miércoles, diciembre 25, 2013

Dos Sepulturas, Soulfly y el resurgir del sonido vanguardista

"Creo que la perdí (la fe) apenas empecé a pensar. Para ser creyente no conviene pensar mucho". 
Mario Vargas Llosa

En un acto de quimérica contrición, Max Cavalera debería regresar a Sepultura y dejar a Soulfly como un necesario capítulo cerrado. Ahora Sepultura y Soulfly están tan cercanos desde sus sonidos y temáticas que hacen pensar que esa oportuna distancia que tomara Max en su momento por problemas de distinta índole, ya no fuera necesaria más.

Si usted ha prestado atención a ambos grupos en la última década, escuchará y verá que sus sonidos son ahora más parejos, semejantes. Ambas propuestas están cada vez más cercanas y hacen pensar (me hacen pensar) en un resurgir de Sepultura y la necesidad de dejar atrás lo que ahora parecen ser dos Soulfly. Quiero decir con ello que sería bueno dejar ya esa vetusta rivalidad para hacer posible, por fin, el resurgir de un más relevante Sepultura, esperando con ello que resuelvan de una vez por todas las deudas que tienen con sus fanáticos: el regreso de los hermanos Cavalera, hacer música junto a Paulo Jr. y Andreas Kisser, brindar discos frenéticos como ‘Schizophrenia’, ásperos como ‘Arise’ y ‘Chaos A.D.’ e innovadores como ‘Roots’.

Si algo destacaba a Sepultura era hacerse un grupo difícil de catalogar, y por ello cada uno de sus discos del siglo pasado miraba hacia delante, era música que proponía, que tenía una temática, una idea, una búsqueda y hasta un instinto. Algo que ha todas luces se ha ido desvaneciendo con la distancia de los hermanos Cavalera y la pereza de Paulo Jr. y Andreas Kisser. Recuerdo ahora las líneas del profesor de literaturas y culturas latinoamericanas Idélber Avelar sobre el grupo brasileño:
Los que vieron en el satanismo del primer Sepultura una copia de Slayer se equivocaron. (...) Desde hace 20 años, la singularidad de Sepultura reside no tanto en la permanencia de una supuesta “autenticidad” –la banda transforma su sonido constantemente–, sino en la habilidad de anticiparse. La codificación de su música por parte de periodistas, casas disqueras y fanáticos, generalmente, tiende a estar un paso atrás de la banda.
Un paso atrás, claro. Pero esos eran otros tiempos. Es que Max Cavalera, así como el cineasta John Carpenter, siempre supo que amar los géneros no quiere decir conservarlos en formol. Fácil hubiera sido quedarse en las huestes amables del thrash o del death metal que se le conoció y exaltó: Sepultura ya tenía un espacio asegurado y seguir en esa línea le haría un grupo aun más venerado en escenarios como el latinoamericano, tan dado a las añoranzas y a querer el territorio por el territorio.

Menudo favor se le estaría haciendo a Kisser al llevarlo a conjurar de nuevo con los hermanos Cavalera; seguro así no se vería interesado en “experimentar” con De La Tierra, y por contera con los señores de Maná, Los Fabulosos Cadillacs y A.N.I.M.AL. Si lo pone en perspectiva, francamente este proyecto alterno poco o nada aporta musicalmente: muy suave para ser metalcore, líricamente es un desastre cuando pasa al terreno melódico y temáticamente no es más que un lugar común por el dichoso rompimiento con el eurocentrismo al querer narrar la historia con visos latinoamericanistas, por ello el uso de la jerigonza mexicana, argentina, etc. Y no quiero decir que sean malos músicos, pues cada uno por su lado tiene proyectos que los destacan; quizá lo que falla es el conjunto. Y eso, por supuesto, no es poca cosa.



El sonido de Soulfly, con elementos metalcore y con aires del otrora denominado death metal sueco, está ahora cercano al Carcass actual (escúchese y véase “Unfit for Human Consumption”, pero por favor ignore la calidad de los montajes). El death metal sueco y los elementos progresivos surgen hoy día, aunque desde su nacimiento lo hicieron, como la esencia que impregna al metal de un aire sino auténtico por lo menos vanguardista. Le dan un toque de frescura y novedad que lo plantea como dinámico o poco acartonado, por fuera del molde en que algunos músicos y muchos seguidores (fanáticos, creyentes) han querido perpetuar la fórmula mágica, aunque los mismos precursores de los grandes géneros no lo han hecho. Mírese por ejemplo al mismo Carcass dentro del grindcore, Darkthrone y Bathory en el black metal, Anathema y Katatonia en el doom. Y la lista sería extensa.

A esta reflexión llego luego de ver y escuchar el más reciente video de Soulfly llamado “Bloodshed” y de darle un repaso al “The Vatican”, de Sepultura. Los videos, quién diría, hasta en el uso de los colores se parecen. Ambos usan el color rojo para representar una fatalidad que circunda entre nosotros, socarrona o directa, pero presente de manera fuerte. También en los rasgueos de la guitarra, en los tiempos y desplazamientos de la batería… Son bandas hermanas, preciso, y bien harían en dejar de repetirse de una vez por todas.





