martes, enero 18, 2011

Ilustre aflicción

Este elogio a la amargura se lo dedico a un país que vive de esperanzas de ganar y de que no lo secuestren; de que lo dejen vivir y de que lo liberen también. Tienen, los habitantes de este remedo de patria democrática, muchas razones para preocuparse y marchar y pedir lo que por derecho ya les fue negado.

Un elogio a la amargura porque no es necesario hacer nada, porque a ningún lado vamos como vamos: viviendo a la desesperada e intentado y suplicando que nos miren y nos respeten y nos consideren, por favor.

“He adquirido mis dudas penosamente; mis decepciones, como si me esperasen desde siempre, han llegado solas”, dijo Emil Cioran, un pensador y despotricador, nihilista y desencantado hombre que dijo lo que pensó y que no debió callarse malestar alguno.

Acá traigo algunos fragmentos dispersos de los textos de un hombre que alguna vez, en su juventud enrevesada y ferviente, fuera miembro de la Guardia de Hierro, una organización fascista de su Rumania natal, y quien alguna vez dijo admirar a Hitler.

Hechos y palabras que, quizá, su conciencia le cobró y al mismo tiempo ayudó a convertir en un gran pesimista de la postguerra, un escritor brutal que le apostó a perder y que escarbando en el humanismo encontró su fuente de desahucio pues, como dijo Tolstoi, se sabe que la literatura se lleva mal con la felicidad.

Y en esa suerte de desvelo encuentro un ineludible ser que comprendía el absurdo y nos transmitía esa especie de confusión extrema que nos arropa siempre y nos trasnocha. Que no se malentiendan entonces sus posibles contradicciones porque no lo son; no entremos en encrucijadas que apenas estamos para ambigramas; dejémosle a Cioran la capacidad de crear ideas libremente, aunque venga de fiel inspiración de Schopenhauer y Nietzsche, existencialistas insoslayables, como él.

¡Qué lejos estoy de todo!

Ignoro totalmente por qué hay que hacer algo en esta vida, por qué debemos tener amigos y aspiraciones, esperanzas y sueños. ¿No sería mil veces preferible retirarse del mundo, lejos de todo lo que engendra su tumulto y sus complicaciones? Renunciaríamos así a la cultura y a las ambiciones, perderíamos todo sin obtener nada a cambio; pero ¿qué se puede obtener en este mundo? Para algunos, ninguna ganancia es importante, pues son irremediablemente desgraciados y están irremisiblemente solos. ¡Nos hallamos todos tan cerrados los unos respecto a los otros! Incluso abiertos hasta el punto de recibirlo todo de los demás o de leer en las profundidades del alma, ¿en qué medida seríamos capaces de dilucidar nuestro destino? Solos en la vida, nos preguntamos si la soledad de la agonía no es el símbolo mismo de la existencia humana. Querer vivir y morir en sociedad es una debilidad lamentable: ¿acaso existe consuelo posible en la última hora? Es preferible morir solo y abandonado, sin afectación ni gestos inútiles. Quienes en plena agonía se dominan y se imponen actitudes destinadas a causar impresión, me repugnan. Las lágrimas sólo son ardientes en soledad. Todos aquellos que desean rodearse de amigos en la hora de la muerte lo hacer por temor e incapacidad de afrontar su instante supremo. Intentan, en el momento esencial, olvidar su propia muerte. ¿Por qué no se arman de heroísmo y echan el cerrojo a su puerta para soportar esas temibles sensaciones con una lucidez y un espanto ilimitados?

Aislados, separados del mundo, todo se nos vuelve inaccesible. La muerte más profunda, la verdadera muerte, es la muerte causada por la soledad, cuando hasta la luz de convierte en un principio de muerte. Momentos semejantes nos alejan de la vida, del amor, de las sonrisas, de los amigos –e incluso de la muerte. Nos preguntamos entonces si existe algo más que la nada del mundo y la nuestra propia.

Nada es importante

¿Qué importancia puede tener que yo me atormente, que sufra o que piense? Mi presencia en el mundo no hará más que perturbar, muy a mi pesar, algunas existencias tranquilas y turbar –más aún a mi pesar– la dulce inconsciencia de algunas otras. A pesar de que siento que mi propia tragedia es la más grave de la historia –más grave aún que la caída de los imperios o cualquier derrumbamiento en el fondo de una mina-, poseo el sentimiento implícito de mi nimiedad y mi insignificancia. Estoy persuadido de no ser nada en el universo y sin embargo siento que mi existencia es la única real. Más aún: si debiera escoger entre la existencia del mundo y la mía propia, eliminaría sin dudarlo la primera con todas sus luces y sus leyes para planear totalmente solo en la nada. A pesar de que la vida me resulta un suplicio, no puedo renunciar a ella, dado que no creo en lo absoluto de los valores por los que debería sacrificarme. Si he de ser sincero, debo decir que no sé por qué vivo, ni por qué no dejo de vivir. La clave se halla, probablemente, en la irracionalidad de la vida, la cual hace que ésta perdure sin razón. ¿Y si sólo hubiera razones absurdas de vivir? El mundo no merece que alguien se sacrifique por una idea o una creencia. ¿Somos nosotros más felices hoy porque otros se sacrificaron por nuestro bien? Pero, ¿qué bien? Si alguien realmente se ha sacrificado para que yo sea hoy más feliz, soy en realidad aún más desgraciado que él, pues no deseo construir mi existencia sobre un cementerio. Hay momentos en los que me siento responsable de toda la miseria de la historia, en los que no comprendo por qué algunas personas han derramado su sangre por nosotros. La ironía suprema sería darse cuenta de que ellos fueron más felices que nosotros lo somos hoy.

¡Maldita sea la historia!

Silogismos de la amargura

Aunque pudiera luchar contra un ataque de depresión, ¿en nombre de qué vitalidad me ensañaría con una obsesión que me pertenece, que me precede? Encontrándome bien, escojo el camino que me place; una vez “tocado”, ya no soy yo quién decide: es mi mal. Para los obsesos no existe opción alguna: su obsesión ha elegido ya por ellos. Uno se escoge cuando dispone de virtualidades indiferentes; pero la nitidez de un mal es superior a la diversidad de caminos a elegir. Preguntarse si se es libre o no: bagatela a los ojos de un espíritu a quien arrastran las calorías de sus delirios. Para él, ensalzar la libertad es dar pruebas de una salud indecente.

¿La libertad? Sofisma de la gente sana.

Emil Cioran (1911 - 1995).