martes, abril 29, 2008

DES-HACER EL SONIDO

Bastaba con tres o cuatro radiografías como parches, dos platos, dos manos y cinco dedos en cada una para sostener dos palos de madera que golpearan ese principio de batería, además de una actitud atravesada y pendenciera para soportarse tanto golpeteo disonante. Y ganas, muchas ganas, de lograr una música que identificara los pensamientos, las sensaciones y la entrega vehemente a un sonido que parecía (aún dicen que es) puro ruido y gritos incomprensibles.

No se tenía mucho ritmo ni tanta velocidad y menos técnica, y aun así, o por esto mismo, lograron un sonido con el que alcanzaron a identificarse a lo largo, ancho y profundo de esta vasta Colombia selvática, tropical e intemperante.

Chatarreros les decían, un eufemismo escaso que les endilgaron a los que interpretaban o expresaban gusto alguno por el metal. Pero no todo fue tan paupérrimo porque la música no se podía seguir haciendo con instrumentos vetustos en terrazas de los barrios periféricos de Medellín. Este solo fue su comienzo, así como las “notas”, el “parche”, el LP y el “chorro” diario.

Llegó entonces el recurso técnico y mejoró el sonido y todo dejó de grabarse en el único estudio de la ciudad, el de Luis Emilio, con unos instrumentos desvencijados y escasos de potencia para lo que el metal exigía en aquel tiempo. Así, todas las bandas dejaron de sonar igual: arribaron la técnica, los géneros, el radicalismo y un profundo aprecio por el underground, y ello desencadenó en una violencia interna que se manifestó como simple extensión del terror nacional de finales de los años ochenta. Recuerde que Medellín fue la ciudad más violenta del mundo entre 1989 y 1992.

Mientras que en la ciudad unos pocos apenas podían ver televisión a color, los escasos seguidores del sonido se fueron reuniendo para conformar sus bandas y así se les fue la vida. La música fue el inicio y en ella se quedaron, pero menos de los que empezaron. Se dice que son escasos porque no todos soportaron los enfrentamientos constantes con la policía y la batalla territorial entre personas del mismo círculo que pertenecían a un sector de la ciudad; eso fue antes de que bajaran al centro y empezaran a tomarse algunos bares y uno que otro local para hacer conciertos o vender artículos.

Hubo algunos a los que las ganas de hacer el sonido estridente, como Mauricio Montoya ‘Bull Metal’, los llevó a soportarse, gozarse, mamarse un viaje no inferior a ocho horas para llegar a Bogotá a ensayar, y luego volver a Medellín a seguir ensayando. Así nos mostraban otra cara del metal y del país y sus posibilidades al alcance de un pasaje y de un golpeteo, como cuando Parabellum comenzó estrepitoso interpretando Prepara la guerra en la Batalla de las Bandas en 1985, un concierto que se convirtió en histórico por la mezcla de géneros musicales y la asistencia de alrededor de cinco mil personas.

Para entonces, en la ciudad no existía pedantería más allá del eructo. Mientras Medellín procuraba verse como la ciudad cálida, bella y mojigata, de otro lado seguía demostrando lo “verraca” (ignorando el verdadero significado de la palabra), echada pa´lante y con una capacidad de negociante roba huevos. Desde aquel momento todos han abogado por el apoyo, la valoración del metal como arte, las horas de ensayo, el mantenimiento de los instrumentos, pero olvidaban, y olvidan en pleno siglo XXI, que nadie les obliga a tocar: todos toman los instrumentos porque en definitiva es lo que quieren, porque les gusta, porque les da la gana, porque sí, y punto.

No es casual que ahora suceda lo que entonces ocurría: conciertos como el del Polideportivo de Envigado, que estuvo a cargo de una tía del ‘Bull Metal’, y la producción de la película Rodrigo D, no representaron más que estafas para las bandas. Sobra decir que éstas seguían sin contratos, sin muchas ganancias, sin posar de víctimas.

Particularmente, las agrupaciones locales y nacionales –muy buenas muchas– no han salido a flote por el alto número de ventas de sus casetes o CDs, pues los sonidos que se hacían entonces tenían un propósito más cercano a la discordancia con la sociedad y el mundo. Música misantrópica y no filantrópica. Música que era desdeñada por el colectivo, pero que encontró acogida en el de allá y más allá, en diez y cien que se hicieron horda, legión, tribu urbana, cultura y metaleros.

Y ahora, algunos parece que piensan en otra cosa, y poco en metal.

Este texto fue redactado por mi y publicado originalmente en la revista Letra Oculta, edición No. 16

1 comentario:

juan dijo...

que gran realidad,que gran verdad, que tiempos, que tiempos.