¿Nostalgia de un pasado? No lo creo. Esta es más bien la posibilidad de unir esfuerzos para volver a un grupo que al metal le brindó música relevante. Es, quizá, la oportunidad de volver a escuchar grupos que valgan la pena para no perderse en el enmarañado escenario actual en el que la buena música puede perderse entre tanto autobombo y sonidos mediocres, entre la alharaca de internet y la ausencia de crítica. Y dentro de esa posibilidad se esperaría no un retorno a los orígenes; se trata más bien de creatividad, del resurgir de una agrupación que seguro sería capaz de brindar una nueva estocada mediante un disco que nos deje perplejos y lleve a considerar que no todo está dicho y hecho en el metal, y que aún queda algo por escuchar entre quienes tenemos a la música como centro de gravedad.

domingo, octubre 27, 2013

Altavoz, Kanye West y Melvins

Sorprender hoy día es cada vez más difícil. Hacer que alguien se sorprenda parece ya una tarea imposible. Y digo imposible porque en el medio aparece otra palabra que acongoja en el renombrado underground actual: atreverse. Pero atreverse a hacer las cosas de otra manera o el solo hecho de considerarlas es ponerse en tela de juicio. Por eso es que resulta más sencillo ir a la fija para agradar. Agradan, o eso creen, porque el resultado es un producto obvio o políticamente correcto (y generalmente aletargador).

Un par de casos:

Altavoz sigue siendo y haciendo lo mismo que se le ha criticado desde los últimos dos años. Y lo sigue haciendo y siendo porque sus precursores deben cuidar las formas, y gustan sobremanera de las formas. Anvil, Misfits, etc. El que niegue que son grupos reconocidos estará jugando con candela. Asimismo, decir que Altavoz no vale la pena en la ciudad ni el país porque no aporta un ápice al escenario musical quizá incomode y sea obvio, pero es apropiado.
You say you know me
But you really just know the old me
Presente atención un momento más antes de abandonar este blog, y tómese el tiempo para leer porque sigo hablando de lo mismo aunque no parezca: Si digo que soy dios se me tildará de megalómano, de egocéntrico. Siquiera no lo digo yo, lo dice Kanye West (¿West en un blog que habla de metal?) en su más reciente disco ‘Yeezus’, en el que reta e incomoda a su círculo porque se atreve:
Old niggas mentally still in high school
Since the tight jeans they never liked you
Pink ass polos with a fucking backpack
Everybody know you brought real rap back
Nobody else swag nigga we the rat pack

Ir a la fija es ir al lugar conocido porque a alguien, ya se sabe, le gusta. Lo viejo, no es malo a priori, claro que no. Pero esa paso a ser la única bandera de Altavoz. Celebrar los años que tenga el metal, el punk. Abanderar ideologías de antaño para sobrepasar los livianos, móviles, líquidos momentos del presente. Llenar de categorías anquilosadas un festival que permita rememorar los viejos momentos. Esa moda ha puesto ha delirar a más de uno. West se atrevió a crear un disco, ‘Yeezus’, más experimental para el círculo al que se ha dirigido; ignoro las cifras a su alrededor, ignoro si los amigos y los seguidores lo admiran o lo abandonaron, pero se atrevió a crear un disco que demuestra un reto y también que se sacude la pereza. Y sabe que eso significa riesgos, pero lo asume:
I can't control my niggas
And my niggas they can't control me
You say you know me, my nigga
But you really just know the old me
Niggas aparte, usa palabras bastante comunes para el metal, el punk y el rock en general. La presión social. Y el miedo. Por supuesto. Pienso en Altavoz y veo nuevamente su cartel con un par de sensaciones encontradas. Veo que tiene a Danger en su listado y veo el más reciente video de los mismos y considero: nunca los había visto, pero así estaba mejor; en su momento pudieron hacer algo que hoy solo luce desencajado:_
Old niggas mentally still in high school



La categoría ultrametal medallo no aplica ahora. Es un lujo de antaño que no puede repetirse con la misma fórmula. Esa mezcla de heavy metal con líricas punk y tiempos y coros del pop no expresan más una rebeldía, o una inconformidad. Se han unido el hambre y la necesidad. La etiqueta, vista en el pasado, es bien apropiada y enaltece, pero su uso ahora luce más como una ironía o una cándida revolución de lo que no será. Pero es rentable traerla a colación. No podrá negarse que salir de ese extenso letargo, que no un hiato musical, permite ahora lucirse ante las cámaras como un delicioso hallazgo precolombino. Fabián Sanabria, director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh), podría describirlo con grandilocuentes palabras como: "nos hallamos claramente ante el advenimiento de una joya única que nos permitirá evidenciar el reverdecimiento de un escenario que, crease o no, había sido considerado muerto por algunos incautos".

