
Expresar el dolor, lo que yo veo que ellos expresan como dolor, no es fácil cuando no hay lágrimas ni lamentos de por medio. Es quizás una inocultable impotencia, una restringida movilidad, un desahucio que se manifiesta entre un ritmo que baja y una vocalización desenfadada.
No sé mucho de tiempos, ni de compases ni de contrapuntos, pero ese funeral que se despliega lento y que enmudece en la medida en que avanza, me hace sentir cierto confort. Si ya todo está perdido, seguro que es posible sentirse bien porque ya no hay que luchar, porque la miseria nos tiene entre fórceps y no hay pena más allá del silencio.
Escuchar los últimos dos trabajos de My Dying Bride me produce en cierta medida esa satisfacción, y el dolor: saber que de allí en adelante no hay que buscar la forma de sobrevivir en el laberíntico mundo que nos correspondió; además de saber que no hubo nunca pedestal sino que vamos en frenética caída. Me recuerda también a Poe y sus cuervos y sus encumbradas charlas con la soledad y la muerte. Más allá solo está el hombre en su vacío, y eso agrada porque no importan los inviernos ni los héroes caídos.
El cuerpo como el elemento para transmitir las sensaciones resulta tan cálido y frágil que allí debe estar lo asertivo de su uso. Y las vanas palabras y la pasión angustiosa que colisionan con un estatismo expresivo los hace aun más destacados porque no están contaminados por el desasosiego ni el ánimo bajo ni la nostalgia prematura y pasajera. Es la voluntad de hacer a un lado y de seguir en lo que sea que se siga.
No creo que para tantas penas sea necesaria una musa, y léase como una mujer que nos abandona o el deseo con cintura ajustada a las costillas. Si bien el cliché es recurrente, incluso en el metal, ha sabido sortearse esta ligereza y facilismo shakesperiano. Sin embargo, acá hay cierta disyuntiva despertada contra el mismo My Dying Bride, Katatonia y Novembre (menciono solo algunos grupos), pero por fortuna no se hacen repetitivas las alusiones entre sus discos.
Se destaca de la música su capacidad de avivar y generar sensaciones, sean comunes o no. Esto no tiene una fórmula, no tiene un secreto a voces que fácilmente se trasmite, no es levantarse todos los días temprano o tarde y saber que esta línea va con este ritmo. Debe sentirse, digo yo. Es un asunto de construirlo, no de esperar a que llegue a la cabeza la lírica ideal, las musas de Rubén Darío. Debe ser un conjunto de inspiración y de transpiración, se dice entre quienes saben, puesto que dedican su vida a la creación.
Ignoro qué sucede cuando se clava la angustia y al mismo tiempo ésta permite plasmarse en un papel o un instrumento. Debe ser un asunto de tiempos, de construcciones formales a pesar de la desazón. "Cuando dios te da un don, también te da un látigo y ese látigo es solamente para autoflagelarse", dijo el escritor Truman Capote. Pero cómo carajos hacer que ese “don” se formule y comunique de la forma en que usted lo creó.
Y ya oigo las respuestas: que todos estamos cruzados por los mismos sentimientos, por vivencias similares. Y no me importa, no lo creo. Usted no puede saber lo que siento en este momento. Se lo imagina, quizá.