lunes, mayo 13, 2013

Musicófobos

Un espasmódico sonsonete de tono melodramático, de letra lloricona. Dos, tres minutos y baja la música, desaparece por completo. Tiempo más tarde (horas, días, semanas), un estrambótico repiqueteo, la algarabía de una libido fofa que retumba también dos o tres minutos. El sonido muere con un orgasmo, y parece que con uno basta: asoma un silencio extenso (por fortuna). Es lo que suena en una emisora; me doy cuenta porque a veces aparece el anuncio vago y falto de creatividad. No es música de un coleccionista, es de un momentista incansable: su gusto se conoce a la distancia y alcanzo a imaginar las formas de quien lo escucha (las evito rápidamente), las cuñas también les delatan. Suena una canción, luego (horas, días, semanas) una más de cualquier otro que copia su estilema o que se afinca en el fragor del momento. Pienso: siquiera no son coleccionistas, no podría soportar el mal gusto sostenido; pero quizá no sea ésta una consecuencia sino la razón para tener que soportar semejante comportamiento pueril. ¿En qué ha caído la música, será que se confunde ahora dispersión con entretenimiento? Pero puede ser peor.

Leo en El País de España (aunque ya teníamos esa intuición instalada hace bastante tiempo) que el punk ha sido museificado. Un destacado me hace retorcer la memoria (selectiva y oportunista) al recordar que en Medellín hubo un intento más o menos cercano por parte del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM) desde un título pretencioso y pobre como ‘Nación rock’, aunque finalmente, y por fortuna, un gran fiasco curaturial: “El nihilismo punk se convierte en objeto de exposición en el museo neoyorquino” (ver El País). ¿Qué quieren decir esas 14 palabras juntas sin una sola exclamación que amilane la puñalada? Y en la foto aparece el ícono, el único que la pereza mental deja avizorar: Sid Vicious. El punk ha muerto, esa es la única forma de museificar algo móvil como la música; el punk ha muerto, como Sid, porque sus seguidores aún hoy lo siguen matando con sus tendenciosas elucubraciones: lo viejo es mejor y el punk solo se hace de una forma. Nostalgia retro.

A los primeros los tiene sin cuidado el coleccionismo. A los segundos el coleccionismo los mantiene sin cuidado la dinámica. Unos y otros no son más que adictos a la idea de lo efímero; para los primeros lo que brilla es el momento, para los segundos solo existió una época dorada que hay que preservar; para unos el momento es móvil y para otros existen los inamovibles momentos. Y se preserva bien el segundo en un museo, y no es precisamente una figura literaria: en el Museo Metropolitan de New York, dicen, han logrado atrapar en una serie iconográfica el “no futuro” (debés de estar cagado de la dicha, Víctor G.), “el desenfadado, furioso, rebelde y anárquico espíritu del movimiento”. Lo leo y me lo creo: ahora el punk tiene altares, como los tendrá la nueva y única canonizada (por ahora) de Colombia, tierra de santos y de politiquería y de narcos y de tres escritores que leo y admiro (Vásquez, Vallejo y Caballero).

Estimado Sid. Te cagaste en el asunto. Ahora pasaron “tus” diseños e ideas (que no son tan tuyas, aunque algo tuviste que ver junto a tu gran condena: no la droga, la tal Nancy Spungen) a reunirse en una exposición denominada sin aspavientos ‘Punk: chaos to couture’, que en buen castellano se lee como ‘Punk: del caos a la costura’. Ya me imagino la siguiente película del trabajoconactoresrealesporquepodemoscompartirgustosdelbajomundojuntosynocomprometerme, a.k.a. Víctor Gaviria; será algo así como: Rodrigo D, el marica, o Las putas costuras de Medellín, o uno más cercano a tu vena poética: El punk y el viaje a la gélida muerte.

Generación del shuffle y del download, a ti me opongo. Perdona que te tutee, pero como igual no te conozco, me tiene sin cuidado. Ahora que es posible canonizar el rock, siento que tengo el derecho a decidir sobre vos (ahora te voseo porque me tiene sin cuidado cómo te vas a sentir). Exseguidores de travesía a inicios de los ochenta (entiéndase punk), los extrañaré, pero son ustedes los que han decidido inmortalizarse en una ensoñación dramática que reduce, momifica y desaparece gracias a aquello que Jaques Derrida denominara “mal de archivo”.

Ay, Pititis. Ayúdanos a que no nos pase lo mismo que a los primeros ni a los segundos:

"¡Ay! Brujita dame algo, más o menos, yo te amo.
Esas skankas son marranas, tu eres, más cabrona.
Ven brujita, chulita, ¡yo te cojo!
¡La demonia, Pititis! ¡Te invoco!" (Brujería)

Cadaveria, vos que desde Opera IX no hacés más que recordarme que hacia el cadalso vamos, permitime que por lo menos el derrumbe no sea desde el metal: … e nella notte vaghi tesori rifulgono.