.

Vendo o permuto mis vecinos. Y busco uno que aprecie a Last Days o que, por lo menos, sea considerado como Niklas Kvarforth, que pone las noticas duro y de vez en cuando comparte el porno.




1 comentario:

Julian M dijo...

Bueno, y normalmente si un vecino escucha música clásica, lo hará a un volumen que sea para su goce personal.. La dosis de Histrionismo del reguetón yo creo que radica en su popularidad, y es que es más fácil escuchar la animalidad hecha lenguaje que escucharse a sí mismo a través de la música. Tanta represión sexual no podía generar menos...