jueves, diciembre 18, 2014

El diablo es un hombre [bastante] ocupado

“Le pedí a papá que me explicara cuál era la moraleja de aquello y me dijo que debía de ser que no se podía enseñar a cantar a un cerdo…” 
David Foster Wallace


Las experiencias encontradas son algo común. Es decir, hay ciertos momentos que nos hacen vivir sensaciones que se confrontan, que se debaten; incluso por nimiedades, algunas veces. Por ejemplo, en el caso del concierto de Enthroned en Medellín se presenta un pequeño debate interno en el que perder no es ganar un poco. Perder es perder, pero no porque el concierto se haya realizado. Para nada. Un puñado de personas logró asistir al concierto y ver a Enthroned, y también a Blood Red Throne, a Nervo Chaos, a Al Demonio. Por ese lado, todo muy bien: buen concierto, buenas bandas, buen espacio y acústica. ¿Qué fue un martes? Da igual, eso no le resta nada. Gran concierto.



¿Entonces? Entonces resulta que ese concierto no era el concierto. Bueno, ese fue el concierto porque el otro no fue. Sí, eso. Precisamente eso. Hagamos de cuenta que compraste una boleta para ver una banda de black metal en vivo, o de lo que sea, una banda de lo que sea en vivo. La compras en abril. La compras ese mes porque se programó para mayo. Eres una de esas personas que se programa y por eso la compras previamente. Compras la boleta pero el concierto no se realiza, por razones de cualquier índole. No vienen al caso las razones si quien organiza saber organizar, tramitar, etcétera. Para eso son los contratos, dicen los abogados y lo que se atienen a las pruebas. Pues bien, el concierto no se realiza. Te decepcionas un poco, lo lamentas, pero entiendes. Eres una persona que sabe comprender. Las cosas pasan, nada qué hacer. Te atienes a las condiciones de compra.

La persona razonable se atiene a las condiciones (que pone el vendedor y el realizador). Espera. Surge una segunda propuesta de concierto (no con la banda por la que se animó a comprar la boleta) que si bien puede resultar interesante, no es la que pagó. Entonces se atiene. Espera que se cumplan los plazos para la devolución del dinero. Hay un silencio enorme, una espera larga. Se cumplen los plazos y sigue el silencio. 2 meses, 3 meses, 4 meses, 5 meses de silencio. La persona razonable busca respuestas. ¿Y su dinero, o su concierto? Nunca le ha pasado eso con otros conciertos que se han cancelado; nunca le ha pasado eso ni cuando una camiseta le sale con un defecto ni cuando la leche llega vinagre ni cuando un paquete de arepas le sale con hongos. El cliente solía tener la razón. Es más, las cosas pasan, nada qué hacer. Entonces le reponen la camiseta, la leche y hasta las arepas. Por ello pagó.



¿Entonces? Entonces la persona razonable busca las respuestas en el reverso de la boleta. Dice en una old english característica del estilema: Contacto. Así, con negrilla incluso para que haya confianza, para que se resalte la responsabilidad. La persona razonable llama al fijo; nunca contestan. Hay que llamar al celular, pero esas llamadas que son cada vez más raras; ¿y si se cuelga? ¿y si contestan y me dilatan la llamada como cuando requiero un servicio? ¿La empresa de telefonía me irá a reponer esos minutos o saldrá con los 3 de cada mes? Contestan. Que ahora no tengo la plata. Que perdí mucho. Dame una llamada la otra semana. Y la otra semana lo mismo. Y en quince días lo mismo. ¿Y los otros quince? Bis, bis, bis. La espera es más larga que todos los discos de My Dying Bride completos, y eso ya es mucho decir. Empezate con los demos, seguite con los singles, pasate a los EP, concentrate bien en las full-length y no dejés a un lado los compilados y los discos en vivo para que te hagás a una idea de lo que te digo.

Un último intento. ¡Por la dignidad! Que no. Que nada; que no es quincena. ¿No es quincena? Que llamés la otra semana. ¿Otra vez? ¿Y por qué mejor no me llamás vos cuando sepás que los tenés? ¿Qué soy un HUEVÓN, UNA MARICA? ¿Que no vas a llamar a nadie? ¿No te parece un irrespeto? ¿No? ¿Aló?

Llegó diciembre. Llegó diciembre y el concierto era en mayo. ¿Y la plata? Te la pongo fácil, ¿vos creés en dios?


domingo, diciembre 07, 2014

Ese reguetón que me mata

Cada tanto nos llega la oportunidad de arrepentirnos de algo. Cada diciembre la oportunidad se presenta más cercana, vívida. Cada diciembre el recuerdo se hace más presente e inevitable. Y no es porque quiera, porque la memoria lo aclame. Es porque todos tenemos uno o varios vecinos insoportables (admitiendo que a veces uno puede ser ese personaje) que en esta temporada nos recuerdan que la música no es ni será una, que es una amplia cantidad, una cantidad no necesariamente deseable y con unos matices que hasta escozor producen.

En diciembre todos parecen ser melómanos. Bueno, no melómanos sino grandes entusiastas de la música a todo volumen, con amplificación que incluso perjudica la calidad del sonido. Se abren las ventanas de la casa para que el vecino “disfrute” de un placer que parecía personal, se cierran cuadras enteras para sacar el equipo de sonido o para abrir las puertas del carro y para dejar sonar un estridente “ay, ombe”, otro “mami, dámelo así”, un lamentable “adónde te fuiste amor míoooooo”. Sí, ya casi me empezaba a acostumbrar a esos garabatos sonoros. Casi me sentía familiarizado con los vallenatos hasta que llegó el reguetón (o escríbelo como tu quieras, papi) y me mostró que la tecnología no siempre trae beneficios; que no basta con un computador y un micrófono para lograr eso con lo que ahora se llenan la boca: la “democratización de la música”, y de otras vaguedades.

Nunca he tenido un vecino que escuche música clásica, o uno que en sus parlantes truene un blues o que me levante a las 2:30 a.m. porque definitivamente a esa hora era necesario sonar tan alto como fuera posible ese conmovedor lamento porque una mujer u hombre los abandonó por trigésimo quinta vez (parece que en esos géneros hay igual de promiscuidad que en el underground). Por ello en algunas ocasiones alcanzo a lamentar no tener un vecino que aprecie a John Cage, a Die Form, Tom Waits, Chelsea Wolfe o que cante a grito herido algo de Mark Lanegan. Así uno odiaría el momento, pero apreciaría la música; seguro se molestaría por casi tener el parlante en la cama, pero seguro la misma música le haría recapacitar. Y quizá sea una persona medianamente razonable la que esté al otro lado y por ello no se quedará estrangulando el pobre altoparlante con sus watts hasta las 3, 4 o 5 de la mañana, ni se levantará a las 9 a.m. para rematar con sancocho que se hace ahí mismo en la acera, en la calle cerrada o en las zonas comunes de la unidad cerrada junto a la misma música que te trasnochó. Porque debe ser la misma, no tienen mucha más. Además, a las emisoras les pagan por repetir las canciones, por ello debemos sufrirlas los demás hasta aprenderlas: “Ahí vamos. Aaaaaaaaaaaa. Aaaaaaaa. Aaaaaaaaaa. Peleamos. Nos arreglamos…”. Jodido José Álvaro Osorio Balvin.

Pero el problema es viejo, decía. Ya lo vivíamos con el vallenato, con lo que llaman guasca, con el chillón Jerry Rivera, con el doloroso trajín de Oxígenooooo… que me muerooooooooo; también con Estrella Estéreo. Y Olímpica y las demás que serán familiares para quienes viven en Medellín. ¿Por qué dejan los comerciales? ¿Por qué les gusta que suene igual de alto el promo de la emisora? Para estos seres es importante que se sepa dónde están escuchando lo que los demás debemos padecer. Además, no son de coleccionar música. El coleccionismo es muy clásico y ellos tienen demasiado flow como para perder el tiempo en esas compras. Suficiente tienen con ir cada 8 o cada 15 días a la peluquería, ¿o barbería?

