domingo, febrero 26, 2012

Anecdotario


Crecí escuchando Guns N´ Roses, Metallica y Bon Jovi en un barrio al suroccidente de Medellín; el nombre no importa. Tenía 9 penosos años y apenas si podía diferenciar una guitarra de un bajo, pero no importó, ellos supieron cómo cautivarme.

Época aciaga aquella. Todo venía empaquetado (todavía es así) en las emisoras de esta ciudad. Una balada de los New Kids, un pop de Madonna y luego algo de Scorpions. Carajo, cómo extraño ese radio rojo: mono casete, AM, FM, SW. No era lo mejor, pero tenía dónde escuchar ese desastre de emisora que tanto se resistió a desaparecer (¡pero no pudiste, tonta!). Mientras tanto, todos los amigos detrás de los culitos planchos de las vecinas. Feas muchas, muecas otras, con brasier para principiantes otras, pero todas tan brinconas (literalmente, digo) y tan ruidosas.

Cuando llegó la época del video musical no muchas cosas mejoraron (las vecinas sí). Entonces nos invadió la gran tragedia Inca. América TV y sus refritos, algo similar a lo que hace la televisión nacional ahora, salvo que nos evitamos las invasivas parabólicas en las terrazas. También a Laura. Que la padezcan los peruanos, ese cuento no era nuestro. Bastante tenemos con la Gurisatti.

Acepto que no soy quién para hablar de algo que viví tan pequeño y tan falto de criterio. Desde esa década noté que llego tarde a todo. A Sepultura y MTV los conocí entre los 15 y 16 años. En ese entonces el canal gringo emitía videos y no realities (ahora es una penosa muestra de la vida de los niños norteamericanos y su disfuncional crecimiento, amenizado con una canción en el entretanto, mientras empieza otro programa con una nueva vieja supernova). Creo que es mejor obviar esos asuntos tan personales, tan banales, así no sepa aún cuál es mi propósito con esto que le digo, así como usted prefiere ignorar sus años de acné, de despertarse mojado en la entrepierna, de buscarle el ladito a las primas. Pero yo, mamerto desde pequeño, no me separaba de ese armatoste rojo y de Metallica, o por lo menos lo que dejaban sonar entonces en la radio comercial de los ochentas e inicios de los noventas, donde también repiqueteaba MC Hammer.

Recuerdo las tardes perdidas y las noches forajidas de ese tiempo, ya en los noventa. Nos vendían el vino tan barato por acá cerca, en mi nuevo barrio al otro lado de la ciudad, al nororiente alto de la montaña, cerca a una iglesia grande, bastante parecida a esas viejas catedrales de Medellín. No esperábamos a que fuera viernes porque no teníamos que madrugar. Era mañana de televisión, tarde de música y noche de juerga. Vida parásita.

Otro cantar llegó cuando conocimos el perico (una basurita proveniente de la coca). A mí nunca me dio por meterlo. No paraba de imaginarme que si inhalaba esa vaina por la nariz, como hacían Antonio y Alex (a veces disfrutaban como colegialas con el ‘escopetazo’), se me iba a acumular el polvito en las fosas nasales de rinítico de nacimiento. Me valía poco que se bajaran la borrachera con eso, que se les adormeciera la boca, que tuvieran lagunas mentales y decoloración en las heces fecales. Nada era tan sencillo como el Tipicalísimo, como el vino de consagrar, barato y directo. Pregúntenle a Ozzy, ¡él sí que se arrepiente!

Nada era más importante que la música en ese entonces. Nos atravesábamos la ciudad comiendo empanadas y con la botella de vino en la mano sólo para conseguir que nos prestaran un disco. A mí nunca me conocieron por ningún nombre de esos que solían endilgarse porque nunca tuve un LP original. A Alex sí le tiraron muy duro: Eddie lo dejaron, por tener un vinilo de Iron Maiden y por ser una masa amorfa alta que parecía caerse apenas se movía. A mí no, apenas si podía comprarme casetes para grabar unas copias; para ser reconocido se necesitaba un acetato original. Yo siempre al borde.

Ahora no, o no tanto. Me alcanza para un CD de vez en cuando. Con lo que no he empezado es con las drogas. Aún no sé el porqué, sabiendo que llevan más de 50 años coexistiendo con el rock de manera tan cercana y brindando erecciones sostenidas. Eso sí debió saberlo Hendrix y Kevin DuBrow, metedores hasta el cansancio. Creo que se debe también al hecho de ver, como veo ahora a los que quedan vivos, ese ánimo de reivindicación, (¿cierto, Ozzy?, ¿cierto, Gene Simmons?), con ganas de cambiar las cosas desde sus amplios sillones, con más barriga y menos cabello. No fueron capaces de sostenerse como el viejo King Diamond, del que nunca he sabido de sus pataletas de padre de familia. Ni me interesa. Como no me interesó que Death (el vocalista de Mayhem, haga memoria) se cortara el cuello y las muñecas y se volara la tapa de los sesos; era su problema, no el mío.

Y han pasado otro par de cosas más, pero, ya ves, esta página se me está acabando. Sin embargo, otro que no cambia soy yo. Me mantengo como un pedestal esperando que llegue mi momento. Ya sé que siempre llegaré tarde a todo, por eso no me esfuerzo. Ya no me pude cruzar con un realizador de la radio local que tenía un programa de metal y una revista tan conocida, pero luego se lo tragó la necesidad y el tiempo y no sé sabe nada de él; tampoco al otro, que también lo estuve buscando cuando de nada servía, pues supe que andaba muerto porque una noche lo cogió el desconsuelo y el barrio en que vivía lo supo sólo días después, cuando el aire se lo empezó a tomar su cuerpo descompuesto.  

