lunes, diciembre 31, 2012

Declaración de principios


No es esta una lista que se deba seguir al pie de la letra. Se trata de una proposición muy personal que no pretende convertirse en dogma, pues cada quien hace de su vida lo que mejor le parezca. Incluso, allí está mi primera reivindicación: la libertad. Si hacer parte de algo le cohíbe, lo que conviene es no tenerla más en cuenta. Considero, insisto, que el solo hecho de notarse caduco y permitir que empiece a ser más notorio el olor a naftalina para conservarse, es síntoma de que las barreras son más importantes que el ser, y eso debería ponerse en consideración. Considero yo.

Revisitar el pasado es siempre prudente, mas no avala absolutamente nada. Volví al  álbum ‘Destroyer’, de Gorgoroth, y me encontré una sorpresa: “The Virginborn”. Hablo de mayo de1998, pero apenas (ocaso del 2012) pude encontrarme con esa canción en la forma y momento que se requería: en la parquedad de sentimientos, en la quietud emocional, en la vasta y sana inexpresión. Son más de ocho minutos que se llevan paso a paso, y no son tortuosos; son minutos en los que todo puede notarse y hasta contarse: los riffs, la distorsión, el bajo cadente, la batería fúnebre, las voces esparcidas. El título del álbum no podía ser más preciso y a la vez más metalero: la destrucción como parte de la tragedia, un paso obligado. Pero, ¿para qué?



El párrafo anterior me lleva de vuelta al primer punto: a la libertad. Cada quien decida. Miren por ejemplo el caso de Imindain con el tema “Black Water”: el curso es prácticamente el mismo de Gorgoroth, una devastación que no elude sino que se lleva, gramo por gramo, sobre los hombros y los oídos. No se esconde la cara, no se evade el problema: se le mira de frente. Todo pesa, por supuesto, por eso es agradable la lentitud, es como si se disfrutara; y de hecho se disfruta: la voz y los tiempos no son gratuitos, no son casuales sino causales; son respuesta, mas no solución. Para eso está la vía política.



Hablo de política y ello me ubica en un tema trascendente: el etéreo asunto del compromiso. O de la música comprometida, para ser preciso. Hay una tara mental muy colombiana, no sé si Suramericana (Argentina sí que lo ha tenido exacerbado a través de un nacionalismo ramplón) y que se vive claramente en músicas como el punk y el rap: creer que hacer música es hacer política, o que la música tiene un fin político y por ello debe portar una bandera que exprese sentimientos de condena y defender a los desvalidos y cuanta pretensión de proletarización de la música. Es como si se viviera en una opresión oligarca, es como si todo lo que no se enmarcara allí fuera parasitario, una bagatela. Son simples palabras tan características de los años sesenta y setenta que aún conviven en el tardío atardecer nacional, pero que de manera particular se han convertido en un negocio rentable. Aclaro: no critico la causa ni que el fin sea justo, pero allí no debe limitarse un asunto estético como la música. Mejor lo expresa Theodor Adorno: “Quien toma a la música literalmente como lenguaje se confunde”. Por su lado, el artista y crítico Lucas Ospina es por demás claro: “El arte, más allá del proselitismo, es una contingencia creativa que supera la moralina y el activismo de su época.”

Siguiendo esas inquietudes propongo también huir al oportunismo de lo efímero. Esa ha sido una consigna interesante pero mal abanderada. Baste con recordar a Mauricio Montoya, Euronymous y a Count Grishnackh para ver cómo el asunto puede rayar en un peligroso sentido de ciego sectarismo o nacionalismo caduco. Los medios sí importan, digo, por eso la labor de ambos estuvo mal adelantada; además, ignoraron la imposibilidad de la misma. Por eso me remito a huir, no a salir a defender o a atacar todo aquello que huela a pose, casposo o falso. No se puede olvidar que eso del “compromiso” y los “sacrificios” no son más que un obstinado masoquismo, una falsa suposición de que esa línea nos hará merecedores de una felicidad o aprobación posterior, como si algo de buen futuro asegurara. Nada más lejano de la realidad, y más cercano a la idea de cristianismo y al peligroso positivismo.

No se trata de soberbia o de una lista de cosas a tener en cuenta a favor de. Dejo estas palabras simplemente para evitar el otro extremo en el que hemos caído: en la música es una, en el “esto es una incógnita y cada quien que se defienda”, en el todo vale. Es aprovechar el momento para dejar generalidades que hagan posible desmantelar particularidades. Cada quien sabrá, pues no es esta una lista que se deba seguir al pie de la letra. Se trata de una proposición muy personal que no pretende convertirse en dogma, pues cada quien hace de su vida lo que mejor le parezca. Incluso, allí está mi primera reivindicación: la libertad…


lunes, diciembre 24, 2012

Cuando los límites desaparecen


Se viene domesticando el mundo y por contera el gusto musical gracias a la mirada benevolente del pop que ahora se deja ver como rebelde. Se disfraza de rebeldía, pero sabe que es porque hay ahora una mentalidad que busca allí una satisfacción voyerista: el gusto de saber que estará haciendo aquel tal cual, con qué saldría ahora. Hay en el hecho de verse como James Dean un síntoma atrayente: Justin Bieber, Rihanna y Madonna, junto a otra serie de innombrables, son ahora los “chicos malos” de la música, aunque se trate solo de una pose. Atrás quedó el comportamiento sui generis del genial Screamin Jay Hawkins (I Put a Spell on You) o del exasperante Sid Vicious; hoy día lo importante es parecer.