La contaminación se hacía familiar, sí. Sin embargo, y acá siento un poco de culpa por mi falta de tino, el dolor se ha intensificado con el reguetón (“Estás buscando esta noche sandungueo. Lo dice tu mirada que pide fueteo”. SIC) que di por desaparecido en 5 años, aunque han pasado 12 años desde entonces. El problema persiste. Ya no nos despiertan solo con Darío Gómez sino con un bello estribillo como “Eso en cuatro no se ve” o “Quiero ver gas o quiero ver gotas”. El juego de palabras es pobre y risible. El ritmo es un básico cuatro cuartos junto a rimas en versos pares que a las 3 de la mañana ¡TUN, TAN!, te sacan del sueño y te ofrecen un repiqueteo que no solo molesta el oído sino que irrita hasta los ojos.

Vendo o permuto mis vecinos. Y busco uno que aprecie a Last Days o que, por lo menos, sea considerado como Niklas Kvarforth, que pone las noticas duro y de vez en cuando comparte el porno.




domingo, octubre 19, 2014

Al señor Escobar

“Ríe la turba vocinglera / y me enrostra su anatema / 
Con una insidia extrema / la estulticia me lacera”
Héctor Escobar


Patético. Es francamente patético. Patético y lamentable. Sí, es francamente patético y lamentable haber conocido de su muerte por medio de un noticiero radial de medio día y escuchar con algo de sorna que esa persona que murió era el considerado papa negro y la tonta e innecesaria pregunta que acompaña segundos más tarde al aire: “¿entonces irá al cielo o al infierno?”. Y luego el noticiero radial de 'Caracol' pasó a leer el mismo comunicado que sacó el periódico 'La Tarde'. El mismo que sacó 'El Colombiano', el mismo que copió 'El Espectador'. Ni vergüenza, ni rabia. Es simple y francamente patético y lamentable enterarse de una noticia de ese tipo por esa vía, de esa forma.

Héctor Escobar no fue García Márquez (al Bajísimo gracias), por eso no escucharemos ni leeremos necrológicas supuestamente profundas y sentidas. Admiradas todas. Escucharemos y leeremos sandeces (esta mía una más) sobre la muerte de un buen sujeto que hizo poesía y que consigo nos trajo filosofía, humanismo. Pero no, eso no importa. Hay que decir que era “satánico” y aclarar que no tenía nada que ver con eso del 31 de octubre y la desaparición de niños. Y también que se trataba de una buena persona que no le hizo daño a nadie, aunque fuera “satánico”.

Héctor Escobar no fue García Márquez y por eso hay que seguir luchando contra el cliché. Incluso en estos casos donde lo mínimo sería mostrar respeto (callar sería una forma de ello), esos mismos periodistas que tanto admiran a García Márquez son los que salen ahora con pasos en falso como los que fue necesario leer y escuchar y soportar con estoicismo un día como el 19 de octubre de 2014.

Cuánta razón tiene Juan Gabriel Vásquez. Él dice que el señor García Márquez "creó una estética, una manera de ver el mundo que es muy fácil de imitar, muy seductora pero que es incapaz de permitir la originalidad dentro de sus imitadores". Leo incapaz y todo se aclara. Leo faltos de originalidad y entiendo la reiteración del contenido y que a la fecha nadie haya recordado que ese señor que se murió escribió líneas como: “No caímos del tiempo, en él estamos / Sólo el morir nos libra de sus redes / de estas cuatro y altísimas paredes / Que nos impiden ver a dónde vamos”. Leo lo anterior y me doy cuenta que el señor E siempre lo tuvo claro; que él sabía qué pasa con la humanidad y que en momentos como estos reivindicamos que sujetos y entes como los que están detrás de ese periodismo no se han dado cuenta que están en el tiempo. Ellos no lo saben, ellos caen, se lo topan, mas no lo ven.

Héctor Escobar no fue Gabriel García Márquez y eso nos librará de tanta redención. De tan vacía sensación de dolor. Evitará un legado de imitaciones. Nos evitará, a fin de cuentas, que florezca esa falsa idea de la muerte como tragedia, en especial cuando de él apenas se dice que murió, que murió de viejo, que era un satánico y poeta, casi un anacoreta. Todo a sabiendas de lo de siempre: “Me condenan a la hoguera / es la sentencia suprema / Se alza mi voz y blasfema / contra la ley que impera.”

Adiós, señor E. Nos obliga a continuar en medio de esa epifanía suya: “Todo nos contradice y nos apena / por esta soledad que nos condena / a estar en compañía abandonados”.

Bueno, y aprovecho para recordar a ese ser humano que tanto le inspirara (Aleister Crowley) con un breve pero sentido inicio de sus poemas:
Maldito por tu propia voluntad, la humedad leprosa de tus venas
enferma la luz del sol, y tus ojos demacrados,
nublados por sus infamias depravadas,
resplandecen en el osario de las penas terrenales,
tan horribles como un infierno anticipado.
Adenda: 
Emisión del 23 de octubre de 2014. Programa en memoria del señor Héctor Escobar.

domingo, septiembre 14, 2014

Cuando la música se detiene

"Cuando hablo de estas cosas, se me olvida el dolor un poco.
Quizás la historia se haya inventado para eso, para olvidar el presente..."
Miguel Ángel Asturias

Caerán iglesias. Caerán también algunos hombres. Desfilarán la gloria y la altivez, y al lado el miedo. Quizás exista algo de honor en ello; quizá no aparezca la culpa. Quizá no tenga por qué aparecer la culpa, pero insoslayablemente aparecerá la duda. No una duda metódica; una duda más existencial y duradera, inabarcable, sin límites claros. ¿Por qué me metí en esto, cuándo llegué a este punto? Tratando de encontrar la diferencia entre la realidad y lo que propone la música. Es obvia, me dirán, pero no lo es tanto. No es clara cuando alguien muere a sangre fría por defender un “black metal real” (Tailandia); no lo es cuando un par de mocosos toman un arma y dicen estar influenciados por los pensamientos de un músico (Manson) y acaban con otros jóvenes en un colegio; tampoco lo es de varias formas que hacen pensar más en una especie de esquizofrenia que lleva a escuchar voces provenientes de una canción y a actuar con base en lo que puede ser una fábula, una metáfora, una historia inventada, una ironía, algo de humor negro, un crítica certera, pero velada al fin y al cabo. ¿Quién les explica que hay diferencia entre lo que puede decir la música y la vida real? ¿Quién puede aclarar qué debe pasar cuando la música deja de sonar?

Aclaro primero que no soy de la línea sartriana, a quien no se le lee una línea en clave de humor. Sartre no se reía, parece; digo: eso parece, pues en sus textos no hay una línea que permita entreverlo, ni siquiera mediante una beligerante ironía. Jean Paul Sartre fue filósofo y novelista, es decir, constantemente cruzaba los escenarios entre la realidad y la ficción, mas ello no lo llevó a ceder un poco en su rictus y su mirada de la escritura comprometida, tan de la línea marxista; en menos palabras, quien habla en los textos se fusiona simétricamente con la realidad: un idealista que veía un problema en eso de la equidistancia, de la neutralidad. Caso contrario sucede con Fernando Vallejo, el autor, ese que suelen confundir con Vallejo, el personaje de los libros de Vallejo. Es que uno y otro se parecen, pero no son el mismo. Basta con verlos hablar (leer al uno, escuchar al otro) para notar la diferencia: hay un Vallejo de los libros, el personaje, y otro Vallejo real, el escritor. Ambos manejan la ironía y el dolor y la memoria, pero uno es uno y otro es otro. ¿La frontera no es clara?

