domingo, octubre 05, 2008

LA TEORÍA DEL CANGREJO

No hay que llamarnos a mentiras. 2008 le deja un sabor agridulce al metal de esta ciudad, que en cuanto a música va a un ritmo constante pero con una indiscutible dirección que me recuerda ese crustáceo del orden de los decápodos.

Mire usted este año, aunque sea pronto proponer balances, y se encuentra con un desolador y fútil estamos, hacemos pero nos quedamos, mientras que otras ciudades se mueven con una tranquilidad y fluidez por encima del agua que deja perplejo.

Como no está bien hablar siempre de uno, dejaré la serie de conciertos del Metal Medallo a un lado. Busque en Altavoz y este año sorprende, tanto porque es muy valioso para las bandas que fueron elegidas, pero lo que al mismo tiempo lo lleva a uno a la pregunta: ¿dónde están ese promedio de 100 bandas que puede existir en la ciudad y el Área Metropolitana? ¿Dónde está el adelanto musical cuando seguimos escuchando en su versión clásica el thrash, el death y el black?

Así mismo, muchos piensan que este evento se convirtió en la oportunidad para conocer y gozar a escasos palmos de distancia a las bandas internacionales que gracias a su trayectoria y trabajo sobresaliente son convocadas para ser vistas por miles de ciudadanos. Pero, ¿en medio de qué vericueto se nos enredó la banda que en 2008 impulsaría la versión más pesada del rock, fuese punk, fuese metal?

Otra arista. Luego de ver el concierto propuesto por la Comuna 10, al cual dieron el nombre de Festival de Rock, queda un sentimiento ambiguo. Aplausos a la apuesta por un evento dedicado al metal, a retomar espacios que representaron para las bandas de la ciudad un impulso importante como lo es el teatro al aire libre Carlos Vieco; un bravo por las bandas que logran afianzar sus propuestas y ver por medio de estos conciertos macro cómo cuajan sus proyectos y suman y suman experiencia en escenario y horas frente al público.

Lo que no logra comprenderse fácilmente es la forma en que se desarrollan los procesos. Un evento que fue administrado con la mejor de las ganas pero con poco conocimiento de causa: publicidad tardía y reducida a los afiches y volantes, dejando así gran parte de la responsabilidad de la difusión en la bandas; demoras en el montaje y retraso en el comienzo del evento; organización sin posiciones claras, descuido del escenario, luces sin filtro, sonido mal administrado. En definitiva, desinteligencia para algo tan genérico como un concierto, cuando, se supone, al momento de contratarse una empresa se hace pensando en su experiencia, y no solo en lo barato que resulta y los pesos que se ahorran. Se supone, pero supone uno mal porque la impericia fue colosal.

Todo es pues una simple muestra de que la música y el movimiento cultural que a su alrededor genera no obedece a un empírico sentido de los gustos y al hacer para ayudar sin más ni más; la música, como cualquier arte, es un trabajo constante, serio y concienzudo donde cada uno debe conocer lo que hace, desde el luminotécnico, desde el ingeniero de sonido (en el mejor de los casos), pasando por los encargados de la vigilancia, quien dispone los dineros, quien elige las bandas y quienes se montan al escenario para ofrecer un espectáculo. Si se le toma en serio, claro. Infortunadamente van tantos desaciertos que al parecer ese es el derecho, no el revés.