domingo, marzo 20, 2011

Katatonia

Dejé calmar un poco la apoteosis. Me pareció oportuno, aunque poco o nada cambió mi percepción. El concierto de Katatonia en Colombia, lo que me lleva a hablar, fue sin duda un concierto que ahora desde la distancia contemplo como relevante, por lo menos para mí. Para bien o para mal, el doom metal no tiene mucha acogida en el país, pero eso poco o nada me importó para gozar de semejante concierto. Incluso la asistencia (máximo 200 personas), lo hizo aun más cercano.

En ese orden de ideas se expresó su guitarrista líder, Anders Nyström; palabras más, palabras menos, dijo que no importaba que este no fuera un concierto masivo, que en conciertos de ese tamaño se reúnen los verdaderos seguidores de los grupos. Quizás esa sea una muletilla a la que se recurra cuando los conciertos tienen escasos asistentes, pero algo sí queda claro: no había excusas para no asistir, en Colombia pocos siguen el doom y pocos siguen (¡seguimos!) a un grupo legendario como Katatonia.

Así vivimos el cierre del concierto. Dos temas clásicos que tocaron, dijo Jonas, por ser la primera vez que hacían gira por Latinoamérica. Temas que agradecí profundamente porque tener a Katatonia sin escuchar algo del 'Dance of December Soul' y del 'Brave Murder Day', era dejar un gran momento de la historia del metal por fuera. Pero fuimos recompensados.

domingo, marzo 13, 2011

Melofagia

La nostalgia por la música, por los formatos en que la gozamos, se nos ha convertido en el eterno dilema de los músicos, olvidando que ya no importa el desvencijado material en el que se dé a conocer, sino en la calidad del producto; el deleite del melómano; el goce caníbal del que no le basta con oír una ni dos canciones sino el álbum completo, y coleccionarlo, sobre todo coleccionarlo, y conseguir más y cuidarlos para que no se vayan a dañar.

La Real Academia de la Lengua no reconoce la palabra melofagia, y no es que la ignore o que pertenezca a cierto culto erudito de seguidores de la música; tampoco pertenece a un nuevo y absurdo diccionario, pero describe el gusto visceral por escuchar, por recopilar, tener en el anaquel siempre disponible a full color, o blanco y negro, la música: sea en casete, vinilo, CD, DVD o el criticado mp3.

En Medellín, la ciudad que vivo y me corresponde, los coleccionistas se distinguen por ser pocos y fieles. En los ochentas y noventas tener un disco original era de tanto reconocimiento que te bautizaban según el vinilo que tuvieras: Jaime Reign in Blood, David Altars of madness, Juancho Ride the lightning.

Se reconocían porque eran escasos los metaleros y porque eran menos quienes tenían con qué comprarlo: poder adquisitivo, dicen los economistas. Aunque eso no era excusa para no escucharlos, pedirlos prestados y, ¡oh karma eterno!, grabarlos, copiarlos. LP a casete y casete a casete y siga el círculo y pierda calidad, pero ahí estaba. Ya la música era de todos, hasta que el LP volvía a manos del dueño, proveniente de aquel al que se le prestó, o por el amigo, del amigo, del amigo, al que se lo prestaron también.

Nos empezamos a preocupar por esos devoradores sin recato, porque acá, en Medellín y Colombia toda, se empezó a producir el Metal propio, y a grabar y a distribuir. Ahí se involucraron el bolsillo y el dolor de cabeza; luego llegó internet y se convirtió en el enemigo de turno, como lo fueron, y lo siguen siendo, el casete y el CD virgen.

Olvidan algunos, muchos, que ha pasado el tiempo y que no es fácil irse contra él; menos ver la tecnología como el problema y tratar hacerle el quite, como si con ello se garantizara el triunfo, ignorando la pelea pírrica que inician contra sí mismos. Así de estúpido –lo siento, pero no tengo más calificativos para tan extravagante propuesta– lució Elton Jhon cuando solicitó cerrar internet durante cinco años para que no se menoscabaran sus grandilocuentes ventas.

Y claro, cuando se venden discos a granel se considera como siniestro enemigo la posibilidad de ofrecer gratuitamente lo que siempre había sido rentable. El problema acá no es cobrar por el trabajo, sino emprenderla contra el público mismo, pues este es quien lo disfruta, lo compra, y, al fin y al cabo, lo preserva vivo como músico, y a su música.

Pasan por alto, también, que ahora los medios están al alcance de tantos como nunca antes, y resultan valiosos como herramienta para anunciarse, para darse a conocer en cualquier lugar de ese mundo digital y sin fronteras. Antes nadie tuvo una posibilidad tan cercana y económica para escuchar Black Metal de Irán, Death de Kazakhstan, Thrash de Nepal o Doom de Slovenia. Y de que su banda nacida en Buga, La Dorada, Ipiales o Popayán pudiese ser escuchada con solo un mes de formada en cualquier país a través de una grabación casera y mal lograda.

Muchos de los que ahora son músicos en el país, en un comienzo fueron oyentes, aunque algunos han dejado de serlo en el camino; se empecinan en hacer parte de un mercado donde su esfuerzo se vea recompensando en forma de billete y se han concentrado en peleas inagotables contra la piratería. Mientras tanto, otros buscan la forma de atraer al público, entonces el disco lo hacen multimedia, le agregan imágenes y video y encima lo acompañan con parches, boletas o afiches; otros lanzan sus álbumes en CD-R para que su venta sea a un bajo valor; algunos más, incluso, ofrecen la descarga de sus canciones y del álbum completo.

El propósito es llegar a sus seguidores y nosotros lo agradecemos porque además de comprender el esfuerzo, apreciamos el valor de la música, la que nos gusta. Por esto no nos complacemos con escucharlo y cambiarlo en 15 días por la nueva banda del momento, pues la colección musical se convierte en invaluable pieza de museo personal.

A un verdadero devorador de la música, a un melófago, no le bastará con encontrarse desprevenidamente una canción, nunca esperará a escucharla en una emisora, no le será suficiente el tenerlo entre la lista de tags de su computadora o entre el arrume de CD recopilatorios de hasta 10 bandas o más. Eso no. En este complicado mercado, el melófago buscará la banda, su álbum, lo comprará en un viejo formato o en uno más reciente, disfrutará el ritual de descorcharlo, con tacto, y de reproducirlo, una y otra vez, mientras se embelesa con la presentación y pone en esto y aquello un cuidado casi quirúrgico.

PD: y como es necesaria la coherencia en este caso, les comparto el video de Necrophagia, un proyecto alterno de Phil Anselmo (Pantera), donde participa no con la vocalización sino con la guitarra. La narrativa es pútridamente precisa.