El asunto es sencillo: cuando el Vallejo personaje dice en ‘Mi hermano el alcalde’: “¡Carajo! Yo con semejante despliegue monto mi campaña a la presidencia”, no quiere decir que el Vallejo autor esté diciendo que lo quisiera o siquiera lo considerara realmente para sí. Es parte del rol, aunque allí aparezcan figuras reconocidas como Pastranita, caminos de herradura y la ciudad de Medellín. Hay una separación que muchos no logran identificar, aunque acá parezca obvia y hasta simplista de mi parte por traerlo a colación. Sin embargo, con Sartre y con Vallejo quiero poner de presente un elemento que mencioné arriba y que acá recalco con otro factor: la duración. ¿Cuál es el fin? Para detallar que en la música, así como en la literatura de ficción, hallamos modelos que generan confusión porque no hay, dicen que no hay, líneas claras que separen lo expresado en la obras con la vida real. Y hay entre los creadores quienes nos complican esa interpretación. Para ejemplos en la literatura ya está Vallejo, pero podría traer también a Vargas Llosa, a Alejo Carpentier, a Reinaldo Arenas, entre otros; por el lado de la música podrían aparecer los de siempre: Euronymous, Dead, Cipriano, Ramón, y otros más. Y la confusión es sencilla, pues los escritores suelen mezclar elementos de la realidad (presente o histórica) para alimentar sus creaciones, con lo que prolongan su mirada del mundo; caso semejante en la música, salvo que algunos dicen que allí no se busca brindar una mirada (“bagatelas, productos que simplifican y frivolizan”) sino mostrar EL MUNDO, ser una extensión del mismo, conservar sus principios.

Varg Vikernes (Burzum) me ayuda a apuntalar mejor mi idea con las palabras que dejara en el documental ‘Until the Light Take Us’: “Para Oystein, todo se reducía a la imagen. Quería parecer extremo. Quería que la gente lo viese como el más extremo de todos”. Seguidor de Stalin y de Joseph Goebbels, el formador de Mayhem sabía de la importancia de la imagen para expresar con mayor vehemencia un ideal, y sabía también que de esa forma era posible darle mayor duración a la idea del black metal, lograr que no cayera en escenarios menos “reales”. Ahora, si analizamos esto desde la mirada de Isaiah Berlin, Oystein y quienes siguen esa línea (no separación, perpetuidad de la identidad) no quedan bien parados: “De hecho, el mismo deseo de garantías de que nuestros valores sean eternos y seguros en algún paraíso objetivo es, quizá, tan sólo un anhelo de las certezas de la infancia.” Y Vikernes remata la faena: “pero él (Euronymous) no quería ser realmente extremo. Y no fue realmente extremo”. Mejor dicho: las fronteras siempre han estado allí, solo que cada quien deberá ser capaz de identificarlas, de saber que cuando la música se detiene, con ella se detienen también sus mundos.

Piénsenlo en estos términos: endilgarle a la música una representación de ciudad es posible si se mira en sus intersticios, pero reducir a una lista tal posibilidad y ver en ello una muestra fiel del mundo es negarle a la música toda capacidad creadora. Lo mismo sobre cualquier temática, pues no hay mayor error que una representación fidedigna de la realidad a partir de las creaciones artísticas. Sería reducir a una función social a los escritores y la escritura, a los músicos y a la música. Aunque es comprensible la miopía, en especial cuando algunos actos pasan de lo musical a lo extramusical y terminan por convertirse en paradigma. Y no sigo en esa línea porque mucho se ha dicho sobre el caso noruego, lo sucedido en Medellín, también en Chile, etc.

Otro ejemplo: dudo, y esta es una duda metódica y empírica, que se logre una erección al poner una casa en llamas.



Turbonegro dice lograr una erección en momentos bien variopintos, pero eso sólo lo permiten la música y las ficciones. Especialmente si leemos allí una ironía, algo de buen humor negro. Ahora, es posible que haya quien consiga su erección al cavar un hueco en la tierra (cada quien con sus desviaciones), pero estoy convencido de que lo importante no es si logra o no la dichosa erección sino expresarla y con ello provocar mundos que de otro modo serían incluso deleznables, o inimaginables.

Pienso en este preciso momento frente a la pantalla del computador qué pasaría si el pobre Carpathian Forest cayera en las manos de un periodista despistado (supuestamente inspirado) o en un sociólogo moderno. ¿Han escuchado la canción “Necrophiliac /Anthropophagus Maniac”? Se las dejo para que sigamos hablando:



El grupo, con Nattefrost a la cabeza, se aferra a las sensaciones de la enfermedad, de la impureza, de esa mancha que se obtiene por contacto y acude a la literalidad para narrarnos el método que nos permitirá adentrarnos en un escenario putrefacto y sucio que contamina, al tiempo que nos acerca a otro tabú inquebrantable: una persona muerta como sujeto sexualizado. (¡Oh terror, un gran desviado!):
Dig up the recently deceased woman
And break into their tombs
Of the freshly buried sluts
And fuck them before they rot!!!
Entramos a un plano sexual explícito. No hay mensajes subliminales ni ideas tocadas de manera soslayada; nos encontramos con una guía para perpetrar un acto sexual con un cadáver femenino. La canción expone las desviaciones de un hombre, nos traza el procedimiento obsceno en el que aparecen los cuerpos realizados y no como metáforas: se destruye una tumba, se desentierra una mujer y se recomienda penetrarla antes de que comience a podrirse, aunque el cuerpo experimenta ya un alto grado de descomposición. Y se va aun más allá: la canción habla de un escenario mórbido en el que la simbología deja ver que no hay distancias, es todo un acto carnal maniático: comerse los globos oculares, exponer su cerebro y vísceras, la sangre en el suelo, hay pus y el cuerpo apesta. Lo feo, ya lo vemos, como tema, como parte de un proyecto lírico y sonoro en el que se superan límites morales no por error sino de forma directa. ¿Entonces Nattefrost hace eso?, se preguntará el periodista neófito. O más crudo aún: ¿entonces los noruegos tienen esa desviación? Por favor: si acá se logra ver una frontera, me pregunto por qué con otros contenidos suele buscarse una relación directa, una reducida representación sociopolítica o sociópata entre lo que dice la música y lo que se vive en realidad.

Discúlpenme la citadera, pero es que Andrés Neuman me ayuda a cerrar este asunto, aunque él no habla de metal sino de la literatura de Julio Cortázar: "se trata del establecimiento de una frontera: el territorio en que se está aventurando Cortázar transgrede muchos códigos generacionales y estéticos. Esta última gran pieza, cuento y anticuento, decreta la senectud de una tradición que él mismo había encumbrado". Es decir, el metal propone códigos transgresores, para algunos antiestéticos (no en todos los estilemas del metal, vale precisar), y con ello traza miradas sobre el mundo, pero también crea mundos. Eso sí, cuando la música se detiene, cada quien a su realidad. No es tan difícil de entender, pienso. Aunque la realidad muestra otra cosa.

martes, agosto 05, 2014

Cuidado con la mujer promedio

"No era mi día. Ni mi semana, ni mi mes, ni mi año. Ni mi vida. ¡Maldita sea!"
Charles Bukowski

A este ser no le gusta mimetizarse. Es más, llamar la atención es uno de sus paradigmas. Claro, eso y soltar generalidades por aquí y por allá. A este ser, decía, no le gusta mimetizarse y le interesa soltar vaguedades tipo: me gusta Bukowski, pero gustar es un verbo que no sabe conjugar con propiedad. Este ser es desparpajado y le gusta posar de liberal, y le gusta autoflagelarse en público para evitar la crítica (algo que aprendió del señor B), por ello habla de sexo y dice puta y dice pene y también follar y porro, lo que la hace sentirse liberada. Liberada y fina. Finísima.

Liberada modelo años sesenta, pues no soporta la liberación más contemporánea, esa que se desnuda en público, que no teme a su cuerpo. Y no le tiemblan los dedos para escribir y catalogar y ubicar en el lado tenebroso del ring a las prostitutas. Si no eres liberada a mi manera, pues eres PROS-TI-TU-TAAAAAAAA. Una liberada que le teme a las “mostronas”, pero no le da miedo mostrar sus incoherencias en un mismo párrafo.

