lunes, febrero 11, 2008

EL CUENTO DEL REGISTRO

A los músicos de la ciudad y el país se les ha enquistado en la cabeza la idea necia y el gusto sordo de registrar su música a través de Sayco y Acinpro, pero ¿hasta dónde no resulta más un inconveniente que un verdadero logro?

Sayco y Acinpro es la entidad reguladora de los derechos de autor en Colombia. Vigilan que la producción de los artistas del país sea usada bajo los parámetros legales del respeto por la difusión, sea a través de medios masivos como en eventos públicos, y del debido cobro por el uso de la misma.

El Metal como género, como música, como representante de una cultura underground, es poca la difusión que obtiene en los medios masivos nacionales (radio y televisión, para una mayor precisión) porque no atrae una masa importante de público consumidor, razón por la que no posee espacios dedicados exclusivamente a su transmisión. Goza sí de pequeños espacios en horarios extremos en la radio cultural, la cual paga exiguos costos por su difusión puesto que son medios sin ánimo de lucro.

¿Dónde está entonces el beneficio para un músico o agrupación al registrar sus producciones en Sayco y Acinpro cuando su difusión es escasa, a sabiendas de que esos espacios son no remunerados y por ende un músico local o nacional no verá la retribución económica de su publicación mediante esa vía?

Esta entidad invierte alrededor del 50% de los dineros cobrados a los medios comerciales y a los realizadores de eventos en su manutención, en el pago de su personal y en su diligencia, que no existiría de no ser por los mismos compositores que necesitan de alguien que vigile su reproducción para obtener fondos a merced de su producto, y con razón justa porque es su oficio y su arte.

Músicos grandes del país podrán deleitarse en sus casas, fincas y apartamentos en Miami porque sus canciones suenan en repetidas ocasiones durante el día en una emisora, y luego suena su éxito más reciente y a éste lo usan en la promoción de películas, de comerciales televisivos, de cuñas radiales, de compilaciones de fin de año y realizan conciertos y conciertos en estadios de fútbol y en calles principales y en lugares privados, y así sus arcas se llenan y se hacen exuberantes. Y claro, se necesita que alguien cuide su patrimonio porque ese es el fin, poder cobrarlo para hacer otro, y luego uno nuevo, y vivir de ello en un ciclo perpetuo.

Sin embargo, un autor como Rodolfo Aicardi, tan citado, invitado a programas, publicitado y sonado en radio, usado de fondo en películas nacionales y en éxitos parranderos, murió hace un par de meses, particularmente –aunque no tanto–, en medio de una pobreza insospechada para una figura pública tan reconocida y tan bailada en el país. Murió luego de una enfermedad penosa, sin dinero para atención médica digna y sin recibir una especulada deuda que Sayco y Acinpro no le saldó nunca, un dinero que no disfrutó a pesar de su gloria musical.

Como entidad vigilante de esta cadena alimenticia de la mercadotecnia, Sayco y Acinpro busca que el uso y reproducción de los sonidos de sus músicos sea cumplido puntualmente. Por ello, antes de cada evento público se les debe notificar por escrito su realización, el nombre de los artistas participantes y el listado de las canciones a interpretar, sea para asegurarse de que no existen en su base de datos como para cobrar por anticipado en el caso de sí estarlo. Un porcentaje que varía según el precio de la boleta y/o el número de asistentes proyectado. Un registro, pues, que genera un pago obligatorio por el uso de la música, así la banda o el artista desee hacerlo con un ánimo benéfico o de no retribución, ya que al registrarse han cedido la potestad de su obra. El caso del concierto gratuito ofrecido por Juanes y promovido por la Alcaldía de Medellín en la calle San Juan fue bastante sonado por el cobro y posterior demanda entablada por esta entidad a los citados por no haber sido consultada ante la realización de este evento y por el uso de la música a voz del mismo artista.

Así las cosas, el funcionamiento y mantenimiento de esta entidad resulta loable para grandes mercaderes y productores musicales, pero poco benéfico para una banda local o nacional que se ha dedicado a producir sonidos que hacen parte de un mundo que en gran medida está por fuera de ese comercio mayorista. Un problema legal que perjudica, como ya se dijo, las presentaciones grandes o pequeñas, porque su no pago se convierte ya en una evasión de impuestos: un delito carcelable.

Es importante que las agrupaciones musicales del país se estén preocupando por cuidar sus derechos de autor, por velar que su producción no caiga en un uso ilegal, sea la piratería o el plagio, pero es necesario saber que basta con tenerlo plasmado en un CD, LP o casete para que este se convierta en el elemento que compruebe su propiedad; o pueden usarse también métodos sencillos y con menos intríngulis burocráticos como dirigirse a una notaría con líricas y disco en mano para asegurarse su título. Métodos que no representan un ingreso económico, pero que ofrecen la seguridad y la confianza necesarias para litigar en cualquier momento si se hace uso indebido de su producción artística. Un hecho que difícilmente sucede, pero no imposible.

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