lunes, diciembre 31, 2007

DA IGUAL



Resulta que la crítica como oficio periodístico causa un efecto tan molesto que cuando se habla de manera negativa sobre cualquier cosa, muchos, la mayoría, tiende a tildar de terrorista, de vendido, de falsete y tontarrón (bajita la mano) al crítico en cuestión; lo mismo ocurre cuando se hace manera positiva, porque siempre existe el aludido implícito que siente que es contra él.

Tarea esta que asume lo bueno y lo malo dentro de un paquete que no satisface nunca a nadie. Pero como no se trata de satisfacer, da igual. E igual da porque siempre leen los mismos, escuchan los mismos, protestan los de siempre y asienten los demás, reclaman todos y ninguno.

Digo esto, y lo sostengo, porque he ido mucho y faltado poco al gran número de conciertos que se hizo en Medellín durante 2007. Allí no vi a Alex Oquendo ni a Masacre, a David Rivera ni a Tenebrarum, tampoco a Iván Jaramillo ni a Ancient Necropsy, a Andrés Vargas ni a Thy Antichrist y me extrañó de Hugo Caro y Rock Symphony Productions, quien promueve conciertos en la ciudad.

Y no pretendo irme lanza en ristre contra ellos sino contra todos, los implícitos, porque hacemos parte de este amorfo círculo insaboro de la cultura o la escena del Metal local, en primer lugar. Da igual, reitero, porque después del esfuerzo los resultados son nimios, si se compara con las posibilidades, el trabajo y las propuestas que, a decir verdad, escasean en Medellín, en Bogotá y Colombia toda; la Colombia sitiada por los paramilitares, por la guerrilla y por lo militares de dudosa defensa, incluso.

Retomo. Son máximo 100 los asistentes a los conciertos, lo de siempre, las mismas caras y los mismos gestos porque al resto no le importa más que lo propio porque es tan bueno y es lo mejor que para qué más.

Medellín tiene tantas bandas buenas, como las que menciono y muchas que se me escapan. A estas las escuchan, las compran y las venden en CD, botones y camisetas. Pero sucede que ellas, y muchas otras también, se asumen como entes aislados e independientes que no pretenden apoyo y por eso poco participan.

Razones estas por las que debe verse siempre los mismos en el bar, en el parche, en el concierto. Por eso da igual que se abran espacios para 500, pues al fin y al cabo la suma dice 80 ó 100; porque se pide a Therion, Behemoth, Vader, Iron Maiden, pero ignoramos que apenas alcanzamos para nosotros mismos, y nos queda faltando. Ah, pero si es gratuito, sobramos, eso sí.

El Metal de la ciudad dice pensarse internacional y a varias bandas les alcanza. Sin embargo, muchas obvian la necesidad de ser buenas en la ciudad y de captar público, pero el único espacio no son los conciertos y la búsqueda del autoconsumo pues entre más articulada sea esta red, escena, cultura o montón de metaleros, más posibilidades hay de notarse acá y allá, si se es realmente bueno, claro.

No acongoja, porque da igual, pero sí es notorio que ya cansados de epatar al público local, a muchas bandas que abogan e invitan a que los consuman, no se les ve en un bar (aunque no haya muchos), ni en un parche ni en un concierto, a menos que sea el de ellos. Exhibicionismo complaciente, pero da igual.

MENOS CHARLA, MÁS ORDEN, PLANEACIÓN Y MUCHO MÁS METAL

En breve llegará a su fin uno de los eventos más destacados del Metal de Colombia durante 2007: el Metal Medallo. No resulta justo ni con los organizadores ni con las bandas invitadas, y mucho menos con los espectadores que asistieron a cada uno de los conciertos, dejar pasar por alto el logro que en términos generales representa esta iniciativa que por momentos parecía dejar diluir el fondo y la forma.

En esta edición (pues lo lógico es esperar que se realicen más en un futuro no muy lejano) se programaron 60 bandas y 10 conciertos, de los cuales se han llevado a cabo ocho. Los conciertos correspondientes al mes de octubre y diciembre no pudieron realizarse debido a las elecciones parlamentarias y a problemas de carácter logístico, dado que la persona encargada del sonido le faltó al proyecto y a su propia palabra, respectivamente.

En cada una de las presentaciones se tuvo un promedio de 130 asistentes, lo cual habla no sólo de la calidad del evento sino del compromiso de muchas personas con la escena metalera de la ciudad. Sin embargo, cabe destacar que cuando se habla de la ‘escena’ no se refiere exclusivamente a la música, sino a esa serie de expresiones artísticas que van de la mano con cada una de las tendencias del Metal, por ejemplo las fotografía.

De allí hay que partir para también resaltar de forma positiva las facilidades otorgadas por las personas encargadas del Porfirio Barba Jacob, y que contribuyeron a propiciar un espacio donde bandas y asistentes pudieran interactuar en condiciones óptimas sin menoscabar el respeto por el teatro y los vecinos del sector. No obstante, y pese a las garantías ofrecidas por el lugar, es necesario insistir en la conveniencia de construir un escenario de grandes proporciones para realización de eventos culturales de esta clase en la ciudad. Queda esperar que la Administración Salazar tome atenta nota, y acto seguido sea consecuente con una de las necesidades más apremiantes de Medellín: la construcción o adecuación de un sitio con las características mencionadas.

Ahora bien, caso aparte merece el comportamiento de los asistentes a los conciertos. En ese sentido el Metal Medallo también demostró que el perfil de las personas que asisten a este tipo de eventos dista mucho de lo que inicialmente se podría pensar, pues fue el respeto y la sana interacción primó a la hora de realizar cada uno de los toques, lo que demuestra una vez más que en Medellín sí se pueden realizar eventos de Metal de carácter masivo sin ese anquilosado temor de que todo terminará en desmanes y resuelto a la fuerza por la policía.