Y acá seguro han aparecido en su cabeza los descréditos para reivindicar el pasado o para aniquilar el atrevimiento de quien acá escribe. Caso semejante vivió Colombia (conservando las amplias distancias, por supuesto) cuando un exprofesor de la Universidad Nacional, Rodrigo Bernal, se "atrevió" a poner en tela de juicio el trabajo del investigador Raúl Cuero (valioso pero sobredimensionado por él mismo y los medios de comunicación). No se trató de un simple amaño, rencor o ánimo racista, como trataron de reducir los críticos el impacto de lo expresado por Bernal: eran hechos y análisis, lo que los periodistas y los medios de comunicación no fueron capaces de adelantar porque se quedaron en el ánimo adulador, obnubilados por el espíritu investigativo de un hombre que deslumbraba, en apariencia, desde Buenaventura hasta la NASA.

Pienso en las palabras de Alejandro Gaviria: "todos sugieren que la experiencia continua, sostenida, es una condición insustituible para entender la realidad". Los actuales directores-productores de Altavoz se escudan en su experiencia, o al interior de la Alcaldía de Medellín no los están dejando trabajar adecuadamente, pero es evidente que sus años en la música no validan el rumbo del festival. Y más que eso, el evento deja ver cada vez más conocimiento hermético de la música, un acercamiento a los géneros desde los lugares más comunes, más mainstream, si se quiere.

Me atrevería a proponer, ya que estamos en el escenario de lo más conocido, a Melvins. Un grupo que hace música desde el mismo año de Danger pero que se ha sostenido, explorado, ampliado y atrevido musicalmente todos estos años. Para muchos se está diciendo una infamia porque seguro conocieron al grupo por ser medianamente “cercano” a Nirvana y al grunge en general, pero su ejecución tan propia del sludge y el drone bien podría sacudir más de una cabeza ya encanecida o medio despoblada, pues alrededor de la música lo único que pasa no son los años. Y para cerrar y dejar bien claro, sigo con el mismo Gaviria: “el empirismo vulgar es demagógico. Incluso peligroso. El contacto permanente con la realidad no siempre abre la mente; por el contrario, la cierra muchas veces”.

domingo, octubre 13, 2013

El metal como diáspora del rock


El metal arribó a Colombia a finales de los años setenta e inicios de los ochenta y desde entonces ha tenido una relación con lo sucedido en otras latitudes. A partir de esos años fue concebido como un medio para romper esquemas y expresar la mirada de jóvenes que habitaban ciudades de historia conservadora y cruzadas por la violencia armada. Los sonidos marcaron un rompimiento de ideas y de visiones del mundo en el entorno juvenil, fue el momento en el que decidieron manifestarse sobre el futuro incierto con una consigna clara: no a la vida, no al sistema, no a la religión. 

El sonido como vehículo para expresar un sentido, como apropiación e interpretación de lo que ocurría en el entorno, aunque no es la dimensión espacial un factor determinante para la configuración musical. El sonio duro, pesado, estridente para algunos escuchas, fue conocido gracias a los viajes de quienes iban al exterior y regresaban con discos de vinilo que luego eran compartidos entre pequeños grupos de conocidos. El sonido duro es conocido en Colombia desde los años cincuenta gracias a las adaptaciones del rock and roll norteamericano que hicieran los intérpretes mexicanos, una mediación que además del cambio de lengua ayudó a moderar el carácter rebelde que en ese entonces se estaba dando a las letras en el norte del continente americano. Un poco más tarde, en las décadas de 1960 y 1970, la música se compartió con realizadores de emisoras como La Voz de la Música y programas especializados de la radio que dieron un paso hacia lo que se denominó como rock duro.

Uno de los grupos que en Medellín se acercó al rock a mediados de los años sesenta fue Los Yetis (claramente influenciados por The Beatles, aunque con su sello de rebeldía al no usar uniformes y cantar las canciones en español), el cual siguió la línea que desde la literatura se conoció con los nadaístas: un cuestionamiento a la sociedad en general, a su administración de la justicia, a la posición autoritaria. El rock se unió así al nadaísmo, o el nadaísmo se unió al rock, lo que derivó en la creación del Festival de Ancón en Medellín gracias a la cercanía de su organizador Gonzalo Caro (conocido como ‘Carolo’) a personajes nadaístas como Gonzalo Arango, Jota Mario Arbeláez, Samuel Ceballos, entre otros. Fue una idea que se llevó a la realidad entre el 18 y el 20 de junio de 1971: un festival de rock que contó con la participación de agrupaciones de Bogotá y Medellín y que abrió las puertas al rock duro en el nivel nacional. Como era de esperarse, las reticencias surgieron pronto: el concierto no contó con una aprobación generalizada debido a su relación directa con el movimiento hippie, mismo que empezaba a tomarse las principales ciudades colombianas. Sectores influyentes de orden católico y conservador se hicieron sentir. En el programa radial La Hora Católica, Fernando Gómez Mejía (1971) reprobó la decisión del entonces alcalde de Medellín Álvaro Villegas, quien permitió la realización del Festival de Ancón:

El alcalde autorizó a los millares de hippies a que nos invadieran como una arrolladora avenida de fango putrefacto, para que abofetearan con sus manos sucias el rostro de la ciudad, para que invitaran a los niños a ser maleducados, ruines, perversos y para que incitaran a la juventud a embrutecerse en el mundo del amor libre y de los estupefacientes destructores y enervantes.