Los medios de comunicación y sus métodos de medición son parte del problema, aunque se supone que ellos en parte solo responden al gusto de la masa. No de otra forma se explica que no sea un disco o un intérprete sino un video como Gangnam Style uno de los más vistos en la historia con más de mil millones de visitas en YouTube, aunque difícilmente el 30% de los escuchas sabrá de qué trata el tema o escuchará un segundo disco del mismo sujeto.

Otro de esos elementos que mueven a risa es la lista Forbes de los músicos más influyentes. Influyentes para qué, se pregunta uno si mira el “orden” mundial, si habla de mercados globalizados y se encuentra que se sigue hablando de las mismas músicas de los años noventa hacia atrás. ¿En qué influyen? En sus ventas, seguro, o asuntos tan banales como los programas de televisión que siguen o los lugares en los que comen; por ningún lado se puede encontrar que influyan siquiera musicalmente en alguien más.

La lista la encabezan Adele, ¿Avicii? y Justin Bieber. Todo un desatino. Más allá de la producción musical, hay que darle mayor credibilidad a Justin Bieber, quien se ubica en tercer lugar, porque trabaja 16 horas diarias y no supera los 20 años de edad, y además habla de sacrificarse por los fans (como si eso fuera un valor musical); a diferencia de Madonna, quien parece ya haber pasado de moda y estar bastante crecidita como para considerar más relevante su familia, de allí que decidiera cancelar parte de su reciente gira para estar con sus hijos. Y por cierto, la gente llegó a Medellín para verla, o mejor “para ver el show”, pero pocos hablaron de su voz, de su música, de la dicha porque interpretó tales y cuales temas del álbum equis. No. Se trata de un show, aquí lo importante es poner la foto previa al concierto, el camerino, decir qué comió y dónde durmió, así se satisface el impulso voyerista de los fanáticos. ¿Y se enojó antes de comenzar el show, que dijo “parceros” en español y sacó unas armas en el escenario? ¡Toda una diva!

Y cómo dejar pasar el cierre de La Voz Colombia y los ahora “maestros” de la música, que hicieron las veces de jurados. Aquí la masa, de nuevo, elegía al (la) mejor cantante, acá la masa dijo la verdad (el positivismo rampante de la actualidad) y eligió. Me pregunto cuántos de los votantes consideran un éxito Gangnam Style y fueron al concierto de Madonna. Y si los maestros son los músicos que fueron, espero que el resultado pueda ser evaluado en por lo menos un año. Ya veremos.

Pero la domesticación llega también por vías más inusuales. Casos como el de Dimmu Borgir sería uno de los más claros, gracias a su ánimo por acercarse a masivas audiencias como la norteamericana. Solo la domesticación hace posible también que exista un grupo como Bullet For My Valentine que se viste de negro, usa tatuajes y quiere verse rudo en sus discos, mientras que detrás del escenario recurre al envío de mensajes de feliz Navidad, el clasiquísimo Merry Christmas, mientras hacen la señal de los cuernos y dicen que Santa huele a Satán. Los lugares comunes aparece acá y allá, y fastidian. Pero se puede ver como un logro de la domesticación: ahora Santa y Satán comparten escenario y época.


Basta con escuchar y ver por lo menos los últimos tres discos de Dimmu Borgir para caer en la cuenta de que no hace nada nuevo desde 2001, que se quedó en un confortable lugar que le permitiera arribar a la masa, llegar a un amplio número de escuchas nuevos, aunque traten de seguirse viendo como los malos del paseo. Cuando usted mira su más recientes shows, puede concluir que si bien una cosa puede ser y no ser al mismo tiempo, lo que hay allí es una pose, un intento por decantar y gustar audiencias más amplias y menos exigentes, pero más rentables.

Los oídos se han ido adormeciendo. Esa sería la única respuesta que haga posible entender que todo lo viejo está bien, mientras que lo nuevo puede ser desechado. Esa es otra salida fácil de domesticar el oído, quedarse en el confort de lo ya sabido y no dejarse convencer ante nada. Por ello hay que estar atentos a los máximos, pero también a los mínimos; es necesario superar el misticismo que avala el pasado, pero también el conformismo ambiente del presente. De lo contrario, todo seguirá siendo grandioso porque viene con éxito y dinero a bordo, sin importar el paquete.