domingo, junio 22, 2008

EL PAÍS QUE NOS TOCÓ

No sin cierto asombro y escepticismo observamos el rumbo que toma esta patria descolorida de mandamases, de políticas de privatización y de leyes que esperan la bendición de la iglesia católica, demostrando que como el cangrejo vamos de para atrás, hacia el incierto lugar donde reina quien tiene el poder, que es muy distinto al gobierno.

Se está volviendo reiterativo el descontento o el sinsabor a través de estas editoriales, pero en Colombia es sino que aparezca un problema o una tragedia que ponga en entredicho el manejo estatal, que gracias a esa capacidad amnésica que manejan nuestros coterráneos todo queda en el olvido en cuestión de días, para que aparezca una mayor o peor (que para el caso son lo mismo) y deje atrás ese no sé qué sí sé dónde que demuestra las falencias de quienes manejan los hilos de este país.

¿Y por qué tocar estos temas que parecieran un hecho aislado de la propuesta de esta página? Pues porque ello está directamente ligado con este entorno. Porque si el presidente Uribe se comporta como un energúmeno capataz ante eventos como los ocurridos recientemente en la capital del país, es porque ese hombre de raíces antioqueñas ha sido elegido con un alto porcentaje de los votos de este pueblo; es decir, ese mismo porcentaje de los colombianos “uribistas” deben pensar y actuar como ese hombrecito que los representa: personas de armas tomar, criados bajo lineamientos católicos que esperan que su carnita y sus huesitos sean guiados por la omnisciente fuerza superior de cristo. Pero hay algo que nuestro presidente olvida, y es que él también representa a ese número de colombianos que aunque no votamos por él, también padecemos las mismas virulencias y barbaries de este país en conflicto armado (entiéndase guerra) hace más de 40 años.

Muchos ya habrán olvidado que Luis Alfredo Garavito, ese bellaco violador y asesino de niños recién “convertido” al cristianismo, se encontraba ad portas de su salida de la cárcel; o que el manejo de uno de los entes de vigilancia más importantes del país como la Fiscalía General de la Nación, estaba en manos de un hombre devoto, confiado y apelotardado que casi delegó su manejo a un “vidente” que “abusó de su confianza”; que de las muertes a los oficiales del ejército todavía nadie tiene respuesta, aunque haya sido el mismo ejército; que por la masacre de Bojayá aún no hay alguien condenado; que de la muerte de Luis Carlos Galán apenas hay algunas pistas; que los curas acusados de pedofilia salen absueltos a continuar su devota labor, y un largo etcétera.


Está por pensarse si por vivir en este país que nos tocó vivir, tendremos que soportar tanta negligencia y tanto olvido. Si tenemos que seguir esperando a que el Estado ponga su mirada sobre una cultura tan relegada como es la del metal, sabiendo que tienen tanto por hacer y por olvidar.

Tendremos que seguir esperando, y bastante, porque vienen soluciones de paños de agua tibia, copiando lo poco bueno que tenemos y que también se está perdiendo. Un festival Altavoz que vive y vivirá a la sombra de un Rock al Parque, que pasará a manos de entidades “privadas” para tratar de preservarlo.

Mientras que el gobierno intenta salir de ese lodazal que hasta el cuello le llega, es necesario que de manera independiente se continúe promoviendo la cultura en Medellín, llámese teatro, cine o metal, porque viviendo en el país que no tocó vivir, está claro que los intereses se encuentran en otro lado, porque importa más el voto de mañana, porque por una semana, cuando más, importará la bomba de ayer, o la de hoy, ¿o la de mañana?