lunes, julio 28, 2014

Cuidado con el hombre promedio

“La creencia en una fuente sobrenatural de maldad no es necesaria;
los hombres son perfectamente capaces de cualquier perversidad”
Joseph Conrad

Buscando un significado menos materialista del metal llegué a los pensamientos de Bukowski. Pensando en la posibilidad de entender el metal por fuera de cualquier sonido, de cualquier lugar común, de cualquier intento sencillo y clásico pensé en las pocas palabras que me sé de Bukowski. En el señor B pienso cuando intento considerar eso que es tan grande e inalcanzable. Al señor B llego porque si algo tiene, tuvo, es la capacidad de separarse de la multitud, de ese ente espeso, repetido, monótono y unívoco que impide la diferencia, que la fulmina.

Lo mejor no es solo su prosa. Es su ritmo, son sus tiempos, sus aliteraciones. No son solo sus versos o sus cadencias. Es la forma cruda en que se expone, que se expuso. Se mostró natural y cercano, y también distante y complejo. Pienso que eso lo diferenció: ser él mismo, sin restricciones de identidad o aparato social alguno con filosofías de colectivo que lo restrinja. Pienso en qué es ser metalero, pero la respuesta no existe. Quizá la única forma sea seguir siendo incompleto, un puzzle que no encaja del todo. ¿Cómo? Pienso en la historia: el fin era diferenciarse del statu quo, rechazar el mainstream, el espacio amigable, pero a la vez espeso, repetido, monótono y unívoco que…



¿Diferenciarse? Ahora es toda una complejidad barroca poder hacerlo. ¿Por qué? La cantidad de música a la que puede accederse en la actualidad es de vértigo. Los filtros los pone cada quien. ¿Pero cómo escoger? Grandioso, no hay que limitarse, y por ello ahora todos tienen una opinión para todo, no importa si entienden lo que dicen. Diferenciarse, sí. Pero para eso se requiere algo: sentirse afectado. ¿Qué música lo afecta a usted? ¿El metal? Claro, eso y la vida (estoy siendo sarcástico, aclaro). Los genéricos están de moda en esta nueva era de espíritu dictatorial (Javier Marías, 2014). La música tiene esa capacidad de afectar, y la afección llega al cuerpo de dos formas: instantánea, casi a modo de epifanía; también por su duración, por acompañarnos durante un tiempo más extenso que el súbito placer. ¿Qué quiero decir? Que la afección puede aparecer, pero solo se sabe de su existencia cuando se acompaña de la pasión, la misma que obliga a hacer de lado muchas otras posibilidades por la misma fuerza que la conforma. Es decir, en la medida que algo se sigue con pasión (que nos arrastra), de antemano se está aceptando el rechazo a otra gran cantidad de elementos (de música, de lecturas, de películas, etc.).

Huir del rebaño, detestar las explosiones sonoras de moda, escapar del enfoque unidimensional que propone quien quiere agradar a la multitud. La multitud que tiene una opinión para todo. Es más, es esencialmente aquello que no se entiende lo que se critica. Como decía Hemingway: “Ahora resulta que todos son críticos”. Como si no hubiera suficiente material para tratar de comprender, lo más importante hoy día es expresar una opinión (no vaya y crean que no se sabe del tema en cuestión). Esa, siguiendo al señor B, es la actitud del hombre y de la mujer promedio. Una efervescencia capaz de meterse en todo, sin llegar a comprenderlo porque para ello se necesita ser afectado por el tema. Así va la multitud, así iba la multitud desde hace mucho años, lo cual supo ver muy bien el señor B para alejarse, para no ser el promedio que habla de lo que habla el sujeto promedio. Le importaba entender a B, pienso, antes de meterse en la aburrida y subnormal vida de la multitud que encantada de sí misma condena, toda al unísono.

“Esto es pura mierda. Es sólo ruido” (Mudrian); “ruido infernal” (Bellon); “sonido primitivo, ácido, estridente” (Urán), “estruendoso” e “insoportable” (Cetina). Expresiones de este tipo se han vuelto comunes, pero no hay que prestarle demasiada atención al hombre promedio. Esas expresiones poco o nada importaron para llevar a cabo la configuración del metal. Sin embargo, ese gesto que hizo parte de su gestación está pasando por un momento de inanición. Hay algo de esa hambre interior que se ha ido socavando de cuenta de una multitud que se encuentra ahora en una zona de confort. Adiós a esa idea loca de B: “Si a tus amigos les empieza a gustar tu trabajo, algo va mal”.

Pienso que no todo es tan sencillo. Por supuesto que no. Vuelvo de nuevo a B: un hombre extremadamente honesto como para dejarse ver como era: complejo, un sujeto crudo que se supo siempre con matices, nunca unidimensional. Pero eso no se quiere decir; eso es mejor que nadie lo sepa. Eso es lo bueno de los artilugios retóricos: el señor B creaba piezas tremendamente francas y dolorosas que mostraban su cara menos tensa, menos monótona, a riesgo de que la multitud hiciera lo suyo. Es que lo suyo eran los riesgos: “Lo que necesitas es vivir. Tu trabajo tiene que estar vivo”; o más cliché pero cercano a su forma de entender el mundo: “Si la policía anda cerca, algo bueno debe estar pasando”.



Se conocía bien a sí mismo el señor B, y también al pedazo de mundo que lo rodeaba. Pero es mejor evitarse problemas y quedarse ahí. ¿No?

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