La insólita conducta del Alcalde, lo priva de toda autoridad moral y cívica para continuar rigiendo los destinos de Medellín; la ciudad culta, honorable y digna espera su renuncia. No le faltará que hacer en la república de los hippies, donde será acogido por una salva de aplausos y coronado como el rey de la turba delirante de vagos y degenerados que hablan con voz entrecortada, miran con ojos cansados de marihuana y disputan a los animales inmundos el fango y la hierba maldita.

Muchas gracias, Alcalde, por la humillación. Felicitaciones por su responsabilidad en el cumplimiento del deber. Congratulaciones por sus maravillosos planes turísticos y, sobre todo, por la clase de turistas que trajo. Reconocimiento a su amor por Medellín y a su respeto por nuestra sociedad y por las tradiciones cristianas de nuestras gentes. Con usted, Medellín irá muy lejos, pero hacia la degradación, hacia el abismo, hacia la derrota, hacia el descrédito, hacia la corrupción, hacia la oscuridad. En una palabra: la ciudad ha sido víctima de la más humillante de las alcaldadas (Caro y Bueno, 2001, p. 39).

La posición de los medios de comunicación (el diario El Colombiano designó, con claras connotaciones negativas, de hippie al alcalde por su aprobación del evento) y distintos sectores hegemónicos como la población adulta no es novedosa en el rock; situación semejante vivió el rock and roll en los años cincuenta, cuando se le consideró un género degenerado y corruptor (Moreno, 2009, p. 34). Pero esa serie de posiciones terminó, paradójicamente, por darle mayor visibilidad: el Festival de Ancón, hasta cierto punto una extensión del Festival de la Vida que se realizó en Bogotá en el año 1970, se convirtió en el tiquete que dio entrada oficial al rock duro en Colombia, una incursión que llevó esa música a los medios de comunicación y plasmó en el imaginario colectivo una idea del rockero de entonces, relacionado directamente con el hippismo. En esa época se conoció el rock de las agrupaciones Malanga (que incorporaba sonidos al estilo de Carlos Santana), Crash y Judas, que mostraron con su capacidad técnica una línea poco explorada en Colombia y que empezaba a acercarse a los avances mostrados en otras latitudes por grupos como Motorhead, Black Sabbath, Deep Purple o AC/DC, los cuales expresaban una línea musical distinta a esa que encontraba en los llamados a la paz y a la diversión su base para las letras, las melodías, los ritmos y los tempos. Como lo expresara Omar Urán (1997) en Medellín en vivo, la música producida en Norteamérica y Europa en ese entonces tomaba otros rumbos:

Cantaban desde la vivencia oscura del mundo y agreste de la ciudad, sin promover soluciones determinadas, pero sí exponiendo la condición presente del entonces: guerra, negocios y caos, desde una perspectiva teñida por el esoterismo que cubre el fenómeno humano y lo ubica por fuera de cielo alguno, arrojado en el averno de la tierra (Urán, 1997, p. 114).

Lo anterior no quiere decir que esta música vivió necesariamente un constante surgimiento de variaciones. Contrario a lo que viviera el rock and roll de los años cincuenta, época más importante en su desarrollo puesto que llegó a ser manejado por grandes empresas discográficas, el rock en Colombia expresó una notoria decaída en el año 1974. Pese al impacto del Festival de Ancón, destacados intérpretes decidieron en ese momento salir del país en busca de un escenario más fortalecido para la producción musical.

Aquí no había compañías disqueras dispuestas a apoyar, no había público suficiente para generar una industria del disco y buena parte de los que se hizo en los 60, incluido el concierto de Ancón que se celebró en Medellín en 1971 (una especie de Woodstock a la colombiana) y que fue muy importante, se diluyó; de modo que casi no quedan grabaciones de lo hecho por estos grupos (Arias, 2000, p.114).