A este ser le gusta anticiparse a la crítica cuidando el que considera es su flanco débil: su cuerpo. Y tiene razón en hacerlo porque ahora todos tienen una opinión y la más grosera y vacua mirada seguro se iría por allí (insultarla por su cuerpo, es cierto, sería una grosería sin presentación). También se adelanta a la envidia. No lo hace mal en ese punto, pero ella no se ahorra las opiniones y los epítetos para los otros: por sus cuerpos, por sus posesiones, por sus opiniones. “Las lobas”, así las marca desde su penosa fogosidad.

¡Cuidado! La mujer promedio cree ser irónica, pero apenas le alcanza para ser periodista de impresiones. Como no le gusta mimetizarse, le gusta hablar en primera persona para que la vean y delegar responsabilidades para que se note que el paupérrimo y grotesco es el otro, el de allá, el libertino y exhibicionista.

The average woman se anticipa a la crítica sobre su cuerpo, pero critica las tetas de otra y no teme señalar a la de allá, a la más fea, pues le gusta llamar la atención. Pero también llama la atención sin querer, pues hace a medias su trabajo, a medio camino entre la irreverencia y la ignorancia. Hay que cuidarse de la mujer promedio ahora que llega Watain a Colombia, o es mejor esconderse con ella mientras el grupo sueco está en el país: no vaya y seamos víctimas de un grupo “que se presenta en escena con calderas con un líquido hirviendo que botan sobre el escenario para limpiarlo.” Really? Really? Es cierto que todo el mundo tiene derecho a opinar, a escribir, a comunicar. Sin embargo, sin embargo, el mundo podría ser un mejor lugar sin algunas personas, o por lo menos sin conocer lo que piensan. ¿Te provoca un trago de cicuta?

Charles Bukowski dijo que tuviéramos cuidado con el amor de la mujer promedio, porque su amor es corriente, busca lo corriente. Pero su odio es genuino, tan genuino como para matar a cualquiera. La mujer promedio no entiende, pero qué bien le viene destruir todo aquello que le sea diferente, o eso cree. No importa, no importa que le gusten las frases de Bukowski, pues para ella gustar es un verbo difícil de conjugar, especialmente con algo que la palabra trae consigo no tan en el fondo: comprender.

Beware the average woman.

lunes, julio 28, 2014

Cuidado con el hombre promedio

“La creencia en una fuente sobrenatural de maldad no es necesaria;
los hombres son perfectamente capaces de cualquier perversidad”
Joseph Conrad

Buscando un significado menos materialista del metal llegué a los pensamientos de Bukowski. Pensando en la posibilidad de entender el metal por fuera de cualquier sonido, de cualquier lugar común, de cualquier intento sencillo y clásico pensé en las pocas palabras que me sé de Bukowski. En el señor B pienso cuando intento considerar eso que es tan grande e inalcanzable. Al señor B llego porque si algo tiene, tuvo, es la capacidad de separarse de la multitud, de ese ente espeso, repetido, monótono y unívoco que impide la diferencia, que la fulmina.

Lo mejor no es solo su prosa. Es su ritmo, son sus tiempos, sus aliteraciones. No son solo sus versos o sus cadencias. Es la forma cruda en que se expone, que se expuso. Se mostró natural y cercano, y también distante y complejo. Pienso que eso lo diferenció: ser él mismo, sin restricciones de identidad o aparato social alguno con filosofías de colectivo que lo restrinja. Pienso en qué es ser metalero, pero la respuesta no existe. Quizá la única forma sea seguir siendo incompleto, un puzzle que no encaja del todo. ¿Cómo? Pienso en la historia: el fin era diferenciarse del statu quo, rechazar el mainstream, el espacio amigable, pero a la vez espeso, repetido, monótono y unívoco que…



¿Diferenciarse? Ahora es toda una complejidad barroca poder hacerlo. ¿Por qué? La cantidad de música a la que puede accederse en la actualidad es de vértigo. Los filtros los pone cada quien. ¿Pero cómo escoger? Grandioso, no hay que limitarse, y por ello ahora todos tienen una opinión para todo, no importa si entienden lo que dicen. Diferenciarse, sí. Pero para eso se requiere algo: sentirse afectado. ¿Qué música lo afecta a usted? ¿El metal? Claro, eso y la vida (estoy siendo sarcástico, aclaro). Los genéricos están de moda en esta nueva era de espíritu dictatorial (Javier Marías, 2014). La música tiene esa capacidad de afectar, y la afección llega al cuerpo de dos formas: instantánea, casi a modo de epifanía; también por su duración, por acompañarnos durante un tiempo más extenso que el súbito placer. ¿Qué quiero decir? Que la afección puede aparecer, pero solo se sabe de su existencia cuando se acompaña de la pasión, la misma que obliga a hacer de lado muchas otras posibilidades por la misma fuerza que la conforma. Es decir, en la medida que algo se sigue con pasión (que nos arrastra), de antemano se está aceptando el rechazo a otra gran cantidad de elementos (de música, de lecturas, de películas, etc.).

Huir del rebaño, detestar las explosiones sonoras de moda, escapar del enfoque unidimensional que propone quien quiere agradar a la multitud. La multitud que tiene una opinión para todo. Es más, es esencialmente aquello que no se entiende lo que se critica. Como decía Hemingway: “Ahora resulta que todos son críticos”. Como si no hubiera suficiente material para tratar de comprender, lo más importante hoy día es expresar una opinión (no vaya y crean que no se sabe del tema en cuestión). Esa, siguiendo al señor B, es la actitud del hombre y de la mujer promedio. Una efervescencia capaz de meterse en todo, sin llegar a comprenderlo porque para ello se necesita ser afectado por el tema. Así va la multitud, así iba la multitud desde hace mucho años, lo cual supo ver muy bien el señor B para alejarse, para no ser el promedio que habla de lo que habla el sujeto promedio. Le importaba entender a B, pienso, antes de meterse en la aburrida y subnormal vida de la multitud que encantada de sí misma condena, toda al unísono.

“Esto es pura mierda. Es sólo ruido” (Mudrian); “ruido infernal” (Bellon); “sonido primitivo, ácido, estridente” (Urán), “estruendoso” e “insoportable” (Cetina). Expresiones de este tipo se han vuelto comunes, pero no hay que prestarle demasiada atención al hombre promedio. Esas expresiones poco o nada importaron para llevar a cabo la configuración del metal. Sin embargo, ese gesto que hizo parte de su gestación está pasando por un momento de inanición. Hay algo de esa hambre interior que se ha ido socavando de cuenta de una multitud que se encuentra ahora en una zona de confort. Adiós a esa idea loca de B: “Si a tus amigos les empieza a gustar tu trabajo, algo va mal”.

Pienso que no todo es tan sencillo. Por supuesto que no. Vuelvo de nuevo a B: un hombre extremadamente honesto como para dejarse ver como era: complejo, un sujeto crudo que se supo siempre con matices, nunca unidimensional. Pero eso no se quiere decir; eso es mejor que nadie lo sepa. Eso es lo bueno de los artilugios retóricos: el señor B creaba piezas tremendamente francas y dolorosas que mostraban su cara menos tensa, menos monótona, a riesgo de que la multitud hiciera lo suyo. Es que lo suyo eran los riesgos: “Lo que necesitas es vivir. Tu trabajo tiene que estar vivo”; o más cliché pero cercano a su forma de entender el mundo: “Si la policía anda cerca, algo bueno debe estar pasando”.



