miércoles, febrero 03, 2010

Lo metaleros que somos (reeditado)

El original de este artículo se publicó en 2006. Lo retomo ahora, y lo corrijo un poco, porque las cosas (ya lo verán) no han cambiado mucho:

Moverse tranquilamente en esta pequeña sociedad patriarcal que se ha conformado alrededor del metal viene siendo nuevamente complicado. Así como sucede en todo Colombia, parece que será necesario expedir permisos o certificados de pertenencia real al “gremio” –sea cual fuere– para desplazarse por algunas zonas de la ciudad, porque, como en zona de distensión, a ellas pueden ingresar, sin ser atacados, sólo los que a ella pertenecen.

Desde hace varias semanas, al sur de la ciudad se vienen presentando esos mismos actos que alguna vez surgieron en el centro de Medellín y que, por fortuna, han ido desapareciendo (aunque no del todo). Piensa uno, y también se equivoca, que las cosas están cambiando para mejorar, progresando, diría uno muy optimista, pero se da cuenta de que algunos seres todavía conservan ese accionar belicista, que se auto nombraron jueces para cuidar este movimiento, y se estancaron y se quedaron con la idea primigenia y salvaje de conservar una idea a como de lugar. Y acá entra también en una profunda disyuntiva el fenómeno de la 'autenticidad', pero ello se puede discutir luego.

Ha vuelto, pues, el robo de camisetas, botones y cuanto elemento relacione a una persona con este consabido “gremio” del metal. Una actitud que, además de pendenciera, resulta arrogante y peligrosa. La resurrección de un trasnochado modelo que pone en peligro al gremio mismo, dado ese veto antediluviano que dice: algunas personas no tienen derecho a pertenecer o a ser lo que quieren ser, lo que nos convierte y perpetúa como un gueto tradicionalista, modelo inacabado por cierto, que termina por consumirse a sí mismo, a nosotros mismos.

A estos elegidos se les ocurrió de nuevo velar porque el metal no sea una “caspa”, por que no entren esas personas falsas que no llevan el metal como la marca indeleble de sus vidas, entonces miden el potencial –¿cómo?– para ver si pueden o no llevar puesto lo que lleven puesto. Un accionar delictivo que se llama robar, pero que se encubre bajo el verbo cuidar, cuidar la “escena”. Aleccionadores que tienen como propósito socavar todo posterior intento de pertenecer al gremio, a la escena, a cualquier definición etérea e insustancial.

Fanatismo que viene de unos pocos, valga aclarar, que son los únicos y verdaderos líderes, quienes imponen la norma y el rasero de cómo debe ser el metalero medellinense y hasta mundial. Una idea tan retrógrada, aberrante y falsa como esa que profesa que el antioqueño de arepa, ruana, carriel y enfundador de machete es el verdadero hombre, mientras que los demás son homúnculos abortados en la faz de la tierra.

Este egocentrismo sólo le hace daño al metal, pues como lo dijo el mismo Ihsahn (Emperor) cuando en su ciudad y país se presentaban una serie de eventos similares y hasta más fuertes a los que acá vivimos (que no son más que el coletazo tardío de lo ocurrido en Noruega en los noventas), los metaleros están confundiendo el ser “malos” con la verdadera y oscura filosofía del metal.

Esperemos que este veto no siga pululando y que no pase de ser una hecho aislado en la ciudad, porque ser metalero “real” comprende otras facetas, más que llevar una camisa o botón que te identifique o manifieste el gusto por una banda. Además, y muy seguramente será así, esas personas que un día se levantan con ganas de ser metaleros y mañana son tan raperos como salseros, entenderán que esto no es una moda, ni ropa negra ni cabello largo, sino un estilo de vida al que hace más de 30 años dio comienzo una música llamada metal.

A ver si de una vez por todas, y a modo de reflexión, dejamos de comportarnos como provincianos, y nos preocupamos por construir espacios en la ciudad que permitan generar una verdadera dinámica interna, porque una urbe en donde no hay sino dos bares destinados al metal, donde no hay un espacio acondicionado para conciertos de gran talla, y en donde algunos de sus metaleros solo conocen a Venom, Dimmu Borgir, Mayhem, Metallica, Sepultura y Pantera, si acaso, y eso deja mucho material para discutir.

Mientras que algunos –pobres de ellos– intentan seguir esa propuesta discursiva arbitraria, castrista, manipuladora e ingenua de que esta es la salvación para defender el honor de los caballeros que al metal pertenecen, y dejando atrás a estos veedores del proyecto vetusto, patriarcas del desencanto, queda continuar, y acá cito al periodista Héctor Rincón, “…con la desmontañerización de una provincia que, por un lado, está del todo en el siglo 21, pero que a veces parece anclada en el siglo 18. En el siglo 18 por la mañana.”