domingo, marzo 17, 2013

Confesiones de un torero muerto


“sueña muy poco, sueña a crédito, no sueña lo imposible”
Pedro Lemebel

Hace poco terminé la tesis de maestría. Hacerlo no es un logro, ni mucho menos; tampoco lo expreso porque sí. Llegar a su fin (a menos de que los jurados soliciten correcciones, ampliaciones, precisiones) me saturó un poco, me puso a pensar en lo monotemático que puede volverse la escucha y la escritura si solo aparece un tema, si solo te mueve una cosa.

Eso difícilmente sucede. Digo, difícilmente sucede que su vida se quede enfrascada en un solo escenario. Pero sucede que alrededor del metal en Medellín se hace más importante parecer que ser, de allí que no sea fácil hablar de cosas que en apariencia son ajenas al metal. Y de hecho no lo son, pero se opta por quedarse en un marco bastante estrecho para demostrar que “se es”, por lo que en esta ciudad de Colombia resulta complejo hablar de músicos y de música; se habla más de metal y de metaleros. Se personaliza y se reduce el asunto, haciendo del ejercicio analítico y periodístico una tarea de pocos amigos. Ya tengo un par de personas que se han molestado por el solo hecho de mencionarlos acá: como si en el metal no se pudiera hablar de una buena, regular y mala ejecución, como si todos los productos hechos merecieran atención. Pero bueno, eso hace parte del oficio.

En el ejercicio de escritura de mi trabajo (titulado "El metal y la configuración de una práctica: de la estética del sonido a la estética de los signos") fueron importantes pocas bandas. Y no es que en él escaseen. Cuando hablo de importantes es porque ellas hicieron posible el ejercicio de escritura, me acompañaron durante ese tiempo (cerca de un año y dos meses) sin incomodar o sin alterar los nervios, sin robar mucha atención y motivando no pocas líneas. La escritura es un ejercicio de soledad, por ello la música era importante. Recuerdo horas en que Anathema sonó una y otra vez y solo pensé que debería cambiar cuando sonaba por tercera o cuarta vez el mismo álbum. Algo semejante me pasó con Anorexia Nervosa, Burzum, Ulver, Mortiis, Katatonia y Xasthur.

Ahora que me tomo el tiempo para escuchar estos grupos de nuevo (ya no solo acompañan sino que tienen mi atención) me trasladan en el tiempo y me evocan temas. La música, en mi caso, siempre acompaña la literatura, por ello conservo una relación indefectible entre los sonidos y lo leído. Me sucede que cuando me reencuentro con un disco, éste me remonta de inmediato a la lectura, y viceversa. Cada vez que escucho el ‘Dem Glemte Riket’ de Ancient, de inmediato recuerdo ‘A sangre fría’ de Truman Capote; cuando revisito ‘Antes que anochezca’ de Reinaldo Arenas, se viene a mí Lurker of Chalice con su único álbum de 2005.

El metal no se dedica a representar el mundo; también crea mundos. Y en esa creación no es fácil eludir su procedencia, pues seguro el tema no es necesariamente original. Hablar de bebidas, de noche y hasta de necrofilia es algo reiterativo en el metal, pero se asume que es un tema propio, ignorando que sin el bohemio y noctámbulo Poe hoy no sería sencillo hablar de horror. Las hazañas de la condesa Elizabeth Bathory han sido tratadas en la literatura por distintos autores (uno reciente es Ricardo Ricardo Abdahllah y uno no tan reciente fue Julio Cortázar) y en el metal por bandas como Ghost, Bathory, Sunn O))),  Venom, Cradle of Filth, entre otras. Lo que quiero decir es que una cosa está ligada a la otra, pero infortunadamente sigue prevaleciendo en distintas esferas un interés superficial.

Han sido más interesantes, y ello no es casual, asuntos de menor envergadura como la ejecución de Dave Lombardo junto a unos mariachis en versión tex mex de “Raining Blood”. De verdad. A veces comprendo que es mejor morir joven y no envejecer para convertirse en una caricatura, pero Dave Lombardo, como músico, puede permitirse tales licencias. Quizá no como metalero, dirán, pero allí radica la diferencia que quiero resaltar. Lombardo, sin dar mayores explicaciones, sin justificarse ante nadie y sin posibilidad de extenderle un recurso por su arbitrariedad sonora, se salta a la torera cualquier idea de metal preestablecida.

¿Qué vieron a Nicholas Cage en un concierto de metal? Claro, resulta que el hombre tiene un hijo llamado Weston y éste una banda llamada Eyes of Noctum. ¿Qué tocan, de qué tratan sus letras? No importa, es el hijo de Nicholas Cage y eso ya lo hace un “falso metal”. 

‘Metal’ se convirtió en un término vago, en una etiqueta que le pertenece a todos y a nadie. Y no se trata de nostalgia sino de analizar el giro contemporáneo del término. Se cuenta ya con empresas que han visto en el metal un fenómeno bastante crecido como para ver allí una posibilidad de mercado de élite, de gusto especializado. Una paradoja en todo caso, pero que no se aleja de eso que tanto se ha nombrado como escena: http://metal-and-wine.com/ Y empiezan ahora a aparecer comerciales con hombres y mujeres que “se visten como metaleros” y por medio de ellos se venden productos; se observa también que aparecen en los realities de música en todo el mundo, personas con una idea confusa del concepto metal, pero que dicen representarlo (bien y mal, con y sin pena ajena, claro).

Preciso: se ve el metal como una marca, como una etiqueta de fácil reproducción, de allí que ahora convenga dar un giro lingüístico. Y no se trata de generar logias ni de anteponer embelecos. Digo que vale la pena ingresar al tema más allá de la imagen y más allá de lo sonoro, que conviene mirar el metal desde lo temático y lo metodológico, aplicar un análisis desde el lenguaje. Y ese es precisamente el tema que tanto se evade, pues lo importante es el metal perse, el hacer y no el ser. Por esa razón me pareció tan interesante la película ‘Black Metal’ de Joseph Schafer, pues en los pocos minutos en que se desarrolla logra dejar en primer plano una preocupación profunda que supera cualquier símbolo “oscuro” y cualquier problema de ropas negras: ¿qué tanto importa lo que se dice en la música, qué tanto importan los temas que se abordan?