Se conocía bien a sí mismo el señor B, y también al pedazo de mundo que lo rodeaba. Pero es mejor evitarse problemas y quedarse ahí. ¿No?

domingo, julio 13, 2014

Metal rural, metal urbano

- ¿Sabes? Si quieres divertirte, lo verdaderamente divertido -dice- es inventarte explicaciones. Si la gente quiere razones, pues dáselas. Lo que te venga en gana. Invéntate las razones. Te llevarás una sorpresa: cuanto más inverosímil sea la razón, más satisfecha se quedará la gente.
David Foster Wallace

“Hay sonidos de sonidos. Y obvio que unos pueden hacerse allá y acá. No son tan excluyentes como algunos dicen, pero ¿dónde sonarán mejor?”. Sobre tanta obviedad pensaba recientemente, en la pertinencia de las temáticas, las líricas, las melodías y las disonancias. Pensaba en la pertinencia de unos sonidos para un espacio y para otro, pero desde la posición del oyente que quiere hacer más placentero un momento. Y se me ocurrió una división sencilla: lo rural y lo urbano. Pero ojo, acá es fácil considerar el folk metal, y no quiero hacer parte de esta digresión los instrumentos o estilemas especiales que delimitan de manera evidente tal diferencia. Quiero enfocarme acá en la capacidad que tiene la música de evocar y construir mundos que se acercan a unos espacios en los que, considero, se desarrollan mejor. Por lo menos para el oído.

Pienso en el black metal de Immortal y de inmediato pienso en lo rural. Montañas, aire limpio, algo de mitología que ambiente y acreciente el ánimo desgarrador y desolado. Sí, tienen razón al decir que todo aparece de manera explícita en el grupo noruego, pero quién diría que un género como el black metal puede ser más rural que urbano, que le sienta mejor la escucha en el campo abierto que en un bar del centro al encontrar allí una integración más propia para el entendimiento, alejándose así de un simple sonido de fondo y del vago entretenimiento. Ulver sería otro caso obvio, especialmente su trilogía inicial. Y también a la banda francesa Peste Noire la haría parte de ese selecto grupo capaz de remontar a escenarios amplios, diáfanos, de horizontes que se fusionan, que hacen ingresar al oyente en un campo complejo de indeterminación.



Sin embargo, claro, un black metal como el de Skitliv se me antoja más urbano, más lógico y menos emocional, con un menor grado de contacto con el ambiente externo y amigable, y más interno y problemático; es un sonido que permite ahondar y transportar a complejidades internas de gran calado. La canción “ScumDrug” es muestra de una experiencia agotadora, rocambolesca, alucinada, dodecafónica, más compleja de atrapar, aunque sin caer en el lugar común del industrial, tendencia fácilmente catalogable dentro de esto que propongo como urbano. Y en ese mismo orden podrían entrar SunnO)), Dirge, Nadja, Leviathan, entre otros proyectos que por momentos expresan sonidos incluso más cercanos a un John Cage que a lo que tradicionalmente se conoce como metal. En otras palabras: experiencias con un sonido que exige atención, tiempo, concentración, que prácticamente impide (busca impedir) toda dispersión.



Un caso ambiguo, a mi modo de ver, lo plantea Taake. Sus fugas me trasladan a arboledas, a sotos y a peñascos, a cumbres borrascosas. Suena “Myr” y aparecen ambientes verdes y abiertos, campos baldíos, sabanas extensas y generosas, un clima frío, una meseta verde, nubes cargadas. Suena incluso ese banjo (min 3:21) que remonta al folk y ya resulta obvia la asociación. (Un paréntesis: recuerdo acá el odio que despertaba en un amigo cada vez que escuchábamos Storm porque por allá aparecía en medio de un idioma impronunciable un llamado a las montañas y a las vacas (o eso creía él, pues realmente la letra no habla de vacas en ningún momento) en la canción “Oppi Fjellet”: Eg høyrde vindsuset kalle meg / Oppi fjellet, oppi fjellet / Den tok meg vekk i fra folksom gard / Oppi fjellet, oppi fjellet. Cierro paréntesis). Sin embargo, si se escucha “Nordbunten”, tema bastante cercano al sonido de la banda Ragnarok por cierto, se aleja de lo dicho en este párrafo y nos ubica en un medio plagado de cemento, un bar, un sonido moderado, un espacio cerrado, y por ende limitado. Paradójicamente, el grupo usa en sus videos tomas de escenarios rurales:



Urbano también me parece el death metal. Sí, de nuevo por su temática, por su reproducción de escenarios de marcos espaciales macabros. Es que su ambientación es citadina, propia de un desgarro necrológico del que la mayoría tenemos conciencia por imágenes provenientes de los medios masivos. Propio de su origen, como lo expresara la banda Tempter (luego Ultraviolence, luego Genocide, luego Repulsion): una línea que se gestó gracias a las películas de terror y de asesinatos. Y ubicaría, asimismo, a un Masacre, aunque su música trate en esencia una problemática con enfoque en lo rural, pues ya decía que a ella nos hacemos de manera mediatizada, es decir, gracias a un proceso claramente propio de la industrialización. La muerte como una experiencia mediatizada.

La muerte, desde las diversas perspectivas que propone el death metal (no todas, tranquilos), es uno de esos pocos temas que más nos humanizan, y esa humanización nos llega por medio de una abigarrada propuesta que ilustra cuerpos sin vida, nos ubica ante los cadáveres que todos alguna vez seremos. Como propone la autora de 'Dientes blancos', el arte es de los pocos resquicios que nos quedan para discutir la muerte con seriedad. La muerte y el arte, y no digo que sea propio sino más cercano (un prejuicio mío y una excusa), es parte de una contemplación más citadina. Quizá sosegada y perturbada, pero principalmente marcada por experiencias que ilustran los medios de comunicación, los libros de medicina y de historia, los estudios secundarios y universitarios, un poco la mitología y una profunda dosis de mentira que proviene de aquí y de allá. A la muerte llegamos (nos acercamos) mediante los otros, nunca por vía propia.

¿O acaso cómo podría realmente Visceral Evisceration enamorarse de un cuerpo muerto [“(I am) Enamoured of Dead Bodies”] si no es gracias a la conjunción de dos espíritus inabarcables como la muerte y el arte? Decirlo no es hacerlo, señores sociólogos. Expresar esa imagen es desentrañar un nefando sentimiento que sólo es posible al entablar un diálogo entre esencias que sobrepasan todo orden físico, mas no por ello imposible e ilógico. Son, ya lo adivinaron, ficciones, escenarios imaginados, creados a partir de una experiencia límite, definitiva, que acerca a una vitalidad que por su misma configuración habla de un goce necrofílico (estéticamente hablando).



Son, pues, dos mundos que se complementan pero que, si se siguen con atención, pueden estar distantes. Y claro, resulta relevante identificarlos si usted busca hacerse a un goce estético; si no, pues no.

......

Nota al pie: vale recalcar que no hablo ni pretendo dar a entender que hay desde estos dos géneros una lógica homogeneizante: ni todo el black es rural ni el death es netamente urbano. Incluso, mi mirada pretende discutir con propuestas que generalizan una interpretación sobre el metal como una práctica urbana en esencia porque usa instrumentos y vestimentas y temáticas que comúnmente se han ubicado allí. Pretendo hablar, eso sí, de otra posibilidad de mirar los géneros, de revisitar la música y alejarnos de esa cansina tendencia a buscar en lo sonoro consideraciones sociales/políticas (en cierta medida un reproche a esa búsqueda predominante de las "nuevas formas de distinción social propias de las sociedades urbanas contemporáneas", como dice David García) y acercarnos de una vez por todas a sus capacidades de orden estético.

domingo, junio 01, 2014

La fatiga, los conciertos y el ornitorrinco

"El sentido de la vida es que se acaba". Franz Kafka

Los conciertos se han convertido en un acto humanitario: ayudar a difundir, apoyar con la asistencia, colaborar con la boleta, acompañar a los parceros, ser conscientes del esfuerzo. Así vamos: dos por el precio de uno, y a duras penas si se logra librar el esfuerzo porque ¡ay de aquel que llegue al lucro! Dos verbos inconsecuentes y hasta malignos al usarse juntos se convierten entonces ahora, tiempo de toda ligereza, en un asunto fatídico: apoyar y asistir. Y sobran las críticas porque todos somos buenísimos para las críticas, aunque no se asista, no se tenga banda, no vaya a un concierto pagando (para eso está Altavoz). Porque sí.