Como las cosas no cambian, esperé a que lo dijeras vos, Manolo. Pero se te olvidó hablar de los tuyos, de los de acá; vos, que te creés el que sabe todo lo que hay que saber de esta música, que la reducís a un abc indisoluble. No nos dijiste nada, como yo, en ese anecdotario intenso de fanático y conocedor empalagoso que llena de adjetivos y de adverbios que ignoran la vida de los ilustres desconocidos, los que no aparecen en esa radio comercial que aún mal influís. Te espera Lennon, Manolo, tu héroe; yo luego te alcanzo.


Aclaración
Si bien como profesional me desenvuelvo como periodista, este texto debe comprenderse como una historia de ficción que contiene elementos reales, y otros no. Aunque me considero incapaz de catalogar esto como un cuento, creo sí que es una sencilla historia de ficción donde se usan muertos reales, una narración mediada por una vida intrascendente que vive en una ciudad que son 3.

Este texto fue publicado en la revista Letra Oculta en 2009. No recuerdo en qué número.

domingo, febrero 05, 2012

Dilemas

Me gustan los dilemas. Especialmente me gustan los dilemas musicales. Nada más fuerte que la música, pero esa música creativa, la no repetitiva, la que no se queda en la fórmula boteriana del gordo por el gordo (figuras voluminosas, abundantes, como dice Juan Carlos Botero, el hijo de Fernando Botero, un boterito que es buen hijo pero mal crítico), esa que se repite hasta el cansancio. Algo así como Dimmu Borgir desde el ‘Puritanical Euphoric Misanthropia’ (2001) hasta el presente. Presente insalvable, añado.

Los dilemas me gustan porque es una confrontación, y es difícil vernos en esos casos; especialmente si es en público. Al tema llego porque hace días en UN Radio Medellín nos preguntábamos por eso que llaman “gustos culposos” (y por favor alejen de esas palabras todo prejuicio catolicista), esas cosas que seguro disfrutamos más en privado porque en público suelen ser denostadas por los círculos a los que pertenecemos (metaleros, punkeros, docentes, estudiantes, economistas, literatos, políticos, los adictos a Twitter, la variedad de pertenencias son muchas e incluso son simultáneas, pero difícilmente lo reconocemos).

Del tema surgen muchas aristas que requerirían de un ensayo concienzudo, pero acá lo haré muy breve. No pretendo justificarme, solo ponerlos a considerar el tema. Cómo será de complejo que luego de discutir durante 2 horas en el programa (con intervalos musicales, lo sé), nos quedaron pendientes varios elementos.

Mi excusa, por así decirlo, estuvo alrededor de la agrupación Tool. Esta se me torna interesante por lo indescifrable, por la dificultad que genera catalogar sus horizontes difusos desde lo lírico, desde lo sonoro y desde lo visual. ¿Eso es metal para algunos, no?, preguntaron. Claro, las líneas suelen ser complejas. Para mí mente un tanto cerrada (todo hay que admitirlo), Tool no entraría nunca en eso que llamamos metal. Pero no por ello me gusta menos. Incluso (y con temor a generar malinterpretaciones y que dejen de leer acá varias personas) me gusta más que algunas agrupaciones de metal que han procurado alargar innecesariamente su existencia con una monotonía sonora que me ha hecho claudicar de ellos, otros boteritos sin voluptuosidades pero con fórmula como Dimmu Borgir, Cradle of  Filth, Satyricon, Metallica y varios más.

Considero que la pregunta sobre si Tool entraría en el metal no es ni salida de lugar ni impertinente por eso que les digo: las líneas para clasificar suelen ser difusas. Allí, por ejemplo, surgió algo que no había considerado nunca: Soundgarden fue metal en sus inicios. Que sí, que eso depende de dónde se mire; qué cómo se le ocurre, esa gente era grunge; qué oigan pues a este, eso no tiene nada que ver. Todo eso se puede decir, pero vayan ustedes a la neobliblia del metal que es Enciclopedia Metallum para que salgan de dudas. El grupo Soundgarden (acá el enlace) hacía Stoner. El silogismo es sencillo: Soundgarden hacía stoner / El stoner es una vertiente del metal / Ergo, Soundgarden hizo metal.


Esto me llama aun más la atención porque el canadiense Sam Dunn (el antropólogo de los documentales Metal: A Headbanger's Journey y Global Metal) tiene en su genealogía al grunge como una vertiente del metal.


Ya el tema se me fue ampliando y dije que sería breve. Así pues, a todo esto me llevó el tema de ese día en la emisora y me lleva la música de Tool. Ese día usamos Sober, el video el tema que encuentran abajo.

PD: Disculparán pero el tema queda abierto.

PD2: El señor Camilo Jiménez, conocido en Twitter como @bocasdeceniza, dijo en esa red la siguiente barbaridad: “Antes de ponerle nombre a su banda, los metaleros revisan manuales de dermatología”. Yo me río con algo de ironía y algo de molestia, pero soy consciente de que no soy quien para reducir la ignorancia en el mundo. Allá él, que siga hablando de lo que no sabe y renunciando a la docencia porque no comprende lo que sucede en la sociedad actual que se transforma. Así es muy fácil: renunciar y decir lo primero que se nos viene a la cabeza porque en Twitter la gente suele considerarse muy lista y con una autoestima global; qué digo global, galáctica. Así va la sociedad: renuncia a todo, dice lo que le viene en gana, pero no sostiene nada. Así vamos.