El rock continuaba siendo un fenómeno del que participaban pocas personas y cuya creación se hacía con escasos recursos, lo que en Colombia y países suramericanos como Perú y Chile terminó por convertirse en un paradigma de producción comprendido como underground, lo que en términos generales se refiere a apartar la música de intereses comerciales y un rechazo a la masificación. Pero la norma tuvo su excepción, en este caso alrededor de Nash. La agrupación, formada a inicios de los años ochenta, se distinguía por su calidad técnica, por cantar en inglés, por la influencia de Rush y Journey en sus composiciones y por la interpretación de covers (versiones) de bandas internacionales como Uriah Heep y de compositores como Steve Perry. No ajeno a las limitaciones técnicas que entonces se tenían para la producción, Nash logró notoriedad gracias a la difusión radial de su música, a sus conciertos en los teatros Lido, Odeón 80 y Tropicana, a sus visitas a Cali, Bogotá y San Andrés y a la participación en espacios televisivos del orden nacional como Espectaculares Jes, donde estuvo en dos ocasiones exponiendo una música con tiempos cadenciosos, con voces limpias y rítmica equilibrada, con punteos virtuosos, con sintetizadores protagónicos. Menos estilizado y siguiendo una línea más ajustada al rock duro, Carbure (grupo que contó con integrantes de la desaparecida Judas) se dio a conocer por interpretar canciones de las bandas británicas Iron Maiden y Judas Priest, de allí que el sonido de sus dos producciones, aunque cantadas en español, se identificaran con lo que entonces se denominó como new wave of british heavy metal: voces limpias con altas notas marcadas, coros afinados acompañados de esporádicos gritos, guitarras marchantes y un bajo que puede percibirse con facilidad. Carbure le apostó a la notoriedad en el mercado y a la calidad en la producción: su primer EP homónimo del año 1983 lo produjo Discos Victoria, de donde se destaca la canción “El faltón”, y el sello estadounidense Epic se encargó de su segundo y último disco, Carbure II (1987), compuesto solo por dos canciones.

domingo, septiembre 01, 2013

El metal y la configuración de una práctica - Introducción

El siguiente texto es solo la introducción de la tesis de maestría realizada por mí. El texto completo podrá ser consultado más adelante, aunque ignoro aún cuál será el formato.

lunes, julio 29, 2013

La feria se viste de ¿metal?

¿No es un chiste? ¿No es una ironía? ¿De verdad? Es un chiste, una ironía, una contradicción rocambolesca. Francamente espero que solo sea un chiste mal planteado. De entrada el pie de lema desconcierta cuando se lee "LA FERIA SE VISTE DE METAL". Carajo, ¡en qué nos equivocamos! 

La domesticación de la música al participar en los denominados eventos de ciudad, en especial la "Feria de las Flores", deja mucho que desear. Preciso: la domesticación del metal hecho en Medellín toma unos visos que bien pueden recordar las constantes manifestaciones de la muerte del autor, salvo que acá nos encontramos con la desparpajada desaparición del sentido base de la configuración del rock y el metal: la oposición. Señoras y señores, esto se domesticó.

Ese paso era fácil de esperar del rock blando que se cocina desde lustros atrás en Colombia. Unirse a los escenarios del vago entretenimiento, en los que el vallenato y otras músicas populares caen tan bien junto a la cabalgata, los carros antiguos y el mucho guaro. Se ha cedido mucho en la estética. Ahora resulta que los espacios como dicha feria han cedido ante un género que se ufanaba de tener sobre sus espaldas conceptos grandilocuentes pero ahora manidos, simples clichés para la venta: la autenticidad, lo real. Huir al falso y al casposo, al fake, a la copia, a la imitación. Palabras todas que ahora suenan a añejo.

En algún momento de la historia, en el metal fue importante la construcción bajo la etiqueta underground. Lo recuerdo bien, esa palabra significaba mucho. Es interesante ese movimiento hacia lo que se ha denostado, hacia el mainstream, hacia los eventos de carriel y de ruana.

Desde cuándo un buen concierto de metal se promociona con "Vamos a abrir la feria". En qué momento caímos en el más penoso de los círculos dantescos para decir "Que no te lo cuenten… hay que vivirlo". Y el más inhóspito, y por ello más lamentable, "La feria se viste de metal".

Las bandas que harán parte del concierto (hablo del Metal Invasion Fest) sí que valen la pena, eso no lo pongamos en duda. Eso sí, qué pifia de promoción. Ay, ombe.

Yo iré por la música, por supuesto, no por ninguna feria ni ningún pie derecho en ningún lugar. El metal ha sido outsider, aunque ignoro desde cuándo es oficial y empezará a ser patrocinado por Familia, Bavaria, Nike. ¿Se imaginan? "El concierto de metal más oscuro del mundo es llevado a ustedes gracias a betún El Carnero" o "Los siguientes 45 minutos de death metal son posibles gracias a Funeraria Obregón".

Qué lejos estamos del goce necrofílico.

lunes, mayo 13, 2013

Musicófobos

Un espasmódico sonsonete de tono melodramático, de letra lloricona. Dos, tres minutos y baja la música, desaparece por completo. Tiempo más tarde (horas, días, semanas), un estrambótico repiqueteo, la algarabía de una libido fofa que retumba también dos o tres minutos. El sonido muere con un orgasmo, y parece que con uno basta: asoma un silencio extenso (por fortuna). Es lo que suena en una emisora; me doy cuenta porque a veces aparece el anuncio vago y falto de creatividad. No es música de un coleccionista, es de un momentista incansable: su gusto se conoce a la distancia y alcanzo a imaginar las formas de quien lo escucha (las evito rápidamente), las cuñas también les delatan. Suena una canción, luego (horas, días, semanas) una más de cualquier otro que copia su estilema o que se afinca en el fragor del momento. Pienso: siquiera no son coleccionistas, no podría soportar el mal gusto sostenido; pero quizá no sea ésta una consecuencia sino la razón para tener que soportar semejante comportamiento pueril. ¿En qué ha caído la música, será que se confunde ahora dispersión con entretenimiento? Pero puede ser peor.