Hago voto de confianza y me libero: hacer un concierto en Medellín, donde lo he vivido, no es fácil. Es más, las cosas están dadas para no hacer un concierto en esta ciudad. Se trata de una tarea larga, difícil, nebulosa. Hacer un concierto, digo, es un acto humanitario en doble vía que conduce a la desazón y al fracaso, especialmente si su centro de operaciones es Facebook, especialmente si se trata de otra lucha más personal que de consciencia de mercado. ¿Cuántas veces será más gratificante y plausible traer a Metallica que a Destroyer 666?: económicamente, indudable que siempre; musicalmente, pobres oídos.



Pienso en la experiencia de 2007 con los Metal Medallo y recuerdo que el acto humanitario comienza con la convocatoria misma: ponerla fácil para que muchos puedan participar y nadie se sienta excluido, tocar puertas para que algunos sepan que la posibilidad está abierta, maltratar los oídos con algunas propuestas pobres (repetidas y cansinas); y pasa por la difusión, por el registro a la entrada, por la venta de boletas para hacerlo sostenible: más de dos entradas por banda porque todos tienen rodie, maquilladora, sonidista y amigos, rebajar la boleta porque es alguien cercano o porque no tiene más, porque mire que ya todos están adentro, porque esto ya empezó y se va a quedar medio vacío.

Las lógicas de mercado dicen que hay que hacer otra cosa. ¿Lógicas de mercado en el metal? ¿De qué estás hablando, hombre? Pues sí, hombre, que sí es necesario. Esos festivales con múltiples bandas tienen algo que en Colombia genera crispación: mezcla de géneros, pero mezcla abierta, amplia y hasta dolorosa. Pero duele si hay que pagar; ¿y si es gratis?, NUNCA. JAMÁS DE LOS JAMASES. Ave Altavoz, Ave Rock al Parque. Ave gratis. Ave. Ave del Putas Fest: ah, no, esperen. Empezaron a cobrar. ¿Cuánto está pidiendo ese enchuspado de Román? 10 lucas; no, 30 lucas. Lleno total si es gratis; lleno con esfuerzos si vale 10; llore por pirobo, porque la subió a 30, a 40. Pero es un festival, man. Pues que se joda, los festivales de metal acá, AMIGO COLOMBIANO, SON GRATIS.

El Hellfest pasa por Aerosmith y Soundgarden y Rob Zombie. ¿No era de metal pues? ¿No te digo pues que la dinámica de los festivales es otra? Dejame seguir: están también Powerman 5000, Avenged Sevenfold, Toxic Holoca… Qué caspa, ¿no?... También Black Sabbath, Iron Maiden, Deep Purple, Slayer… Ahora sí te la cojo… Watain, Soulfly, SepticFlesh, Incantation, Nile, Gorgoroth, Destroyer 666, Impaled Nazarene…. Ya, ya entendí. Pues eso, que para conciertos grandes se necesita presupuesto y una variedad sonora que Medellín y Colombia no han conocido desde el metal en vivo.

¿No viste que Deicide se llenó? Pues claro. Era Deicide, pero se llena en un local de 250 a 300 personas. ¿Que no se necesitan más? Sí, claro, eso lo sabemos. No se trata de eso, se trata de eso que te dije dos párrafos arriba: de lógicas de mercado. Si Deicide se lleva al Carlos Vieco, ¿te imaginás cómo quedamos con el tío Benton? Incluso, si le ponemos otras 15 bandas de Medellín tampoco se llena. ¿Viste, Román? Un poco de testarudez (aunque necesaria) por un lado, pero hay que comprender las dinámicas de mercado por el otro, y nunca está de más un músculo financiero. Por poner solo un ejemplo: si se tiene a Deicide y a Nile en el mismo Carlos Vieco, te cuento que tampoco se llena. La razón: los tiquetes, los hoteles, el pago del grupo, el sonido, etc., llevarían el valor, por lo menos, a los 80 mil pesos. ¿Y si le ponés a un Dimmu Borgir, como por añadirle otro género y seguirte la corriente? Pues, de nuevo, no conocés el mercado, en este caso Medellín. Si es gratis, quizá. Entonces esperemos a que los traiga Altavoz. Eso, como nos gusta.

¿Acaso usted no aprende o ha perdido la memoria? Sí, esa sería una buena pregunta para Román sobre Del Putas Fest. Le preguntaría también sobre el balance (doloroso) de lo financiero, pero especialmente sobre los insultos y las amenazas. Y sobre la crítica solemne, perenne y vacía que recibe porque resulta que ahora todos somos artistas, vendedores exitosos, organizadores de festivales, mercadólogos y publicistas expertos gracias a ese megáfono de las redes sociales. El Do It Yourself convertido en descarada selfie.
¿Sabés…? Me ponés a pensar. Es que, de verdad, ¿quién dijo que por saber coger una guitarra o cualquier instrumento, por tener un grupo, por haber hecho un concierto, por haber ido a varios conciertos y por tener un CD ya uno sabe de todo y tiene una marcada e inocultable habilidad para hablar de música y sus alrededores, ni qué decir de comprenderlos? En serio, es como si por el hecho de ser sepulturero estuviera uno habilitado para hablar de tratamientos para la piel, medicina preventiva o para hacer filosofía. O peor aún, como si por el hecho de ser músico ya tuviera uno las facultades para dirigir un festival de la administración municipal o para hacer entrevistas... y en vivo.

jueves, mayo 01, 2014

La inutilidad de las listas

Las listas, lo digo de entrada, no sirven para nada. Bueno, o casi para nada, pues dependen desde dónde se les ubique. Y esto no es etnocentrismo o capitalismo rancio. Se trata de hechos, pues las listas del mercado son bien prácticas cuando de consumir lo justo se hace necesario. Una lista de mercado le ayuda a racionar el bolsillo y a no dejar pasar por alto aquello que resulta importante según la consideración del momento.

El uso de las listas en la música se ha globalizado, y banalizado. Tengo la impresión de que en los medios latinoamericanos no eran de uso tan común como lo son ahora. Creo recordar también que en general eran criticadas y desechadas por estar diseñadas con un fin netamente comercial: los 10 discos más vendidos, las 10 canciones de la semana, el Top Five para una rumba de viernes, el Top Ten de los famosos, el Top 25 de ya olvidé qué. Listas todas que hacen parte de la “cultura de casino”, como las nombra George Steiner, en cuanto tendrán un impacto calculado de corta duración (acortar la distancia entre la novedad y el cubo de basura, dice brillante Zygmunt Bauman).

Pero no estoy en contra de las listas: estoy en contra de la fachada de las mismas en los medios públicos o “independientes” en Colombia, pues no son precisas y no tienen una medición, por lo menos, verificable desde las ventas. Esas listas que tanto gustan ahora en Colombia no son más que una influencia, copia, timorata de los medios anglosajones. Las listas británicas, sea el caso, no tienen miramiento en acudir a las cifras de ventas de un disco o de ingresos anuales para ser creadas, como tampoco lo tienen en prestarse abiertamente al posicionamiento de la más reciente canción de TalPorCual, o para ubicar una serie de agrupaciones que con el suficiente músculo financiero del sello discográfico se posicionan por una temporada: recuerdo bien el caso de eso que en su momento se conoció como ‘alternoventas’ (mismas bandas que “casualmente” llegaron a Colombia, particularmente a Radioacktiva). Pero no, en nuestra geografía el asunto va en este sentido: “listo, entonces cómo organizamos la que viene. Se abre el brainstorming”, y allí aparecerán, por supuesto, las mismas bandas que escuchan los pincha discos del medio en cuestión, que escuchan los medios británicos y suena en MTV. Y aparecen también las agrupaciones nacionales porque lo importante es el apoyo, se les escucha decir, pero temen hablar de la payola, de los regalos, de las dádivas. ¿No llama acaso la atención que sigan sonando las mismas “bandas independientes” de por lo menos hace 5 años? Así van de independientes los medios y las bandas y los solitas y los mánagers.

