jueves, enero 09, 2014

De caspas, apestados, primitivos y vanguardistas

“También los dioses se descomponen”
Friedrich Nietzsche

Desarrollar sonidos que tomen cierta distancia del canon siempre será deplorado por los herméticos y conservadores. Es obvio: si se está enfrascado y cómodo en un punto, es probable que lo menos deseable sean las sorpresas, de allí que un consumidor opte por ir a la fija y siga bebiendo de la misma fuente. Y también es probable que lo más importante para esas personas sea la identidad, esos elementos que lo reflejen como parte de una liga defensora: pienso acá en las organizaciones de extrema derecha y de extrema izquierda que en su defensa acérrima (y en sus métodos) suelen parecerse bastante. Decía que hay personas a las que les parece más importante defender una identidad que la música, que lo sonoro. Las evidencias dejadas sobre lo difícil que es superar esa situación son claras y contundentes, pero me apoyo sólo en dos casos desde el metal:

Expresa Salvador Rubio en ‘Metal extremo. 30 años de oscuridad’: “Pienso que a un oyente culto y verdaderamente interesado en la música, en esos sonidos que provocan sensaciones (una posible definición de arte sonoro), le interesará por igual un grupo que otro, un estilo que otro, una iconosfera que otra” (p. 49). Pero no es así, y Rubio sabe que estaba siendo bastante optimista. Priman, en general, otros intereses que se encierran en la mal entendida autenticidad: priman el escenario primigenio, la primera mirada que se dio al mundo a partir de un sonido que no necesariamente respondía a sus propósitos sino a la escasa técnica de entonces. Es decir, importa más la línea y tópicos que se enseñaron en un primer momento que el goce musical. Y ello, claro, ha llevado a que sea más aceptada la creación de proyectos alternos que las variaciones musicales de los grupos. Tanto que ha sido vilipendiado Dimmu Borgir por ello; lo tanto que ha sido mencionado de manera negativa Tenebrarum por cambiar de disco a disco.

Ese proceso ha sido doloroso para algunos, aunque son pocos los que realmente se atreven a hacerlo público. Dijo en 1990 Tom Warrior (Hellhammer): “Atrás en el tiempo, en el 84 u 85 (…) Helhammer perduró sobre nosotros como una maldición (…) sus restos eran como piedras en nuestro camino (…) Muchas voces vieron a [Celtic] Frost como la misma banda, cambiada de nombre (…) casi acabó con nuestro trabajo y nuestros sueños”. ¿Hellhammer como una piedra en el zapato? Quién lo diría.

Ese rechazo a superar los límites musicales ha sido y sigue siendo una constante. Irónicamente, son las rupturas de las fronteras musicales las que permitieron el surgimiento de una línea sonora extrema: si el mismo Hellhammer no hubiese roto con un antecesor como Venom, difícilmente hubiesen logrado tal posicionamiento. O como ellos mismos, un tanto atrevidos, se arriesgaron a plasmarlo en uno de sus demos iniciales: "Venom are killing music... Hellhammer are killing Venom".

El otro caso, entre tantos, se puede evidenciar a partir de Carcass. Prácticamente desde su gestación se propuso llevar el sonido a otro nivel, algo que es más que notorio en la actualidad (su sonido está ahora más cercano al death metal sueco que al grind en el que se gestó), quizá discutiendo con los valedores de cierto conformismo o un simple determinismo sonoro con limitantes que emergen del romanticismo a ultranza. Bill Steer, forjador de Carcass junto a Jeff Walker, expresa al respecto: “Aunque es algo de lo que nunca se habló, en nuestras cabezas teníamos la decisión de que esta banda iba a progresar, así que tratamos de hacer cada disco diferente y mejor que el anterior”, y añade: “cuando alcanzas cierto punto ¿te vas a quedar en ese nivel o vas a intentar llevarlo más allá?” (‘Eligiendo la muerte’. p. 161).

Hacer algo distinto. Suena sencillo pronunciar esas 3 palabras, pero no lo es. Y eso sí que lo sabe quien tiene un grupo. Sin embargo, romper fronteras está vetado. O casi, pues normas no existen, aunque ello se evidencia con las categorías apestado o casposo o poser. De allí que no sea gratuita tanta repetición musical, tanta música pobre y monótona en la que reiterarse, especialmente ahora con tanto Facebook, MySpace, Spotify…

Hace 20 años, según nos lo recuerda el fundador de Earache Records (Digby Pearson) que hizo posible el lanzamiento de Napalm Death y contribuir a la recepción del metal extremo en el Reino Unido, surgió una etiqueta poco querida y en general denostada en Latinoamérica, aunque en Estados Unidos y gran parte de Europa no representa tanto dilema: el nu metal. Creado en 1994 con bandas como Korn, Rage Against the Machine o Deftones, esta línea es poco aceptada públicamente, aunque uno que otro se atreve a sacarla a colación cuando de placeres culposos se trata. Una vaga excusa para expresar que ha escuchado algo más en su vida, y que incluso lo disfruta.


El 19 de diciembre de 2013 la revista ‘Metal Hammer’ publicó un artículo entre poco novedoso y revelador: “Fancy Something Different? Here’s Team Metal Hammer’s Guilty Pleasures For 2013”. Poco novedoso porque es común el uso de esas listas, especialmente a finales de año; revelador porque los intérpretes usados pueden pasar por el mainstream sin sonrojarse: Eminem, Daft Punk, David Bowie, Nick Cave & The Bad Seeds, Everlast, entre otros. El listado llama la atención porque lo propone un medio dedicado al metal y porque muestra que su interés musical sobrepasa el tema identitario, aunque sea con la excusa de fin de año, del goce decembrino. Eso sí, le da carátula a un grupo como My Chemical Romance, mostrando que su interés supera claramente el metal. ¿Por qué hablar entonces de placeres culposos?

Ir más allá de la validación social (discriminación) y darle prioridad al interés musical, sobrepasando los límites que se autoimpone cada quien (si algo ha mostrado el metal, es que se trata de una de las líneas más amplias y con mejores exponentes en la música que se produce en la actualidad), es posible elevar los sentidos de lo que hasta ahora se ha conocido. Quizá no siempre salga bien, pero por lo menos hay que intentarlo. Hay que, por lo menos, dejar de temer a esos slogans patrioteros y dañinos de la “defensa de lo nuestro” y llevar todo al terreno propio de lo que la música propone: seamos francos y hablemos de cruzar variables como la intencionalidad y la capacidad, por fuera de reparos primitivos y emocionales, sin reatos morales.

Sin reatos morales ni proselitismo, que es lo que resulta común escuchar de algunos “músicos comprometidos”. Sin el arrebato y hasta indignación que pareciera mostrar la revista ‘Decibel’ recientemente porque Charmand Grimloch (Tartaros, Emperor) hace parte ahora de un proyecto alterno en el que combina dance y hip hop y porque ha entrado al mercado de la música como compositor de programas de televisión y de bandas sonoras: "What Happened To Charmand Grimloch?". Pero claro, seguro alguien saldrá a decir que se le veía desde un comienzo lo falso que era, igual que Stian Arnesen (Nagash) con The Kovenant o Ihsahn con su proyecto solista. Pero seguro los veremos próximamente en una lista decembrina de los placeres culposos porque asumirlo como parte del gusto musical sería visto como la peor de las traiciones, una vejación digna de expulsión y de reivindicación de un nuevo separatismo.