Leo en El País de España (aunque ya teníamos esa intuición instalada hace bastante tiempo) que el punk ha sido museificado. Un destacado me hace retorcer la memoria (selectiva y oportunista) al recordar que en Medellín hubo un intento más o menos cercano por parte del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM) desde un título pretencioso y pobre como ‘Nación rock’, aunque finalmente, y por fortuna, un gran fiasco curaturial: “El nihilismo punk se convierte en objeto de exposición en el museo neoyorquino” (ver El País). ¿Qué quieren decir esas 14 palabras juntas sin una sola exclamación que amilane la puñalada? Y en la foto aparece el ícono, el único que la pereza mental deja avizorar: Sid Vicious. El punk ha muerto, esa es la única forma de museificar algo móvil como la música; el punk ha muerto, como Sid, porque sus seguidores aún hoy lo siguen matando con sus tendenciosas elucubraciones: lo viejo es mejor y el punk solo se hace de una forma. Nostalgia retro.

A los primeros los tiene sin cuidado el coleccionismo. A los segundos el coleccionismo los mantiene sin cuidado la dinámica. Unos y otros no son más que adictos a la idea de lo efímero; para los primeros lo que brilla es el momento, para los segundos solo existió una época dorada que hay que preservar; para unos el momento es móvil y para otros existen los inamovibles momentos. Y se preserva bien el segundo en un museo, y no es precisamente una figura literaria: en el Museo Metropolitan de New York, dicen, han logrado atrapar en una serie iconográfica el “no futuro” (debés de estar cagado de la dicha, Víctor G.), “el desenfadado, furioso, rebelde y anárquico espíritu del movimiento”. Lo leo y me lo creo: ahora el punk tiene altares, como los tendrá la nueva y única canonizada (por ahora) de Colombia, tierra de santos y de politiquería y de narcos y de tres escritores que leo y admiro (Vásquez, Vallejo y Caballero).

Estimado Sid. Te cagaste en el asunto. Ahora pasaron “tus” diseños e ideas (que no son tan tuyas, aunque algo tuviste que ver junto a tu gran condena: no la droga, la tal Nancy Spungen) a reunirse en una exposición denominada sin aspavientos ‘Punk: chaos to couture’, que en buen castellano se lee como ‘Punk: del caos a la costura’. Ya me imagino la siguiente película del trabajoconactoresrealesporquepodemoscompartirgustosdelbajomundojuntosynocomprometerme, a.k.a. Víctor Gaviria; será algo así como: Rodrigo D, el marica, o Las putas costuras de Medellín, o uno más cercano a tu vena poética: El punk y el viaje a la gélida muerte.

Generación del shuffle y del download, a ti me opongo. Perdona que te tutee, pero como igual no te conozco, me tiene sin cuidado. Ahora que es posible canonizar el rock, siento que tengo el derecho a decidir sobre vos (ahora te voseo porque me tiene sin cuidado cómo te vas a sentir). Exseguidores de travesía a inicios de los ochenta (entiéndase punk), los extrañaré, pero son ustedes los que han decidido inmortalizarse en una ensoñación dramática que reduce, momifica y desaparece gracias a aquello que Jaques Derrida denominara “mal de archivo”.

Ay, Pititis. Ayúdanos a que no nos pase lo mismo que a los primeros ni a los segundos:

"¡Ay! Brujita dame algo, más o menos, yo te amo.
Esas skankas son marranas, tu eres, más cabrona.
Ven brujita, chulita, ¡yo te cojo!
¡La demonia, Pititis! ¡Te invoco!" (Brujería)

Cadaveria, vos que desde Opera IX no hacés más que recordarme que hacia el cadalso vamos, permitime que por lo menos el derrumbe no sea desde el metal: … e nella notte vaghi tesori rifulgono.

martes, abril 09, 2013

That (is not a) Metal Show


No puedo con That Metal Show. No puedo. De verdad que intento verlo y me lo veo una, dos, tres veces. Pero nunca completo. No puedo con los lugares comunes. That Metal Show es un lugar común. El programa tiene unos presentadores capaces, conocedores. Su mundo no se reduce a lo que muestra el programa. ¿La culpa? El canal: VH1 Classic. El programa es nuevo, no lo crean. Inició emisiones en el 2008, pero su formato lo devuelve a los noventas, incluso a los ochentas.

Considero que otro punto clave está en los invitados. Ignoro si se deba a desconocimiento o si el programa suele saltarse los conceptos a la topa tolondra. Aunque en ocasiones es un poco de acá y otro poco de allá; de allá porque muestran bandas netamente rock como parte del metal: ¿Aerosmith?, ¿Gun´s and Roses? ¿En serio?; y de acá porque en ocasiones desconocemos las difusas líneas que ha forjado el metal con otros géneros, porque hace parte del mito popular que el metal nació en el mundo como lo salvaje y lo oscuro. Pero bueno, acá también conviene precisar que el programa no solo habla de “heavy metal”, también acude el “hard rock”.