Siendo justos, hay que comprender las dinámicas de mercado actuales. Steiner tiene mucho de razón cuando habla de la “cultura casino” porque esa misma es la dinámica actual de los medios en Colombia, ya que que se basan en una condición probabilística que no es precisamente justa sino aleatoria (azarosa), y a la vez oportunista porque que el margen de beneficio, cómo no, ha de quedarse en el casino, en nuestro caso el medio. Es un gana-gana para el medio, pues se evita crear contenidos con una materia compleja de adquirir hoy día: gris [conocimiento]. Pero sobrevivimos y apoyamos el rock independiente.

Un sentido práctico de los listados ha sido dar a conocer algo. Ese es su fin: una risible brevedad que nos acompañe hasta mañana. Y nada tiene de malo: de hecho, si su carácter fuera tan claro como en los medios ingleses, sabríamos que para eso están, y no para una idolatría vacua, al servicio de un compañerismo ausente de crítica. Precisamente eso es lo que falta, mayor raciocinio y una clara medición para crear listados que inviten a la búsqueda, y no a la risa.

Lo que uno, consumidor de medios, esperaría es que los medios fueran claros y asumieran que están en un proceso de mercadotecnia y que allí es importante la dinámica de la misma: promover las ventas. Así es: lo que debería estar claro es el contrato de promoción y decir, sin sonrojarse, que las cosas cuestan y de algo hay que vivir.

Las únicas listas que medio interesan ahora son las que brinda Spotify porque permiten acceder a discos que posiblemente nunca llegarán a Colombia en físico, o que lo harán cuando hayamos olvidado que era un disco que bien valía la pena tener en el anaquel personal porque estarán los medios ensordeciendo su programación con otras listas más actuales. Todo esto para decir que conocí a Vemod (Noruega) y Mgła (Polonia) y que quizá les interesen porque es un black metal con una estructura menos familiar a la que creció en los noventa, aunque no pierde vitalidad; por el contrario, considero que ha ganado en técnica e introspección al no buscar la mayoría de su fuerza en el blast beat [aunque no lo pierdan del todo] sino en la generación de ambientes que se apoyan en otros elementos como las segundas y terceras voces y pausas marcadas, sin hacer de lado las síncopas y las disonancias, recordando con ello el sentido de la música que hicieran Strauss y Mahler al poner en conflicto las consonancias y las disonancias para brindar expresiones sonoras más intensas. Música que en definitiva no hará parte nunca de este fenómeno ‘hype’ de los medios. Y siquiera así es.

Vemod


Mgła

sábado, febrero 15, 2014

The mainstream needed us


Todo suele encontrar una vaga y simple explicación: es la economía. No, es la política. O, es demasiado mainstream; es puro pop. La respuesta dice y no dice nada. Culpar es sencillo, pues no hay que explicar nada. Se señala, se apunta y fuego. Y luego, la queja. Y el olvido. Y un nuevo culpable. Es abrir fuego... con escopeta, o con uzi. ¿Muy cursi?

Philip Anselmo dijo algo que me interesó y afectó profundamente: "the mainstream needed us". ¡Oh, se vendió Anselmo! "Su música ahora es tan pop", se oye decir, y también: "seguro necesita plata". ¿Sí vio?, era la economía. Esperen. Es factible que no lo diga con ánimo de mercachifle sino de darle al escenario musical lo que tanto le ha hecho falta: buenos grupos y músicos que produzcan y puedan vivir de ello, que diversifiquen el inerme escenario musical ahora plagado de problemas de la farándula. Pobre Justin Bieber. Basta con hacer un sondeo entre las plataformas colombianas que dicen hablar de música, en el sentido más pobre del término, para evidenciar las ausencias de siempre: de amplitud, de profundidad, de investigación, de conocimiento, de rigor, de creatividad. La fórmula de las listas, el inflamado interés por lo personal (¿cuántas notas más sacará de Robi Draco Rosa la gente de Señal Radiónica?) y la ausencia de conocimientos estéticos para poder hacer una crítica que supere la especulación salvaje y el enceguecedor amiguismo, que deje atrás las concesiones a la mentira y al sentimentalismo. Pero nadie va a hablar mal de Selena Gomez ni de Juanes... ¡Maldito Fernán Martínez!

El underground, en la medida que habla de audiencias pequeñas y especializadas, dificulta llegar a toda la música que nos puede interesar. Conocer lo más reciente de 2 proyectos que admiro me puso a pensar que, en definitiva, MySpace no salvará el mercado de la música, Spotify difícilmente logrará impactar con fuerza, Youtube se hará cada vez más tedioso y los medios de comunicación nacionales (tradicionales y no) que dicen saber de música están plagados de pinchadiscos que no saben más allá de lo que sus paupérrimas emisiones y publicaciones dejan ver. En otras palabras: la dichosa revolución musical sigue estando donde se quedó hace lustros: en los pequeños sectores especializados que siguen distribuyendo la música uno a uno, y no de uno a muchos, en formatos que supuestamente lo limitan pero al mismo tiempo le brindan el placer de la exclusividad. Al fin, al parecer, se está entrando en razón para entender que el 'todo gratis' no era más que un nocivo y torpe modelo de merebajoperohagoalgoparatenerconciertos.

Pensées Nocturnes y Movimento d'Avanguardia Ermetico publicaron discos en 2013 y 2012, respectivamente, pero yo solo me entero ahora a inicios de 2014 porque las redes sociales y los medios que saben de música, y de política y de fútbol, solo se ciñen a hablar de la rodilla de Falcao y de la falsa erótica lésbica de Shakira. Y de la empelotada de Miley Cirus junto las extrovertidas actuaciones del Padre Chucho. O de la canción que saca Cristian Castro porque dice hacer metal, aunque no lo hace del todo mal. Me entero (y me desvío del tema) que la producción de Castro no es tan fofa ni perniciosa como la audiencia esperaba. Superar el prejuicio es difícil, pero la canción tiene música bien ejecutada, letra sencilla pero respetuosa con la estética de la tragedia. ¿La voz? Quizá muy dulzona, claro, pero cercana al heavy metal. Rata Blanca..... Qué sé yo. ¿Discriminación? Por favor. Sería necesario ser retardado para considerar que lo que acá digo es una ironía. Solo me ciño a la vergonzante falta de agenda de los "medios musicales".



Tómese 30 segundos para pensar en la cantidad de vaguedades en las que nos distraemos y gracias a las cuales perdemos de vista lo que nos puede interesar. Quizás al mainstream le haga bien, como propone Anselmo, recibir lo que hasta hace años entendimos como underground para no perdernos producciones que valen aún más la pena pero que pueden pasarse de largo porque el mercado del pop tiene tanto bombo que ahoga lo que a muchos nos interesa (disculpen la falta de comas pero realmente me interesa). Qué temáticas aborda el disco de Movimento d'Avanguardia Ermetico, en qué proyecto están ahora los de Brujería ¿nuevo disco de Pensées Nocturnes? Esperen: se murió Pacheco y la Piraquive tiene millones en apartamentos en EE.UU. y hay que conmemorar los 20 años de la desaparición de Cobain y U2 nos sorprende con nuevo disco y Robi Draco Rosa aún respira y Ricky Martín se separa y nuestra banda de la semana es ¿Green Day? y #FuerzaTigre y se nos vino el mundial y experimentemos con los sonidos repetidos de Monsieur Perine. Qué falta de sensatez, y el asunto se agrava cuando usan ese molesto plural mayestático y ese tuteo que equipara por lo bajo.

