domingo, julio 13, 2008

LA INUTILIDAD DE LA VIABILIDAD

Demuestra el país que siguen estando los mismos con las mismas. Los mismos criterios anquilosados desde hace más de 15 años que consideran que el Metal continúa siendo ruido, y las mismas bandas que tienen el derecho de vender y venderse, pero que no representan una historia ni un concienzudo trasegar musical porque su fin es el lucro a corto plazo.

La apuesta realizada por el festival Altavoz es sencilla, pues pretende ser (junto a Rock al Parque) el festival más grande de Suramérica. Loable labor emprendida desde la administración local que muestra baches y contrariedades, empezando por sus requisitos de participación. Limitan el Rock a lo que no agreda visualmente, a que su lírica no sea desdeñosa y a que sus ritmos se enmarquen en lo socialmente digerible, ignorando que el mismo Rock surgió como respuesta a eso, como contraposición a lo popular (pop) que sí tiene gran acogida y que vende a granel a la masa polimorfa.

Recientemente, y como otro de esos plus que dice otorgarse a sí mismo este festival, a través de un convenido con la alcaldía de Bogotá, se le ofreció a las mejores agrupaciones que hicieron parte de este evento en 2006 la participación en Rock al Parque, una oferta por demás atractiva pues es el único festival del país que goza de nombre, logística y recursos en dimensiones envidiables para cualquier agrupación.

Opción pues que se ve mancillada luego de mostrar unos resultados que, además de denigrantes, no hablan de desconocimiento necesariamente, sino de la baja calidad de los jueces que juzgan con los criterios de padres de familia, con una ceguera inducida y que pone sobre el tapete el fin comercial de un festival de tal envergadura.

Salir en MTV, tener la proyección internacional para sonar en las 40 Principales, tener suficientes productos para poder uniformar a los seguidores, un poco de tintura, una pose estilizada y un sonido a la vanguardia permitirán hacer parte de este tremendo show. Razón por la que al Metal de Medellín nuevamente se le cierran las puertas, ignorando una historia y el presente de una ciudad que se mueve prolífica y profesionalmente en la producción de este denotado género.

Vuelven y suenan en los medios los argumentos de los “maestros” que ponen en tela de juicio la evolución y la proyección del Metal hecho en Medellín, pero demuestran que poco conocen de él y de su trayectoria. Si bien años no siempre quiere decir calidad, hay excepciones relevantes de la ciudad que bien dan crédito a su trasegar; así mismo, no por ser nuevas deben hacer mala música o no poseer calidad -y ahí está la contrariedad-. Igualmente, el Metal posee un criterio importante que en otros géneros puede llegar a considerarse repetición y falta de “innovación”: seguir sonando a Metal y no a bandas que exorbitan los ojos y las arcas de los productores y las disqueras. Zancadilla, pues, que salen a poner los organizadores, quienes siguen ignorando qué son las contra culturas, al medir “la viabilidad comercial de la propuesta”.

Ignoran los organizadores de Altavoz que el valor de algunos géneros, y entre ellos el Metal, es conservar líneas que posibiliten que este nunca se diluya; líneas mismas que le han permitido permanecer en el tiempo, no como una moda, sino muy a pesar de ésta.

Faltan entonces conocedores de estas culturas que ayuden a direccionar de mejor manera estas propuestas, para que el día de mañana, como hoy, no se echen culpas y se salga a decir que fue aquel quien dijo y es él entonces el responsable de su eliminación, de su no invitación. Es necesario que se abran los ojos y no se continúe con esa mirada sesgada e inexperta que venda a Resorte como un representante del Metal, o que traiga a Sepultura como novedad (banda que se encuentra cerca del final de su camino y que su sonido hace rato dejó de ser Metal).

Quizá sí, sí falta mucho, claro. Pero no está el Metal de Medellín donde lo dejaron esos mismos precursores del Metal nacional. Van más de 15 años de afugias y de ensayos, de muchas bandas que trabajan y unas que se destacan sobre otras –y otras malas, sí- , pero ya no posee el sonido de casete y de parche de radiografía en la batería. No. El Metal de esta ciudad conserva aún el sentido que le dio origen y que lo preserva como tal, pues no puede y no debe (y eso no le quita proyección en su ámbito, ojo) pasar a ser un popurrí por la retribución económica o el reconocimiento, aunque muchos lo deseen. Debe conservarse altivo como arte y seguir llegando al público que lo busca y encontrar, en menor medida claro está, la atención de esas personas que lo consumen y no lo cambian mañana por la banda de moda, así ello signifique no subirse a la tan anhelada tarima de Rock al Parque.