Y no hay que desconocer que Eddie Trunk es amigo de un gran número de integrantes de bandas y que conoce detalles íntimos (y hasta innecesarios) de los mismos, pero comienza a desdibujar el interés por los invitados y la historia cuando sus intervenciones comienzan anunciando que él estuvo ahí, o que a él le contaron ellos mismos, o que su posición ha sido esta o es aquella pero... Me recuerda a un director de radio nacional que tiene una línea semejante: él no saluda a los músicos, ellos van a él y sus historias difícilmente habrían sucedido si él no hubiera estado allí (dénse un paso por Radiónica cuando puedan). Esa serie de episodios cobran gran interés solo cuando sus compañeros de estudio, no sin algo de ironía, le dicen (en este caso Don Jamieson): “Oye, espera, se te cayó un nombre famoso, Eddie”, para recordarle que su chicaneo es proverbial, repetido, cansón. (Ver episodio 1 de la tercera temporada).

El programa tiene un corte interesante: hablar, hablar de música; esos debates sobre qué disco es más interesante, sobre las letras, sobre los intérpretes, y los músicos como invitados. Esa parte es envidiable, esa parte vale la pena porque salen los argumentos y los gustos, todos desde o alrededor del acto musical. Ahora, la parte del cambio a comerciales es un tanto molesta: un punteo, un solo de bajo. Clásico. Y más clásico aún es tener una audiencia que silva, que aplaude, que grita, que gimotea. Eso, eso es bastante pop. Tanto que se le critica para terminar apropiando sus modelos. ¿Acaso no se han encontrado alguna vez programas como MTV News en los que el presentador está rodeado de fans que no paran de sonreír y de aplaudir (y de llorar)? Y nada de malo tendría esa comparación, pero si ven en detalle el primer grupo está conformado por adultos de pañoletas mientras que en el segundo son niños y niñas. Otro elemento amigo de la línea comercial, pero no menos interesante, es el constante versus y la cuenta regresiva: vocalistas, discos, alineaciones; una amplia gama de posibilidades para mostrar que acá también entró el comercio y que lo hizo por la puerta grande.

Los tres presentadores están documentados. Sus referencias a discos completos, a los años de las giras, a los relanzamientos y sus descripciones dejan ver que se trata de verdaderos conocedores. Es por ello que quizá el problema solo sea el formato y que prácticamente estén obligados a quedarse en los años ochenta. Ese fue un buen momento para la música, fue interesante explorar su sentido del género. Es solo que sofoca, que la reiteración sonora lo hace lucir pobre y estancado.

Nada puede generar más inconformidad que encontrar un programa que dice abordar un tema “nada común” y que resulte tan del común, que se produzca siguiendo los mismos métodos y objetivos de aquello se ha criticado (históricamente es uno de los factores que separa al rock del pop). Eso se dice a voz en cuello y el mismo Blackie Lawless (S.W.A.P) lo expresó en una entrevista en ese espacio: desde su música propuso (no sé si aún) una crítica social, y por ello usaba carne cruda y la arrojaba al público. Ahora él hizo parte de un programa en el que el aderezo era el mismo. Irónico, ¿no? Ahora, ¿cómo asumir el reto de decir y hacer las cosas diferentes? Como opinador no tengo que dar respuestas, pero si el hard rock y metal se hicieron la pregunta y la respondieron, ¿por qué no un programa de televisión con todo el poder y el dinero que tiene el dueño de ese canal (MTV)? ¿O será que lo mío es simple envidia? Demás que sí, pero eso no es un show de metal.

domingo, marzo 17, 2013

Confesiones de un torero muerto


“sueña muy poco, sueña a crédito, no sueña lo imposible”
Pedro Lemebel

Hace poco terminé la tesis de maestría. Hacerlo no es un logro, ni mucho menos; tampoco lo expreso porque sí. Llegar a su fin (a menos de que los jurados soliciten correcciones, ampliaciones, precisiones) me saturó un poco, me puso a pensar en lo monotemático que puede volverse la escucha y la escritura si solo aparece un tema, si solo te mueve una cosa.

Eso difícilmente sucede. Digo, difícilmente sucede que su vida se quede enfrascada en un solo escenario. Pero sucede que alrededor del metal en Medellín se hace más importante parecer que ser, de allí que no sea fácil hablar de cosas que en apariencia son ajenas al metal. Y de hecho no lo son, pero se opta por quedarse en un marco bastante estrecho para demostrar que “se es”, por lo que en esta ciudad de Colombia resulta complejo hablar de músicos y de música; se habla más de metal y de metaleros. Se personaliza y se reduce el asunto, haciendo del ejercicio analítico y periodístico una tarea de pocos amigos. Ya tengo un par de personas que se han molestado por el solo hecho de mencionarlos acá: como si en el metal no se pudiera hablar de una buena, regular y mala ejecución, como si todos los productos hechos merecieran atención. Pero bueno, eso hace parte del oficio.