No se trata de ventas ni de cambiar la música, su estética. Nada va a colapsar si se logra que un buen medio hable bien de buena música. Quizá el rumbo de los medios especializados anglosajones no sea ahora el adalid de las publicaciones alrededor de la música. Pero una cosa sí es segura: por lo menos ellos tienen un resquicio para hablar de lo que importa, para hablar del frente y del reverso de la música. ¿Será tan difícil poder superar esto de quedarse en la maravilla del decorado?

jueves, enero 09, 2014

De caspas, apestados, primitivos y vanguardistas

“También los dioses se descomponen”
Friedrich Nietzsche

Desarrollar sonidos que tomen cierta distancia del canon siempre será deplorado por los herméticos y conservadores. Es obvio: si se está enfrascado y cómodo en un punto, es probable que lo menos deseable sean las sorpresas, de allí que un consumidor opte por ir a la fija y siga bebiendo de la misma fuente. Y también es probable que lo más importante para esas personas sea la identidad, esos elementos que lo reflejen como parte de una liga defensora: pienso acá en las organizaciones de extrema derecha y de extrema izquierda que en su defensa acérrima (y en sus métodos) suelen parecerse bastante. Decía que hay personas a las que les parece más importante defender una identidad que la música, que lo sonoro. Las evidencias dejadas sobre lo difícil que es superar esa situación son claras y contundentes, pero me apoyo sólo en dos casos desde el metal:

Expresa Salvador Rubio en ‘Metal extremo. 30 años de oscuridad’: “Pienso que a un oyente culto y verdaderamente interesado en la música, en esos sonidos que provocan sensaciones (una posible definición de arte sonoro), le interesará por igual un grupo que otro, un estilo que otro, una iconosfera que otra” (p. 49). Pero no es así, y Rubio sabe que estaba siendo bastante optimista. Priman, en general, otros intereses que se encierran en la mal entendida autenticidad: priman el escenario primigenio, la primera mirada que se dio al mundo a partir de un sonido que no necesariamente respondía a sus propósitos sino a la escasa técnica de entonces. Es decir, importa más la línea y tópicos que se enseñaron en un primer momento que el goce musical. Y ello, claro, ha llevado a que sea más aceptada la creación de proyectos alternos que las variaciones musicales de los grupos. Tanto que ha sido vilipendiado Dimmu Borgir por ello; lo tanto que ha sido mencionado de manera negativa Tenebrarum por cambiar de disco a disco.

Ese proceso ha sido doloroso para algunos, aunque son pocos los que realmente se atreven a hacerlo público. Dijo en 1990 Tom Warrior (Hellhammer): “Atrás en el tiempo, en el 84 u 85 (…) Helhammer perduró sobre nosotros como una maldición (…) sus restos eran como piedras en nuestro camino (…) Muchas voces vieron a [Celtic] Frost como la misma banda, cambiada de nombre (…) casi acabó con nuestro trabajo y nuestros sueños”. ¿Hellhammer como una piedra en el zapato? Quién lo diría.

Ese rechazo a superar los límites musicales ha sido y sigue siendo una constante. Irónicamente, son las rupturas de las fronteras musicales las que permitieron el surgimiento de una línea sonora extrema: si el mismo Hellhammer no hubiese roto con un antecesor como Venom, difícilmente hubiesen logrado tal posicionamiento. O como ellos mismos, un tanto atrevidos, se arriesgaron a plasmarlo en uno de sus demos iniciales: "Venom are killing music... Hellhammer are killing Venom".

El otro caso, entre tantos, se puede evidenciar a partir de Carcass. Prácticamente desde su gestación se propuso llevar el sonido a otro nivel, algo que es más que notorio en la actualidad (su sonido está ahora más cercano al death metal sueco que al grind en el que se gestó), quizá discutiendo con los valedores de cierto conformismo o un simple determinismo sonoro con limitantes que emergen del romanticismo a ultranza. Bill Steer, forjador de Carcass junto a Jeff Walker, expresa al respecto: “Aunque es algo de lo que nunca se habló, en nuestras cabezas teníamos la decisión de que esta banda iba a progresar, así que tratamos de hacer cada disco diferente y mejor que el anterior”, y añade: “cuando alcanzas cierto punto ¿te vas a quedar en ese nivel o vas a intentar llevarlo más allá?” (‘Eligiendo la muerte’. p. 161).

Hacer algo distinto. Suena sencillo pronunciar esas 3 palabras, pero no lo es. Y eso sí que lo sabe quien tiene un grupo. Sin embargo, romper fronteras está vetado. O casi, pues normas no existen, aunque ello se evidencia con las categorías apestado o casposo o poser. De allí que no sea gratuita tanta repetición musical, tanta música pobre y monótona en la que reiterarse, especialmente ahora con tanto Facebook, MySpace, Spotify…

Hace 20 años, según nos lo recuerda el fundador de Earache Records (Digby Pearson) que hizo posible el lanzamiento de Napalm Death y contribuir a la recepción del metal extremo en el Reino Unido, surgió una etiqueta poco querida y en general denostada en Latinoamérica, aunque en Estados Unidos y gran parte de Europa no representa tanto dilema: el nu metal. Creado en 1994 con bandas como Korn, Rage Against the Machine o Deftones, esta línea es poco aceptada públicamente, aunque uno que otro se atreve a sacarla a colación cuando de placeres culposos se trata. Una vaga excusa para expresar que ha escuchado algo más en su vida, y que incluso lo disfruta.


El 19 de diciembre de 2013 la revista ‘Metal Hammer’ publicó un artículo entre poco novedoso y revelador: “Fancy Something Different? Here’s Team Metal Hammer’s Guilty Pleasures For 2013”. Poco novedoso porque es común el uso de esas listas, especialmente a finales de año; revelador porque los intérpretes usados pueden pasar por el mainstream sin sonrojarse: Eminem, Daft Punk, David Bowie, Nick Cave & The Bad Seeds, Everlast, entre otros. El listado llama la atención porque lo propone un medio dedicado al metal y porque muestra que su interés musical sobrepasa el tema identitario, aunque sea con la excusa de fin de año, del goce decembrino. Eso sí, le da carátula a un grupo como My Chemical Romance, mostrando que su interés supera claramente el metal. ¿Por qué hablar entonces de placeres culposos?

Ir más allá de la validación social (discriminación) y darle prioridad al interés musical, sobrepasando los límites que se autoimpone cada quien (si algo ha mostrado el metal, es que se trata de una de las líneas más amplias y con mejores exponentes en la música que se produce en la actualidad), es posible elevar los sentidos de lo que hasta ahora se ha conocido. Quizá no siempre salga bien, pero por lo menos hay que intentarlo. Hay que, por lo menos, dejar de temer a esos slogans patrioteros y dañinos de la “defensa de lo nuestro” y llevar todo al terreno propio de lo que la música propone: seamos francos y hablemos de cruzar variables como la intencionalidad y la capacidad, por fuera de reparos primitivos y emocionales, sin reatos morales.

Sin reatos morales ni proselitismo, que es lo que resulta común escuchar de algunos “músicos comprometidos”. Sin el arrebato y hasta indignación que pareciera mostrar la revista ‘Decibel’ recientemente porque Charmand Grimloch (Tartaros, Emperor) hace parte ahora de un proyecto alterno en el que combina dance y hip hop y porque ha entrado al mercado de la música como compositor de programas de televisión y de bandas sonoras: "What Happened To Charmand Grimloch?". Pero claro, seguro alguien saldrá a decir que se le veía desde un comienzo lo falso que era, igual que Stian Arnesen (Nagash) con The Kovenant o Ihsahn con su proyecto solista. Pero seguro los veremos próximamente en una lista decembrina de los placeres culposos porque asumirlo como parte del gusto musical sería visto como la peor de las traiciones, una vejación digna de expulsión y de reivindicación de un nuevo separatismo.