domingo, junio 01, 2014

La fatiga, los conciertos y el ornitorrinco

"El sentido de la vida es que se acaba". Franz Kafka

Los conciertos se han convertido en un acto humanitario: ayudar a difundir, apoyar con la asistencia, colaborar con la boleta, acompañar a los parceros, ser conscientes del esfuerzo. Así vamos: dos por el precio de uno, y a duras penas si se logra librar el esfuerzo porque ¡ay de aquel que llegue al lucro! Dos verbos inconsecuentes y hasta malignos al usarse juntos se convierten entonces ahora, tiempo de toda ligereza, en un asunto fatídico: apoyar y asistir. Y sobran las críticas porque todos somos buenísimos para las críticas, aunque no se asista, no se tenga banda, no vaya a un concierto pagando (para eso está Altavoz). Porque sí.

Hago voto de confianza y me libero: hacer un concierto en Medellín, donde lo he vivido, no es fácil. Es más, las cosas están dadas para no hacer un concierto en esta ciudad. Se trata de una tarea larga, difícil, nebulosa. Hacer un concierto, digo, es un acto humanitario en doble vía que conduce a la desazón y al fracaso, especialmente si su centro de operaciones es Facebook, especialmente si se trata de otra lucha más personal que de consciencia de mercado. ¿Cuántas veces será más gratificante y plausible traer a Metallica que a Destroyer 666?: económicamente, indudable que siempre; musicalmente, pobres oídos.



Pienso en la experiencia de 2007 con los Metal Medallo y recuerdo que el acto humanitario comienza con la convocatoria misma: ponerla fácil para que muchos puedan participar y nadie se sienta excluido, tocar puertas para que algunos sepan que la posibilidad está abierta, maltratar los oídos con algunas propuestas pobres (repetidas y cansinas); y pasa por la difusión, por el registro a la entrada, por la venta de boletas para hacerlo sostenible: más de dos entradas por banda porque todos tienen rodie, maquilladora, sonidista y amigos, rebajar la boleta porque es alguien cercano o porque no tiene más, porque mire que ya todos están adentro, porque esto ya empezó y se va a quedar medio vacío.

Las lógicas de mercado dicen que hay que hacer otra cosa. ¿Lógicas de mercado en el metal? ¿De qué estás hablando, hombre? Pues sí, hombre, que sí es necesario. Esos festivales con múltiples bandas tienen algo que en Colombia genera crispación: mezcla de géneros, pero mezcla abierta, amplia y hasta dolorosa. Pero duele si hay que pagar; ¿y si es gratis?, NUNCA. JAMÁS DE LOS JAMASES. Ave Altavoz, Ave Rock al Parque. Ave gratis. Ave. Ave del Putas Fest: ah, no, esperen. Empezaron a cobrar. ¿Cuánto está pidiendo ese enchuspado de Román? 10 lucas; no, 30 lucas. Lleno total si es gratis; lleno con esfuerzos si vale 10; llore por pirobo, porque la subió a 30, a 40. Pero es un festival, man. Pues que se joda, los festivales de metal acá, AMIGO COLOMBIANO, SON GRATIS.

El Hellfest pasa por Aerosmith y Soundgarden y Rob Zombie. ¿No era de metal pues? ¿No te digo pues que la dinámica de los festivales es otra? Dejame seguir: están también Powerman 5000, Avenged Sevenfold, Toxic Holoca… Qué caspa, ¿no?... También Black Sabbath, Iron Maiden, Deep Purple, Slayer… Ahora sí te la cojo… Watain, Soulfly, SepticFlesh, Incantation, Nile, Gorgoroth, Destroyer 666, Impaled Nazarene…. Ya, ya entendí. Pues eso, que para conciertos grandes se necesita presupuesto y una variedad sonora que Medellín y Colombia no han conocido desde el metal en vivo.

¿No viste que Deicide se llenó? Pues claro. Era Deicide, pero se llena en un local de 250 a 300 personas. ¿Que no se necesitan más? Sí, claro, eso lo sabemos. No se trata de eso, se trata de eso que te dije dos párrafos arriba: de lógicas de mercado. Si Deicide se lleva al Carlos Vieco, ¿te imaginás cómo quedamos con el tío Benton? Incluso, si le ponemos otras 15 bandas de Medellín tampoco se llena. ¿Viste, Román? Un poco de testarudez (aunque necesaria) por un lado, pero hay que comprender las dinámicas de mercado por el otro, y nunca está de más un músculo financiero. Por poner solo un ejemplo: si se tiene a Deicide y a Nile en el mismo Carlos Vieco, te cuento que tampoco se llena. La razón: los tiquetes, los hoteles, el pago del grupo, el sonido, etc., llevarían el valor, por lo menos, a los 80 mil pesos. ¿Y si le ponés a un Dimmu Borgir, como por añadirle otro género y seguirte la corriente? Pues, de nuevo, no conocés el mercado, en este caso Medellín. Si es gratis, quizá. Entonces esperemos a que los traiga Altavoz. Eso, como nos gusta.

¿Acaso usted no aprende o ha perdido la memoria? Sí, esa sería una buena pregunta para Román sobre Del Putas Fest. Le preguntaría también sobre el balance (doloroso) de lo financiero, pero especialmente sobre los insultos y las amenazas. Y sobre la crítica solemne, perenne y vacía que recibe porque resulta que ahora todos somos artistas, vendedores exitosos, organizadores de festivales, mercadólogos y publicistas expertos gracias a ese megáfono de las redes sociales. El Do It Yourself convertido en descarada selfie.
¿Sabés…? Me ponés a pensar. Es que, de verdad, ¿quién dijo que por saber coger una guitarra o cualquier instrumento, por tener un grupo, por haber hecho un concierto, por haber ido a varios conciertos y por tener un CD ya uno sabe de todo y tiene una marcada e inocultable habilidad para hablar de música y sus alrededores, ni qué decir de comprenderlos? En serio, es como si por el hecho de ser sepulturero estuviera uno habilitado para hablar de tratamientos para la piel, medicina preventiva o para hacer filosofía. O peor aún, como si por el hecho de ser músico ya tuviera uno las facultades para dirigir un festival de la administración municipal o para hacer entrevistas... y en vivo.