En el ejercicio de escritura de mi trabajo (titulado "El metal y la configuración de una práctica: de la estética del sonido a la estética de los signos") fueron importantes pocas bandas. Y no es que en él escaseen. Cuando hablo de importantes es porque ellas hicieron posible el ejercicio de escritura, me acompañaron durante ese tiempo (cerca de un año y dos meses) sin incomodar o sin alterar los nervios, sin robar mucha atención y motivando no pocas líneas. La escritura es un ejercicio de soledad, por ello la música era importante. Recuerdo horas en que Anathema sonó una y otra vez y solo pensé que debería cambiar cuando sonaba por tercera o cuarta vez el mismo álbum. Algo semejante me pasó con Anorexia Nervosa, Burzum, Ulver, Mortiis, Katatonia y Xasthur.

Ahora que me tomo el tiempo para escuchar estos grupos de nuevo (ya no solo acompañan sino que tienen mi atención) me trasladan en el tiempo y me evocan temas. La música, en mi caso, siempre acompaña la literatura, por ello conservo una relación indefectible entre los sonidos y lo leído. Me sucede que cuando me reencuentro con un disco, éste me remonta de inmediato a la lectura, y viceversa. Cada vez que escucho el ‘Dem Glemte Riket’ de Ancient, de inmediato recuerdo ‘A sangre fría’ de Truman Capote; cuando revisito ‘Antes que anochezca’ de Reinaldo Arenas, se viene a mí Lurker of Chalice con su único álbum de 2005.

El metal no se dedica a representar el mundo; también crea mundos. Y en esa creación no es fácil eludir su procedencia, pues seguro el tema no es necesariamente original. Hablar de bebidas, de noche y hasta de necrofilia es algo reiterativo en el metal, pero se asume que es un tema propio, ignorando que sin el bohemio y noctámbulo Poe hoy no sería sencillo hablar de horror. Las hazañas de la condesa Elizabeth Bathory han sido tratadas en la literatura por distintos autores (uno reciente es Ricardo Ricardo Abdahllah y uno no tan reciente fue Julio Cortázar) y en el metal por bandas como Ghost, Bathory, Sunn O))),  Venom, Cradle of Filth, entre otras. Lo que quiero decir es que una cosa está ligada a la otra, pero infortunadamente sigue prevaleciendo en distintas esferas un interés superficial.

Han sido más interesantes, y ello no es casual, asuntos de menor envergadura como la ejecución de Dave Lombardo junto a unos mariachis en versión tex mex de “Raining Blood”. De verdad. A veces comprendo que es mejor morir joven y no envejecer para convertirse en una caricatura, pero Dave Lombardo, como músico, puede permitirse tales licencias. Quizá no como metalero, dirán, pero allí radica la diferencia que quiero resaltar. Lombardo, sin dar mayores explicaciones, sin justificarse ante nadie y sin posibilidad de extenderle un recurso por su arbitrariedad sonora, se salta a la torera cualquier idea de metal preestablecida.

¿Qué vieron a Nicholas Cage en un concierto de metal? Claro, resulta que el hombre tiene un hijo llamado Weston y éste una banda llamada Eyes of Noctum. ¿Qué tocan, de qué tratan sus letras? No importa, es el hijo de Nicholas Cage y eso ya lo hace un “falso metal”. 

‘Metal’ se convirtió en un término vago, en una etiqueta que le pertenece a todos y a nadie. Y no se trata de nostalgia sino de analizar el giro contemporáneo del término. Se cuenta ya con empresas que han visto en el metal un fenómeno bastante crecido como para ver allí una posibilidad de mercado de élite, de gusto especializado. Una paradoja en todo caso, pero que no se aleja de eso que tanto se ha nombrado como escena: http://metal-and-wine.com/ Y empiezan ahora a aparecer comerciales con hombres y mujeres que “se visten como metaleros” y por medio de ellos se venden productos; se observa también que aparecen en los realities de música en todo el mundo, personas con una idea confusa del concepto metal, pero que dicen representarlo (bien y mal, con y sin pena ajena, claro).

Preciso: se ve el metal como una marca, como una etiqueta de fácil reproducción, de allí que ahora convenga dar un giro lingüístico. Y no se trata de generar logias ni de anteponer embelecos. Digo que vale la pena ingresar al tema más allá de la imagen y más allá de lo sonoro, que conviene mirar el metal desde lo temático y lo metodológico, aplicar un análisis desde el lenguaje. Y ese es precisamente el tema que tanto se evade, pues lo importante es el metal perse, el hacer y no el ser. Por esa razón me pareció tan interesante la película ‘Black Metal’ de Joseph Schafer, pues en los pocos minutos en que se desarrolla logra dejar en primer plano una preocupación profunda que supera cualquier símbolo “oscuro” y cualquier problema de ropas negras: ¿qué tanto importa lo que se dice en la música, qué tanto importan los temas que se abordan?