Llegar hasta este punto y alcanzar los resultados a los que se llegó resulta ciertamente halagador, máxime si se tiene presente la gran cantidad de subgéneros que lograron reunirse a lo largo de los conciertos, además del costo de la boletería, pues, aunque muchos no lo crean, no alcanzaba para cubrir los gastos reales que involucra una presentación de estas características.

Quedan cosas por mejorar, seguro que sí; por ejemplo, una mayor participación de los medios de comunicación tradicionales e involucrar algunas bandas nacionales. Pero con lo visto y escuchado en el Metal Medallo 2007, queda claro que en Medellín el Metal sí es representativo, sí tiene una visión de ciudad que vale la pena atender con seriedad y no de forma superficial como infortunadamente hasta ahora se viene dando.

Resulta, pues, un logro de las bandas y los organizadores porque, prácticamente, de la nada construyeron un evento propio que vale la pena replicar no sólo en Medellín sino en otras ciudades, demostrando con ello que con orden y constancia también se pueden sentar las bases de una sociedad mucho más justa y menos indiferente, sobre todo con las minorías.

LA INUTILIDAD DE LA VIABILIDAD

Demuestra el país que siguen estando los mismos con las mismas. Los mismos criterios anquilosados desde hace más de 15 años que consideran que el Metal continúa siendo ruido, y las mismas bandas que tienen el derecho de vender y venderse, pero que no representan una historia ni un concienzudo trasegar musical porque su fin es el lucro a corto plazo.

La apuesta realizada por el festival Altavoz es sencilla, pues pretende ser (junto a Rock al Parque) el festival más grande de Suramérica. Loable labor emprendida desde la administración local que muestra baches y contrariedades, empezando por sus requisitos de participación. Limitan el Rock a lo que no agreda visualmente, a que su lírica no sea desdeñosa y a que sus ritmos se enmarquen en lo socialmente digerible, ignorando que el mismo Rock surgió como respuesta a eso, como contraposición a lo popular (pop) que sí tiene gran acogida y que vende a granel a la masa polimorfa.

Recientemente, y como otro de esos plus que dice otorgarse a sí mismo este festival, a través de un convenio con la alcaldía de Bogotá, se le ofreció a las mejores agrupaciones que hicieron parte de este evento en 2006 la participación en Rock al Parque, una oferta por demás atractiva pues es el único festival del país que goza de nombre, logística y recursos en dimensiones envidiables para cualquier agrupación.

Opción pues que se ve mancillada luego de mostrar unos resultados que, además de denigrantes, no hablan de desconocimiento necesariamente, sino de la baja calidad de los jueces que juzgan con los criterios de padres de familia, con una ceguera inducida y que pone sobre el tapete el fin comercial de un festival de tal envergadura.

Salir en MTV, tener la proyección internacional para sonar en las 40 Principales, tener suficientes productos para poder uniformar a los seguidores, un poco de tintura, una pose estilizada y un sonido a la vanguardia permitirán hacer parte de este tremendo show. Razón por la que al Metal de Medellín nuevamente se le cierran las puertas, ignorando una historia y el presente de una ciudad que se mueve prolífica y profesionalmente en la producción de este denotado género.

Vuelven y suenan en los medios los argumentos de los “maestros” que ponen en tela de juicio la evolución y la proyección del Metal hecho en Medellín, pero demuestran que poco conocen de él y de su trayectoria. Si bien años no siempre quiere decir calidad, hay excepciones relevantes de la ciudad que bien dan crédito a su trasegar; así mismo, no por ser nuevas deben hacer mala música o no poseer calidad -y ahí está la contrariedad-. Igualmente, el Metal posee un criterio importante que en otros géneros puede llegar a considerarse repetición y falta de “innovación”: seguir sonando a Metal y no a bandas que exorbitan los ojos y las arcas de los productores y las disqueras. Zancadilla, pues, que salen a poner los organizadores, quienes siguen ignorando qué son las contra culturas, al medir “la viabilidad comercial de la propuesta”.

Ignoran los organizadores de Altavoz que el valor de algunos géneros, y entre ellos el Metal, es conservar líneas que posibiliten que este nunca se diluya; líneas mismas que le han permitido permanecer en el tiempo, no como una moda, sino muy a pesar de ésta.

Faltan entonces conocedores de estas culturas que ayuden a direccionar de mejor manera estas propuestas, para que el día de mañana, como hoy, no se echen culpas y se salga a decir que fue aquel quien dijo y es él entonces el responsable de su eliminación, de su no invitación. Es necesario que se abran los ojos y no se continúe con esa mirada sesgada e inexperta que venda a Resorte como un representante del Metal, o que traiga a Sepultura como novedad (banda que se encuentra cerca del final de su camino y que su sonido hace rato dejó de ser Metal).

Quizá sí, sí falta mucho, claro. Pero no está el Metal de Medellín donde lo dejaron esos mismos precursores del Metal nacional. Van más de 15 años de afugias y de ensayos, de muchas bandas que trabajan y unas que se destacan sobre otras –y otras malas, sí- , pero ya no posee el sonido de casete y de parche de radiografía en la batería. No. El Metal de esta ciudad conserva aún el sentido que le dio origen y que lo preserva como tal, pues no puede y no debe (y eso no le quita proyección en su ámbito, ojo) pasar a ser un popurrí por la retribución económica o el reconocimiento, aunque muchos lo deseen. Debe conservarse altivo como arte y seguir llegando al público que lo busca y encontrar, en menor medida claro está, la atención de esas personas que lo consumen y no lo cambian mañana por la banda de moda, así ello signifique no subirse a la tan anhelada tarima de Rock al Parque.